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El Hombre que Ríe

Victor Hugo


Novela


En Inglaterra todo es grande, inclusive lo que no es bueno, inclusive la oligarquía. El patriciado inglés es el patriciado en el sentido absoluto de la palabra. No hay feudalismo más ilustre, más terrible y más vivaz. Digamos que ese feudalismo fue útil en su época. Es en Inglaterra donde ese fenómeno, el Señorío, debe ser estudiado, así como es en Francia donde hay que estudiar el fenómeno llamado la Realeza.

El verdadero título de este libro sería La aristocracia. Otro libro, que seguirá, podrá titularse La monarquía. Y estos dos libros, si al autor le es posible terminar este trabajo, precederán y llevarán a otro que se titulará El Noventa y Tres.

Hauteville-House, 1869

Primera parte. El mar y la noche

Dos capítulos preliminares

1. Ursus

I

Ursus y Homo estaban unidos por una amistad estrecha. Ursus era un hombre, y Homo era un lobo. Sus índoles concordaban. Era el hombre el que había bautizado al lobo. Probablemente también había elegido su propio nombre; como consideraba que el de Ursus era bueno para él, le pareció que el de Homo era bueno para el animal. La asociación de este hombre con este animal se beneficiaba con las ferias, las fiestas parroquiales, las esquinas de las calles en las que se agolpan los transeúntes y la necesidad que siente en todas partes el pueblo de escuchar pataratas y comprar drogas de charlatán. El lobo, dócil y graciosamente subalterno, agradaba a la multitud. Ver amansamientos es algo que complace. Nuestra satisfacción suprema consiste en contemplar cómo desfilan todas las variedades de la domesticación. Es lo que hace que acuda tanta gente a ver cómo desfilan los cortejos reales.


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627 págs. / 18 horas, 18 minutos / 1.966 visitas.

Publicado el 23 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Hombre que Sabía Demasiado

Gilbert Keith Chesterton


Novela


I. EL ROSTRO EN LA DIANA

Harold March, el nuevo y renombrado periodista político, paseaba con aire decidido por una meseta en la que, desde hacía tiempo, se iban sucediendo por igual páramos y planicies, y cuyo horizonte se hallaba orlado por los lejanos bosques de la conocida propiedad de Torwood Park. Era un joven bien parecido, de pelo rubio y rizado y ojos claros, vestido con un traje de tweed. Inmerso en su feliz deambular a lo largo y ancho de aquel embriagador paisaje de libertad, Harold March era aún lo bastante joven como para tener bien presentes sus convicciones políticas y no simplemente para intentar olvidarlas a la menor ocasión. No en vano, su presencia en Torwood Park tenía precisamente un motivo político. Era el lugar de encuentro propuesto nada menos que por el Ministro de Hacienda, Sir Howard Horne, quien por entonces intentaba dar a conocer su denominado Presupuesto Socialista, el cual tenía la intención de exponer a cronista tan prometedor durante el transcurso de cierta entrevista que ambos tenían concertada. Harold March, por su parte, pertenecía a esa clase de hombres que saben todo lo que hay que saber sobre política pero nada acerca de los políticos, además de ser poseedor de unos notables conocimientos sobre arte, letras, filosofía y cultura general (acerca, en fin, de casi todo excepto del mundo en el que vivía).


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229 págs. / 6 horas, 41 minutos / 331 visitas.

Publicado el 5 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

El Hombre sin Patria

Edward Everett Hale


Cuento


SUPONGO que pocos lectores del New York Herald del 13 de agosto de 1863 observarían por casualidad en una humilde esquina, entre las defunciones, el anuncio siguiente:

NOLAN: Fallecido el 11 de mayo, a bordo de la corbeta Levant de los Estados Unidos. Lat., 2° 11´ S. Long., 131° O., PHILIP NOLAN.

Por mi parte lo advertí, debido a la circunstancia de encontrarme desamparado en la antigua casa de la misión en Máckinac, aguardando un vaporcito del lago Superior que nunca se decidía a llegar; y devoraba, por consiguiente, cuanta lectura podía acaparar, hasta las defunciones y matrimonios anunciados en el Herald. Tengo buena memoria para nombres y personas, y el lector echará de ver conforme avance que tenía razones suficientes para recordar a Phílip Nolan. Muchas personas, en cambio, se habrían interesado en este anuncio, si el oficial del Levant que lo redactó, hubiéralo hecho en esta forma: “Falleció, mayo 11, El hombre sin patria”. Pues bajo el nombre de “El hombre sin patria” había sido generalmente conocido este pobre Phílip Nolan por todos los oficiales de marina que le tenían bajo custodia hacía cosa de cincuenta años y, a la verdad, por todos los marineros de la armada. Hasta podría decir que muchos de los hombres que acostumbraban beber con él un vaso de vino una vez a la quincena durante viajes de tres años, nunca supieron que su nombre era Nolan, y ni siquiera si el infeliz tenía nombre alguno.


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33 págs. / 58 minutos / 114 visitas.

Publicado el 25 de abril de 2016 por Edu Robsy.

El Hombre Siniestro

Edgar Wallace


Novela


1. Proposición

Mister Maurice Tarn dijo con voz dulce y bondadosa:

—¡Usted es hermosa y joven! Es muy probable que viva muchos más años que yo. Comprendo Elsa que no soy el hombre que usted ha soñado para casarse. Eso sería demasiado egoísmo por mi parte, y yo no soy egoísta. Cuando yo muriera, usted sería muy rica; y mientras yo viviese, usted disfrutaría de mi riqueza de modo absoluto. Claro está que comprendo también que usted nunca me habrá mirado a mí como a un posible esposo; pero no tiene nada de extraño que un tutor se case con su pupila, y la diferencia de edad no sería tampoco un obstáculo insuperable.

Hablaba como un hombre que recita una lección aprendida de memoria minuciosamente y Elsa Marlowe le escuchó con gran asombro.

Si los muebles de la habitación hubieran desaparecido de golpe de la vista de la muchacha, o Elgin Crescent se hubiese visto transportado de repente a las afueras de Bagdad la joven no se habría sorprendido tanto. Pero Elgin Crescent seguía estando en Bayswater, y el pequeño y triste comedor de la casa de Maurice Tarn permanecía quieto y sereno; y el mismo Maurice Tarn estaba allí sentado al otro lado de la mesa; era un hombre sucio, desastrado, de aspecto repulsivo e inquietante, ajado, de cincuenta y seis años, y cuya mano temblorosa, con la que se atusaba el bigote gris, era un dato elocuente de su borrachera de la noche anterior (había tres botellas vacías en la mesa de su despacho cuando ella entró allí esa mañana) y le estaba proponiendo que se casara con él.

Elsa le miraba con los ojos muy abiertos, y no quería dar crédito a lo que estaba oyendo.

—Usted creerá que estoy loco —continuó al cabo de un instante mister Tara—, pero he pensado mucho en ello, Elsa. Yo sé que usted no tiene novio ni está enamorada de nadie; y, a no ser por la diferencia de edad, nada puede oponerse a nuestra boda.


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220 págs. / 6 horas, 25 minutos / 151 visitas.

Publicado el 19 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

El Hombre Sitiado por los Tigres

Horacio Quiroga


Cuento


Había una vez un hombre que vivía solo en el monte, en compañía de un perro y un loro. Había también muchos tigres, que todas las noches rugían en la otra orilla del río; a veces lo cruzaban a nado. Pero esto pasaba pocas veces, porque el hombre era un buen cazador y los tenía a raya. El hombre pasaba el año cuidando una plantación de caña de azúcar, y la cuidaba también de noche, cuando había luna. Pero en las noches lluviosas venían los chanchos salvajes y le pisoteaban y devoraban su plantación. Por lo cual el hombre estaba desesperado.

Se decidió entonces una noche a ir a la orilla del río a hablar con los tigres para que cuidaran su caña. Desde hacía un tiempo él había notado que entre los rugidos de los tigres había uno que era distinto de los demás. «Este tigre que ruge así ─se dijo el hombre mientras cargaba su escopeta─ debe ser un tigre que los hombres han cazado y que ha vivido mucho tiempo en una jaula, donde ha aprendido a entender nuestro lenguaje. Yo comprendo también un poco el idioma de los tigres, y voy, por consiguiente, a entenderme con él.»

Y en efecto; mientras del otro lado del río la costa se llenaba a todo lo largo de rugidos, el hombre lanzó un gran grito, e instantáneamente los tigres callaron. Entonces el hombre gritó:

─¡Tigres! ¡Quiero hablar con uno de ustedes!

Durante un rato los tigres permanecieron en silencio, como si estuvieran discutiendo entre ellos, hasta que por fin un tigre lanzó un largo rugido, y el hombre comprendió lo que decía.

─¿Con cuál de nosotros? ─había dicho el rugido.

─¡Contigo! ¡Con el que está hablando!

─Está bien: podemos hablar ─contestó el tigre─. Y ¿dónde?

─Aquí, en esta isla que está en medio del río ─agregó el hombre─. Yo voy nadando, y tú puedes hacer lo mismo. Pero cuidado con los otros, porque si veo que otros tigres pasan a la isla, les pongo a cada uno una bala en medio de la frente, ¿entendido?


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Dominio público
10 págs. / 18 minutos / 42 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

El Hombre Único

Nilo Fabra


Cuento


En una isla de la Polinesia, que por su pequeñez ni siquiera consta en los mapas, reinaba, sin oposición ni émulos platónicos, un jefe de tribu, que, en las alocuciones y mensajes dirigidos a sus fieles súbditos, dábase a sí propio el dictado de Emperador del mundo. Un navegante europeo que por acaso abordó aquellas playas, trató de disuadir a Su Majestad Universal de sus errores geográficos; mas este se limitó a contestarle: «No existe ni puede existir otro mundo fuera de mi isla, porque sé de muy buena tinta que el Sol, mi ilustre antecesor, fundó aquí su única casa solariega, y no tiene más descendientes que yo y mis vasallos: por lo tanto, los que venís en el buque debéis ser espectros en figura humana.»

La persona que te voy a presentar, lector benévolo, sin los conocimientos genealógicos de aquel monarca de antiquísima alcurnia, ni pretender compartir con él tan claro linaje, fue más allá en su opinión sobre sus semejantes.

Poseído de extraña aberración mental, que no reveló jamás, porque fue loco vergonzante, antojósele que en el mundo no existía más personalidad corpórea que la suya, y que los hombres y los demás seres animados eran vanos fantasmas hechos para su servicio, mortificación o entretenimiento.

Algunas veces extremaba su extravagante hipótesis, juzgando quiméricos cuantos objetos herían sus sentidos, de lo cual deducía que él monopolizaba el mundo de las ilusiones. A decir verdad, no tuvo sobre este punto opinión constante, fija y concreta, pero sí sobre lo primero, que llegó a ser para él verdad inconcusa.

No conoció a sus padres, porque los había perdido siendo muy niño; circunstancia que le libró de la dura necesidad de no creer en ellos y de sacrificarlos al principio fundamental de sus convicciones.

Era español, y llamábase Tomás Solitario.


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Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 35 visitas.

Publicado el 20 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

El Hombrecito de la Limalla de Oro

Manuel Chaves Nogales


Cuento


Era un hombrecito triste, maduro ya, cargadas las espaldas, trabajado el rostro moreno, que debió ser blanco y armonioso en la adolescencia, claros los ojos y el aire distraído. Venía de sorberse la tarde trago a trago a lo largo de las rondas que, ya anochecido y escamondadas por el aire delgado de Castilla, daban una neta sensación de intemperie con sus esqueletos de árboles y sus faroles de luz blanca y fría. Anhelaba ya ganar la casa, aquel gigantesco cubo de ladrillo, avanzada valiente de la urbe que recortaba en la línea del horizonte su masa blanqueada, veía nacer y ponerse el sol y miraba de lejos y con envidia a la ciudad. Vivía en ella gente toda de medio pelo.

Matrimonios jóvenes que cumplirían allí su condena; gente llegada de provincias, que da a los arrabales un tinte aldeano ya descolorido; ex cocineras casadas después de haber hecho su pacotilla con algún hombrachón harto de trabajar y malvivir; mancebitas hijas de buenas familias que poblaban la resonancia de los patios interiores con el moscardoneo de sus fonógrafos y con sus caras de tontainas iban contando a todo el mundo la escena aquella de la seducción mientras mecanografiaban o cosían. Policías, maestros de escuela, empleados y ordenanzas se repartían los cuartos interiores, y en los sótanos hallaban su cobijo docenas de trabajadores, madres e hijas que ejercían la prostitución discretamente, un afinador de pianos, una santera, familias todas miserables, con una miseria vergonzante que se advertía a través de las ropas zurcidas y el zapato lustroso y sin suela. Galeotes de aquel navío de alto porte anclado a orillas de la gran ciudad, iban y venían como piojos en costura por los corredores sombríos, siempre aprisa, malhumorados siempre, cada cual atento a sus hambres y sus dolores. Desde su jaulita el portero, con su cara dura de ex guardia civil, vigilaba los movimientos del enjambre.


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Dominio público
9 págs. / 16 minutos / 57 visitas.

Publicado el 9 de septiembre de 2025 por Edu Robsy.

El Honor

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Norberto tenía amor propio profesional. No era sólo la necesidad de ganarse la vida lo que le sujetaba su oficio de cocinero. Un elogio, la seguridad de haber estado a su altura, valían para él tanto o más que el sueldo, no escaso, que ganaba. Recreábase, con regodeo de artista, en los platos, en las salsas, en las combinaciones que a veces hasta tenía la gloria de inventar. Su pundonor llegaba al extremo de dormir mal el día en que pensaba haber echado a perder un guiso.

Especialmente cuando el señor marqués de Cuéllares convidaba a algunos amigos, preocupábase Norberto de que todo saliese al primor. Así le había sucedido aquella noche de Jueves Santo, en que lo más demostrativo de la superioridad de un jefe, una comida suntuosa de vigilia, afirmaría una vez más sus aptitudes.

Metido en faena, calado el limpio gorro blanco, ceñido el delantal sobre la panza, que empezaba a redondearse, daba vueltas Norberto, atendiendo a que el envío fuese perfecto, ya que los platos, sin duda, lo eran. La oportunidad en trinchar y mandar a la mesa bien presentado, competía en él con la ciencia de la preparación de los manjares. Estaba satisfecho de la sopa bisque, alta de sabor, propia para comida de solteros, que tienen el paladar refinado, y hasta quizás estragado; y creía haberse sobrepujado a sí mismo en la trucha a la Chambord, en que la guarnición era un prodigio de delicadeza, con las trufas lindamente torneadas, las quenefitas de puré de pescado, las ostras y las colas de cangrejo colocadas simétricamente. En esta tarea se enfrascaba, cuando uno de los pinches se le acercó con una especie de murmurio misterioso:

—Ahí está… Dice que quie pasar…

No debía ignorar Norberto a quién se refería el recado, porque no preguntó, y se limitó a encogerse de hombros, silabeando desdeñosamente:


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 61 visitas.

Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

El Horror del Túmulo

Robert E. Howard


Cuento


Steve Brill no creía en fantasmas ni en demonios. Juan López sí. Pero ni la precaución de uno ni el testarudo escepticismo del otro pudieron protegerlos contra el horror que recayó sobre ellos… un horror olvidado por los hombres durante más de trescientos años, un miedo demencial procedente de épocas perdidas había resucitado.

Sin embargo, mientras Steve Brill se hallaba sentado en su desvencijado porche aquella última noche, sus pensamientos estaban tan alejados de extrañas amenazas como los pensamientos de cualquier hombre puedan estarlo. Los suyos eran pensamientos amargos pero materialistas. Miró sus tierras y luego blasfemó en voz alta. Brill era alto, delgado y tan duro como la piel de unas botas… un digno descendiente de los pioneros de cuerpos acerados que arrebataron a la tierra virgen el oeste de Texas. Estaba tostado por el sol y era fuerte como un novillo de cuerno largo. Sus delgadas piernas y las botas que las sostenían delataban sus instintos de vaquero, y ahora se maldecía a sí mismo por no haber bajado de los lomos de su gruñón potro mesteño y haber dedicado su tiempo a sacar adelante una granja. El no era granjero, admitió el joven vaquero maldiciéndose una vez más.

Sin embargo, su fracaso no había sido totalmente culpa suya. Lluvia abundante en el invierno, tan escasa en el oeste texano, había creado fundadas esperanzas de buenas cosechas. Pero, como de costumbre, algo sucedió. Una helada tardía echó a perder toda la fruta. El grano que había prosperado tanto estaba ahora abierto, descascarillado y aplastado en el suelo tras una terrible granizada justo cuando ya estaba amarilleando. Un periodo de intensa sequía, seguido de otro granizo, acabó con el maíz.


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23 págs. / 41 minutos / 222 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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