Cuando los últimos convidados se despidieron, la
princesa, recogiendo la falda de su vestido constelado de estrellas,
atravesó los desiertos salones y se encaminó a su alcoba, echando, al
pasar, una postrer mirada a aquellos sitios donde, por su gracia y
hermosura, más que por su simbólico traje, había sido durante algunas
horas la reina de la noche.
Sentíase un tanto fatigada, pero, al mismo
tiempo, alegre y satisfecha. El baile había resultado suntuosísimo. Todo
lo que la gran ciudad ostentaba de más valía: la nobleza de la sangre,
del dinero y del talento, desfiló por sus salones, adornados con
deslumbradora magnificencia.
Pero la nota sensacional, la que arrancó frases
de admiración y de entusiasmo, era la de las flores, de un pálido matiz
de aurora, desparramadas con tal profusión por todo el palacio, que
parecía una nevada color de rosa caída en los vastos aposentos,
cubriendo las consolas, los muebles, los bronces, derramándose sobre los
tapices y haciendo desaparecer bajo sus carmenadas plumillas la
soberbia cristalería de la mesa del buffet. Guirnaldas de las mismas
envolvían las arañas, trazaban caprichosos dibujos en los muros y
orlaban los marcos dorados de los espejos. El efecto producido por
aquella avalancha de flores rosadas era sencillamente maravilloso y los
asistentes al baile no se cansaban de elogiar aquella fantástica
ornamentación, cuya idea genial llenaba de orgullo a la hermosa dama que
a solas con sus doncellas, que preparaban su tocado nocturno, se
complacía en evocar los detalles de la magnífica fiesta.
Sí, aquel pensamiento originalísimo había sido de
ella, únicamente de ella, y no podía menos de sonreír al recordar la
cara de sorpresa del viejo administrador cuando le dio orden de despojar
de sus flores a todos los durazneros en floración que existiesen en sus
fincas.
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