Existen en la actualidad asuntos importantísimos de explotación
sociológica y política: lo de Marruecos, los sistemas de colonización
francesa y española, el gran problema de las finanzas, la identidad de
la Europa feudal y la América colonial, la difícil cuestión de la
procedencia de los primeros habitantes de este continente, y muchísimos
más. Pero creo que brilla sobre todos la eternamente nueva y eternamente
vieja opinión pública.
¡La opinión pública, freno de gobernantes y único timón seguro para
conducir con buen éxito la nave del Estado! ¡La opinión pública,
morigeradora de las costumbres políticas, de las costumbres sociales, de
las costumbres religiosas!
Supongamos que pudiera existir un hombre que participe sincera e
idénticamente de estas ideas. Luego este hombre debe llamarse Francisco o
Manuel y estar a la media edad, entre gordo y flaco, entre barbudo y no
barbudo.
Este don Francisco o don Manuel, tiene que ser pequeño, de párpados con bolsas, usar jaquet y detestable sombrero.
Andará lentamente, blandiendo el bastón y moviendo las caderas.
Solterón y aburrido, deberá tener una amiga que fue amiga de todos,
conquistada a fuerza de acostumbramiento, y a quien cualquier mequetrefe
pudo llamar:
—Pst. Pst… (etc.).
Esta amiga —Laura o Judith— tendrá cualquier nariz —pongamos
aguileña—, cualquier cabello —canela—, cualesquiera ojos —pardos—, y
será larguirucha y voluntariosa.
Puede vivir al cabo de una calle sucia.
Puede tener amigas muy alegres con quienes celebre sesiones animadas,
que salpicarán el cuento como el lodo un vestido nuevo, al manotazo de
un caballo en una charca.
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