Textos más populares esta semana de Vicente Riva Palacio publicados por Edu Robsy | pág. 3

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autor: Vicente Riva Palacio editor: Edu Robsy


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Un Stradivarius

Vicente Riva Palacio


Cuento


—¿Qué es lo que usted desea? Pase usted, caballero; aquí hay todo lo que puede necesitar. Tome usted asiento si quiere…

—Mil gracias. Deseaba yo ver unos ornamentos de iglesia de mucho lujo.

—Aquí encontrará usted cuanto necesite: casullas, capas pluviales, cíngulos, amitos, paños de corporales, palios, en fin, todo muy bueno, de muy buena clase, muy barato y para todas las fiestas del año.

—Pues veremos; porque tengo un encargo de un tío muy rico, de Guadalajara, que quiere hacer un obsequio a la catedral.

El vendedor era el señor Samuel, un rico comerciante y dueño de una joyería situada en una de las principales calles de México; pero en ella tanto podían encontrarse collares y pulseras, pendientes y alfileres de brillantes, de rubíes, de perlas y esmeraldas, como ornamentos de iglesia, y custodias de oro, y cálices y copones exquisitamente trabajados, como lujosos muebles y objetos de arte, de esos que constituyen la floración del gusto.

El señor Samuel, bajo de cuerpo, gordo, blanco, rubio, colorado, con la cabeza hundida entre los hombros y las narices entre los carrillos, tenía fama de ser un judío porque se llamaba Samuel, porque era muy rico y muy codicioso, porque gustaba mucho de comer carne de cerdo, lo cual para el vulgo era una prueba de que su religión se lo prohibía, fundándose en que la prohibición causa apetito, y, por último, porque los sábados estaba tan alegre como los cristianos el domingo.

El otro interlocutor era un joven pálido, alto y delgado, mirada triste, melena lacia, levita negra vieja y pantalón ídem, es decir, negro y viejo. Además, aunque esto debía ser accidental, llevaba en la mano izquierda un violín metido en una caja forrada de tafilete negro con adornos de metal amarillo, que semejaba el ataúd de un párvulo.

A no caber duda, era un músico.


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4 págs. / 7 minutos / 535 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Gata Coja

Vicente Riva Palacio


Cuento


—Me quiere usted contar —le dije a Delfina— ¿por qué cuida tanto a esa pobre gata coja?

—Es una historia —me contestó riendo— que le voy a referir a usted, aunque no es larga ni divertida.

Habíamos vuelto de Sevilla la Pepa y yo; la empresa que nos llevaba tronó a pocos días de estar allí. Eso sí, llevábamos una bonita contrata: siete pesetas, viajes pagados y un beneficio libre para el coro de señoras. El empresario era hombre de mucho empeño pero de pocos recursos. Hará cosa de tres años. Era el verano, y esperábamos pasarlo bueno, y sacando alguna ventaja, recorriendo las provincias.


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2 págs. / 4 minutos / 331 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Zapatero y su Competidor

Vicente Riva Palacio


Cuento


Apócrifo


Había en una calle un zapatero que vendía en su tienda tanto, que era gusto ver cómo la gente hasta se tropezaba para ir a comprarle. Aquel zapatero vivía allí muy contento y feliz, cuando de la noche a la mañana, ¡zas! otra zapatería en frente.

¡Aquí fue Troya! El zapatero primitivo daba las botas, a cinco pesos, el advenedizo a cuatro y medio.

—No, pues no —dijo el antiguo—; ese recién venido no me desbanca; yo lo arruinaré. Y al otro día puso: «Botas a cuatro pesos».

El otro quién sabe qué diría, pero fijó en su rótulo: «Botas a tres pesos y medio».

—A tres pesos —anunció el antiguo.

—A dos con cuatro —el antagonista.

—A dos —el uno.

—A doce reales —el otro.

—A peso —el primero.

—A cuatro reales —el segundo.

Aquello era para volverse loco; el primer zapatero estaba por darse un tiro, se arruinaba, y sin embargo, el otro tenía en su casa a todos los marchantes.

El hombre se puso triste, pálido, sombrío, hasta que una noche dijo:

—Ea, pelillos a la mar; es preciso tomar una resolución extrema.

Y tomó su sombrero (que sin duda llamaría al sombrero resolución extrema) y se dirigió a la casa de su adversario.

—Buenas noches, vecino —dijo.

—Dios se las dé mejores —contestó el otro—. ¿Qué milagro es verle por esta suya?

—Extrañará usted mi visita; pero vengo a que nos arreglemos.

—Como usted quiera, vecinito; tome asiento.

—Gracias; pues es el caso que vengo a hablarle con toda claridad. ¿Vamos a formar compañía para no perjudicamos?

—Muy bien, estoy conforme.


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1 pág. / 1 minuto / 258 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Memorias de un Impostor

Vicente Riva Palacio


Novela


Prólogo del autor

Era yo niño, y estudiaba Filosofía en el Colegio de San Gregorio, cuando uno de mis compañeros, poco más o menos de mi edad, me contó que muchos años antes de que el cura Hidalgo hubiera proclamado la independencia de México, un hombre, de nación irlandés, había pretendido alzarse como rey de Anáhuac, libertando a México de la dominación española; pero que la conspiración había sido descubierta y el irlandés había muerto a manos de la justicia.

No puedo recordar quién fue aquel de mis condiscípulos que me refirió esto, y sólo sí que, con toda la buena fe de un niño, creí que era una verdad histórica aquel sencillo relato, suponiendo que él lo habría leído en alguna parte o lo habría oído contar a sus padres, que sin duda debían ser más instruidos que él, sobre todo en materia de historia. De todos modos, la narración me preocupó tanto y me impresionó de tal manera, que durante toda mi vida, siempre que oía hablar de la historia de México, o que meditaba yo sobre ella, el recuerdo del irlandés acudía a mi memoria al momento.

En vano busqué en lo que se ha escrito hasta hoy sobre la historia de los tres siglos de la dominación española en México, algo que pudiera darme alguna luz sobre este punto. Confieso, ingenuamente, que nada encontré, y que llegó un momento en que creí que toda la historia del irlandés no era sino una tradición, destituida de fundamento o una leyenda fantástica, inventada por un desconocido novelista.


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487 págs. / 14 horas, 13 minutos / 1.399 visitas.

Publicado el 3 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.

Los Piratas del Golfo

Vicente Riva Palacio


Novela


Primera parte. Juan Morgan

I. Brazo-de-acero

Casi en el corazón de la rica y dilatada isla «Española», florecía a mediados del siglo XVII la pintoresca aldea de San Juan de Goave, célebre entonces por la clase de habitantes que contenía.

La aldea de San Juan tenía el aspecto más encantador, rodeada de jardines, de florestas y de prados, en los que se apacentaban a millares las vacas y los toros salvajes.

Sus habitantes eran en lo general o cazadores o desolladores de bestias, que comerciaban sólo con los cueros y el sebo de los animales, y presentaban la más confusa mezcla de negros y blancos, mulatos y mestizos, españoles y franceses, ingleses e indios; pero todos llevando la misma vida, todos tratándose con la igualdad de los hijos de una misma raza, todos trabajando con afán por hacerse de algunos puñados de dinero, que venían a perder entre la multitud de mujeres prostituidas que allí había, o sobre la carpeta de una mesa de juego, o entre los vapores del aguardiente.

La vida de aquellos colonos era una extraña mezcla de asiduidad en el trabajo y prodigalidad en los vicios, de religiosa honradez en sus contratos y de relajación de costumbres en su vida, de franqueza y fraternidad con los desgraciados, y avidez y codicia en el juego.

Los vicios y las virtudes llevados a la exaltación. Los vicios y las virtudes viviendo en los mismos pechos, realizado el ensueño de la edad de oro en que las ovejas y los lobos dormían bajo la misma sombra, el milano y la paloma descansaban en la misma rama, el tigre y el loro bebían en el mismo arroyo. Todo aquello era sin duda inexplicable para la civilización del siglo XIX, en que apenas el ciudadano pacífico duerme tranquilo, cuando está bajo el mismo techo que el gendarme.


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449 págs. / 13 horas, 6 minutos / 677 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.

Los Ceros

Vicente Riva Palacio


Crítica, Artículo


Prólogo

«Caballero andante sin amores —decía don Quijote— es árbol sin hojas y sin frutos, y cuerpo sin alma.» ¿Qué diré yo, en los tiempos que corren, de un libro que no tenga prólogo y advertencia del editor? Y eso a buen componer, porque algunas veces sucede como en la Carmen de Pedro Castera, que el autor del libro hace descolgarse sobre el público de buena fe, amén de un prólogo con pretensiones de filosófico, escrito por un amigo del autor, un aguacero de cartas que, como certificados de buena conducta, y corroborando aquello de satisfacción no pedida, acusación manifiesta, llegan, a la sombra de más o menos conocidas firmas, a referir en todos los tonos, en todos los estilos, y casi en todos los idiomas (porque hay algunas que parecen escritas en francés y otras en inglés, y otras en italiano), que aquel libro es el mejor de los libros, aquel autor el mejor de los autores, y aquel público el mejor de los públicos.

Y nada voy a decir de nuevo (porque es seguro que muchos lo han de haber dicho ya) del prólogo de nuestro buen Vigil en su traducción de Persio; que va la obra del satírico latino, entre el prólogo y las notas, como un chico que ha roto un farol y camina entre dos gendarmes a la comisaría.

Hasta el amable Luis G. Ortiz arrima su prologuito a su traducción de Francesca de Rimini.

Libros hay, como el de Coquelin sobre el crédito y los bancos, en que vale tanto la introducción como la obra; y el pensador Renan dispara introducciones que, sólo por ser tan buenas, no parecen tan largas.


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319 págs. / 9 horas, 18 minutos / 222 visitas.

Publicado el 3 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.

El Hermano Cirilo

Vicente Riva Palacio


Cuento


Cuento Verdadero


En uno de los pueblos de España, y a principios de este siglo, vivía un varón ejemplarísimo por sus virtudes, y a quien todos llamaban allí el hermano Cirilo; no porque perteneciera a ninguna comunidad ni cofradía, sino porque de propia voluntad vestía siempre el hábito de San Francisco, y a todos los saludaba con el cariñoso título de hermano.

Frisaba ya en los setenta años; era delgado, pálido, de pequeña estatura, pero vigoroso, activo y ligero, y bajo aquel aspecto de ancianidad llevaba el alma de un niño y el corazón de un ángel.

Tocábale a fray Cirilo toda la mayor parte de aquellas bienaventuranzas que dijo Jesucristo, porque era manso, misericordioso y limpio de corazón, pero sobre todo, la que más le cubría era aquella, en que habló el Redentor, de los pobres de espíritu, que si pobre en bienes terrenales estaba siempre, porque a los pobres daba cuanto adquirir podía, más escaso andaba en materia de espíritu, sin que por esto pudiera decirse de él, que era todo lo que se llama un tonto, ni mucho menos.

No tenía el hermano Cirilo idea del mal, como propio de la naturaleza humana; creíalo siempre obra del demonio, pensaba que más que castigos buscarse debieran medios para resistir las tentaciones del ángel rebelde.

Con todo y con eso, en aquel pueblo, en que las costumbres no andaban muy de acuerdo con la moral evangélica, el hermano Cirilo, con sus exhortaciones, sus consejos y su afán por moralizar a la gente, había alcanzado más de un triunfo, ya apartando a una doncella del precipicio, ya dando resignación a una casa víctima de un marido celoso o brutal, ya conteniendo a más de una viuda en los estrechos límites de la honestidad.


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5 págs. / 10 minutos / 83 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Bendición de Abraham

Vicente Riva Palacio


Cuento


Como al mejor cazador se le va la liebre, a pesar de tan diligente y cuidadosa como era el ama del señor cura, una mañana de verano se olvidó de cerrar la puertecilla de la jaulica en que estaba prisionero un gorrioncillo alegre y cantador, que hacía más de un año formaba las delicias de los humildes habitantes de la casa cural.

El gorrioncillo se acercó cautelosamente hasta la puerta de la jaula, y dando saltitos y volviendo la cabeza y piando suavemente, examinó la salida y se puso a reflexionar en las probabilidades de éxito que podía tener la fuga.

La jaula estaba en una solana: el día se presentaba sereno y hermoso; había en derredor de la casa pocas calles, y a corta distancia se veía el campo cubierto de dorados trigales, que ondulaban mansamente al ligero soplo del vientecillo de la mañana.

Tentadoras eran las circunstancias, y el amor a la libertad decidió al prisionero; saltó fuera de la jaula y emprendió el vuelo en el momento mismo en que el ama aparecía en escena.

Como hacía tanto tiempo que el pobre gorrión no ejercitaba sus alas en el vuelo, pesadamente hendía el aire, desfallecía a cada instante, tropezaba con los tejados y se estremecía de terror oyendo los gritos del ama, que decía a los vecinos el rumbo que seguía el fugitivo y la torpeza con que volaba.

Por fin, cansado y sin poder ya continuar, cayó más bien que deteniéndose, de golpe en medio de un campo efe trigo. Allí permaneció largo rato, que él no supo saber cuánto tiempo fue, porque no llevaba reloj, pero es de suponer que fueran más de dos horas.

Se había salvado; había recobrado su libertad, pero tenía un hambre devoradora, porque el trabajo había sido extraordinario y emprendida la fuga antes de tomar el almuerzo.


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Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Las Gotas de Agua

Vicente Riva Palacio


Cuento


Era un día de los más calurosos en la mitad del verano. El sol derramaba torrentes de fuego y de luz sobre la tierra, cruzando por un cielo profundamente azul, y en el que no flotaba ni la más ligera nubecilla.

Dormían los vientos en las húmedas grutas de los bosques; se abrigaban los pájaros en lo más tupido de la selva; los insectos silbaban entre la hojarasca, y todo en la naturaleza parecía desmayar de sed y de fatiga.

Las hojas lánguidas colgaban en sus tallos, y unas flores cerraban sus corolas y otras se inclinaban lanzando su perfume para pedir la lluvia, porque el perfume es la plegaria de las flores, como es también su canto de amor. Pero ninguna murmuraba en el bosque, y esperaban resignadas a la nube bienhechora que debía traerles la lluvia.

Sólo en uno de los valles, esas pequeñas florecillas que brotan entre la hierba, y que son como niños entre las otras flores, murmuraban y pedían agua con toda la irreflexión de la infancia.

Envuelta en transparentes cendales de color de rosa, cruzó entonces un hada sobre aquellos campos: no hicieron las florecillas más que mirarla, y comenzó entre ellas una especie de sublevación para pedir el agua.

En vano el hada les hizo ver que sin la preparación de la sombra que llega con las nubes antes que la lluvia, y después con esa veladura que a la luz del sol le dan las últimas gasas que deja tras de sí la tempestad, el agua podría serles muy dañosa. Las florecillas no escucharon su razonamiento, y tanto insistieron que el hada se resolvió a darles lo que pedían.


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Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Vuelta de los Muertos

Vicente Riva Palacio


Novela


Prólogo. La expedición a las Hibueras

1. La expedición a las Hibueras

Era uno de los primeros días del mes de octubre de 1524, y un gentío inmenso se hallaba reunido delante del palacio del infortunado emperador Moctezuma, ocupado ya, en la época a que nos referimos, por el muy magnífico señor Fernando Cortés.

Aquella muchedumbre se divertía mirando las vistosas danzas que delante del palacio ejecutaban varias comparsas de indios fantásticamente vestidos de leones, de tigres y de aves.

Apenas hacía tres años que la extensa monarquía azteca había caído en poder de los vasallos de Carlos V; aún estaba en prisión Cuauhtémoc el último de los emperadores de México, y los trajes y las costumbres españolas, ni dominaban ni eran dominados aún por los trajes y las costumbres de los naturales del país.

Había ya entre los conquistados y los conquistadores algunos puntos de contacto; pero como dos líquidos de diferentes colores que se vierten en una sola vasija y que no se confunden, podía distinguirse sin dificultad, que aún eran dos pueblos distintos, dos razas diferentes, dos elementos heterogéneos.

Por eso cuando se celebraba una fiesta cualquiera, unos y otros, reunidos, se alegraban y se divertían cada uno a su manera, cada uno con sus trajes, con su música, con sus costumbres particulares.

En el día a que nos referimos, se trataba de celebrar una boda que había apadrinado el mismo Hernán Cortés.

Aquel día se había casado Martín Dorantes, paje favorito de Cortés, con doña Isabel de Paz, doncella mexicana hija de un cacique, grande amigo del conquistador, que había muerto hacía dos años, dejando a éste el cuidado de la joven.


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361 págs. / 10 horas, 31 minutos / 772 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.

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