I
Todos los que van por primera vez a la ciudad de Los Angeles, en California, desean visitar la vecina población de Hollywood.
Existe ésta solamente desde hace unos veinte años, o sea de la época
en que el arte cinematográfico, monopolizado por los Estados Unidos,
empezó a desarrollarse, hasta el punto de llegar a ser la quinta
producción nacional.
Establecidas las grandes casas cinematográficas en Nueva York,
tuvieron que luchar con la luz gris y brumosa del invierno a orillas del
Hudson, y esto les hizo ir en busca de un país de cielo seco, siempre
azul, de sol intenso, de atmósfera clara, acabando por fijarse en
California, en el antiguo territorio de las Misiones franciscanas, cerca
de la mísera parroquia de Nuestra Señora de los Angeles que fundaron
los misioneros españoles, y es, en nuestros días, la famosa ciudad de
Los Angeles, estación invernal de multimillonarios.
A varios kilómetros de ella, el insignificante pueblecito de
Hollywood ha crecido a su vez, en el transcurso de los últimos años,
hasta convertirse en la gran metrópoli de la cinematografía.
Todo su vecindario se compone de actores del llamado «séptimo arte» y
de los innumerables auxiliares que necesitan éstos para complemento de
su trabajo. Artistas célebres en el mundo entero, que ostentan el título
de «estrellas», se confunden con numerosos astros secundarios y una
nebulosa inconmensurable de figurantes, escultores, decoradores,
inventores de nuevas tramoyas, tallistas, carpinteros y audaces
manipuladores de la electricidad. Y como único comercio de la población,
tiendas de modistas y de sastres, con grandes escaparates ocupados por
maniquíes vestidos y largas filas de sombreros de mujer,
establecimientos muy visitados por las figurantas en los días de paga.
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