I
Cuando entraba en el Casino de Montecarlo, los porteros la acogían
con la misma reverencia que a los personajes célebres. Luego, mientras
ella iba alejándose, hacían comentarios sobre el aspecto y los adornos
de su persona.
—Todavía le queda mucho que jugar. Las joyas que trae hoy no las habíamos visto nunca.
Otros empleados más jóvenes preferían discutir, entre ellos, sobre la belleza de esta bailarina célebre.
—La Balabanova aún parece una niña, y debe de haber cumplido los cuarenta. Tal vez tiene más.
Vista a cierta distancia no resultaba fácil adivinar la edad de esta
mujer, pequeña, ágil, de graciosos y sueltos movimientos, vestida
siempre con una elegancia juvenil. Era preciso que los viejos
concurrentes al Casino, atraídos por el brillo de sus alhajas, se
fijasen en ella, recordando su historia.
Todos conocían a Olga Balabanova, la célebre bailarina del teatro
Imperial de San Petersburgo, por haber tenido amoríos con varios
individuos de la familia reinante, y hasta se murmuraba que, durante
unos meses, logró monopolizar los deseos del último de los zares, frío y
distraído en sus afecciones.
La ruina del Imperio y el triunfo de la revolución la habían
sorprendido en su magnífica casa de Cap d'Ail, regalo de un gran duque.
Lo mismo que tantos príncipes, generales y altos funcionarios de la
Corte rusa refugiaddos en la Costa Azul, había visto desaparecer
instantáneamente su riqueza. Era un náufrago más del buque imperial,
enorme y majestuoso, perdido para siempre.
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