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La Caída del Muro

Eduardo Robsy


Cuento


De repente se hizo de noche en aquella parte del mundo. Ni siquiera se veía el titilar de las estrellas. Y, lo que era peor, tampoco se podía hablar de la luz: había que pensar que las tinieblas eran lo único que existía. Para que nadie, aprovechando la noche, viniera a robar algo o a confundir, o a recordar como era la luz, hicieron levantar un muro sólido que les rodeaba. Nadie podría entrar, pero tampoco salir. ¿Para qué? ¿No estaba todo oscuro? ¿Qué otra cosa, más que negrura, se podría ver yéndose lejos?

Pasó el tiempo, inexorable, imposible de parar, y las tinieblas continuaban, con su monótona penumbra... ¿Cómo soportar una noche tan larga? ¿Cómo olvidar los colores y las formas del mundo azul que habían conocido?

Un día alguien, por fin, se atrevió a hablar de lo que sucedía:

— Esto —dijo— es oscuridad, pero nosotros tenemos ojos para ver.

Estas palabras hicieron reflexionar a los habitantes de la oscuridad. Con el tiempo, ese pensamiento fue ahondando en ellos hasta tornarse deseo, y un día, varios, a escondidas, hirieron de muerte las tinieblas: arrancaron una piedra del muro. Al otro lado hacía tiempo que se había hecho de día, y por el hueco entró un claro y dorado rayo de sol. La luz era una gloria que venía a revelar las formas, las caras, el color... ¡la verdad de las cosas!

Algunos no querían que entrara la luz. Insistían en las ventajas de la oscuridad, que era cómoda, que era conocida, y tapiaron el agujero. Pero los hombres volvieron a horadar el muro: primero una piedra, luego otra, hasta que todo el muro cayó y la luz penetró totalmente, venciendo a las tinieblas, irrandiando libertad.

No hubo forma de que las cosas volvieran a ser como antes: los hombres volvían a ver y, bajo su mirada nueva, las cadenas se rompieron por siempre.

Presentado al concurso escolar de relatos de Coca-Cola en 1.990.


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Publicado el 24 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Sobre el Recado

Javier de Viana


Cuento


Imposible es concebir al rudo domador del desierto sin el complemento de su apero.

El civilizador primitivo, el obrero heroico que desafiando todos los peligros y soportando todas las fatigas pobló las hoscas soledades, echó los cimientos de la industria madre, conquistó la independencia e impuso la libertad, vivió siempre sobre el recado, pasó toda su vida sobre el recado.

Desde el amanecer hasta el toldar de la noche, el épico pastor de músculos de acero y voluntad de sílice, bregaba infatigable enhorquetado en su pingo, y el apero era a un tiempo silla y herramienta y arma defensiva.

En el transcurso del medio, siglo de la gesta, los lazos y las boleadoras del abuelo gaucho contribuyeron con mucha mayor eficacia, al fundamento de la riqueza pública y de la integración nacional, que los latines y las ampulosidades retóricas de los “lomos negros” ciudadanos.

El apero es la expresión perfecta de la multiplicidad de necesidades a que estuvo sometido el individualismo victorioso de nuestro gaucho.

Cada prenda merece un himno, porque cada una de ellas desempeña un cometido.

Desde la humilde “bajera” hasta el orgulloso “cojinillo”, desde el “fiador” a la “encimera”, bozal, cabresto, maneador y manea, todo constituye algo semejante a un taller, donde ninguna pieza es inútil, donde a cada una le corresponde un cometido, y en ocasiones, múltiples.

Durante casi todo el día y todos los días, el gaucho permanece sobre el recado. Sobre él trabaja, sobre él pelea y sobre él va en busca de los reducidos placeres que le ofrece su vida de luchador sin treguas.

Y cuando llega la noche, la silla, la herramienta, el arma, se convierten en lecho.


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Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 51 visitas.

Publicado el 12 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

La Rosa

Rafael Barrett


Cuento


La ancha rosa abierta empieza a deshojarse. Inclinada lánguidamente al borde del vaso, deshace con lento frenesí sus entrañas purísimas, y uno a uno, en el largo silencio de la estancia, van cayendo sus pétalos temblando.

Aquélla en quien se mezclaron los jugos tenebrosos de la tierra y el llanto cristalino del firmamento, yace aquí arrancada a su patria misteriosa; yace prisionera y moribunda, resplandeciente como un trofeo y bañada en los perfumes de su agonía.

Se muere, es decir, se desnuda. Van cayendo sus pétalos temblando; van cayendo las túnicas en torno de su alma invisible. Ni el sol mismo con tanto esplendor sucumbe.

En las cien alas de rosa que despacio se vuelcan y se abaten, palpita la nieve inaccesible de la luna, y el rubor del alba, y el incendio magnífico de la aurora boreal. Por las heridas de la flor sangra belleza.

Esta rosa, más bella, más aun al morir que al nacer, nos ofrece con su aparición discreta una suave enseñanza. Sólo ha vivido un día; un día le ha bastado para ocupar la más noble cumbre de las cosas. Nosotros, los privados de belleza, vivimos, ¡ay!, largo tiempo. Nos conceden años y años para que nos busquemos a tientas y avancemos un paso.

Y confiemos siquiera en que la muerte nos dará un poco más de lo que nos dió la vida. ¿A qué prolongaría la belleza su visita a este mundo extraño? No podemos soportar el espectáculo de la belleza sino breves momentos.

Los seres bellos son los que nos hablan de nuestro destino. La flor se despide; me habla de lo que me importa porque es bella. Se va y no la he comprendido. Desnuda al fin, su alma se desvanece y huye.

El crepúsculo se entretiene en borrar las figuras y en añadir la soledad al silencio. Entre mis dedos cansados se desgarran los pétalos difuntos. Ya no son un trofeo resplandeciente, sino los despojos de un sueño inútil.


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Dominio público
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Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

La Muerte del Copinol

Arturo Ambrogi


Cuento


Los golpes de las hachas resonaban por todos los ámbitos de la montaña. Resonaban, estridentes, engrandecidos por el eco. Las hachas mordían el tronco del viejo copinol, cuya enroñecida corteza saltaba en fragmentos a los rudos golpes de los hachadores.

El viejo copinol iba a caer. Por momentos crujía su ramazón, como la arboladura de un navío en medio del vendabal.

─¡Jalá ese lazo un poquito!

El árbol aparecía, prisionero entre una red de cuerdas tendidas en todas direcciones, como entre una desmesurada tela de araña.

─Más juerte. ¡Tilintiá de ese lado!

Se oía el fuerte jadeo de los que tiraban de las cuerdas, mientras las hachas seguían cayendo, cayendo intermitentes, sobre el tronco.

La vida del viejo copinol tocaba a su fin.

¿Quién hubiera dicho al árbol centenario el fin que le esperaba?

Tantos años fijo ahí, todo cubierto por la sarna del tiempo, vacío de nidos, abrigador de iguanas y garrobos, devorado por las parásitas, pero siempre recto, siempre fuerte, siempre imponente. Parecía destinado a vivir una eternidad; a esperar así, el fin del mundo.

Y ahora iba a caer, como todos. La montaña entera parecía sobrecogida de dolor y de espanto. Uno de los patriarcas moría despedazado. Y hasta los pájaros, que en vida huían de él, y de él se burlaban, ahora enmudecían de tristeza. Los golpes de las hachas, alternándose, repercutían en el corazón de la montaña. Los hacheros, desnudos de la cintura para arriba, estaban empapados en sudor. Sus velludos pechos bronceados, palpitaban como fuelles. Y bajo la piel de sus brazos vigorosos, los músculos en tensión se acusaban como cables.


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Dominio público
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Publicado el 8 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Qué es la poesía?

Cristóbal Miró Fernández


Reflexión


Qué es la poesía? Hay bien pocas cosas, a mi parecer, tan complicadas de describir como lo es la poesía. En una célebre cita se dice que la poesía está en todas partes por el hecho de que, según mi punto de vista, es una serie de latidos que compartimos todos los seres vivos y que son exclusivos de cada uno de nosotros, tiene todos los nombres y no tiene ninguno, tiene todas las formas y no tiene ninguna… Es la misma luna y el mismo sol y sus rayos que iluminan a todos los seres que se desperezan de día y de noche, se halla lo mismo bajo un mar de niebla o en la espuma de una ola de una playa desierta, en el paraíso de una dulce y ardiente noche de amor o en la pesadilla de una batalla sangrienta o un naufragio letal. La poesía es la negación innegable de la primera persona del singular a favor del resto de pronombres personales. Yo escribo según mi visión del mundo en latidos tan precisamente imprecisos y particularmente comunes que de inmediato tú lo interpretarás según tus experiencias vitales todas mis palabras constituyendo un universo nuestro… La poesía es la pintura de un mundo sin fronteras, cuyo pincel es la pluma o el bolígrafo, o el lápiz, o el teclado de Safo y de Homero, hija de la memoria de Gilgamesh. No se puede poner fronteras a la Humanidad como especie, más allá de diferencias de etnia, religión, cultura, ideología o sexo. La poesía es la bandera más universal de todas, la del cielo protector que es el techo que a todos nos acoge… pues todas las culturas la han cultivado a través de sus Escrituras desde los inicios de la Historia plasmada en tablillas de barro, papiro, pergamino, papel o soporte informático, e incluso antes de la misma. La poesía es, a tenor de la pupila de nuestras páginas, un nexo común que une a toda la Humanidad en un solo corazón de tres venas por donde circulan infinitas gotas de sangre…


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Publicado el 15 de febrero de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .

El Embudo de Cuero

Arthur Conan Doyle


Cuento


—Esto que acabo de leerle — prosiguió Dacre — es la minuta oficial del proceso de Marie Madeleine d'Aubray, marquesa de Brinvilliers, una de las más célebres envenenadoras y asesinas de todos los tiempos.

Permanecí sentado y en silencio, bajo el peso abrumador de aquel incidente de índole tan extraordinaria y de la prueba decisiva con que Dacre había explicado lo que realmente significaba. Recordé de una manera confusa ciertos detalles de la vida de aquella mujer; su desenfrenado libertinaje, la sangre fría y la prolongada tortura a que sometió a su padre enfermo, y el asesinato de sus hermanos por móviles de mezquinas ventajas. Recordé también la entereza de su muerte, que contribuyó en algo a expiar los horrores de su vida, haciendo que todo París simpatizase con sus últimos momentos y la proclamara como a una mártir a los pocos días de haberla maldecido como asesina. Una objeción, y sólo una, surgía en mi cerebro:

—¿Cómo fue que las iniciales de su nombre y apellido fuesen inscritas junto con el distintivo de su rango en el embudo? O es que llevaban su respeto medieval a la nobleza hasta el punto de inscribir sus títulos en los instrumentos de tortura?

—Ese mismo problema me tuvo intrigado a mí; pero es susceptible de una explicación sencilla — dijo Dacre —. Ese caso despertó en su tiempo un interés extraordinario, y resulta muy natural que la Reynie, jefe de Policía, retuviese el embudo como recuerdo macabro. No era suceso frecuente el que una marquesa de Francia fuese sometida al interrogatorio extraordinario. Ahora bien, el grabar las iniciales de la mujer en el embudo para que sirviera de información a los demás, es, desde luego, un recurso de lo más corriente en un caso así.

—¿Y esto? — pregunté, apuntando con el dedo hacia las marcas que se veían en el gollete de cuero.

Dacre me contestó, retirándose de mi lado:


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Publicado el 26 de mayo de 2016 por Edu Robsy.

El Señor Korbes

Hermanos Grimm


Cuento infantil


Éranse una vez una gallina y un gallito que decidieron salir juntos de viaje. El gallito construyó un hermoso coche de cuatro ruedas encarnadas y le enganchó cuatro ratoncitos. La gallinita y el gallito montaron en el carruaje y emprendieron la marcha. Al poco rato se encontraron con un gato, que les dijo:

— ¿Adónde vais?

Y respondió el gallito:

«Por esos mundos vamos;
la casa del señor Korbes es la que buscamos».

— Llevadme con vosotros —suplicó el gato.

— Con mucho gusto —respondió el gallito—. Siéntate detrás, no fuera que te cayeses por delante.

«Tened mucho cuidado,
no vayáis a ensuciar mi cochecito colorado.
Ruedecitas, rodad;
ratoncillos, silbad.
Por esos mundos vamos;
la casa del señor Korbes es la que buscamos».

Subió luego una piedra de molino; luego, un huevo; luego, un pato; luego, un alfiler y, finalmente, una aguja de coser; todos se instalaron en el coche y siguieron viaje. Pero al llegar a la casa del señor Korbes, éste no estaba. Los ratoncitos metieron el coche en el granero; el gallito y la gallinita volaron a una percha; el gato se sentó en la chimenea; el pato fue a posarse en la barra del pozo; el huevo se envolvió en la toalla; el alfiler se clavó en el almohadón de la butaca; la aguja saltó a la almohada de la cama, y la piedra de molino situóse sobre la puerta.


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Publicado el 26 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

El hipnotizante

Angela


El hombre hipnotizante


En el antiguo pueblo de majaca existio una criatura sobrenatural muy escalofriante que dejo a mas de uno muertos del panico y no era para menos se trataba de un hombre horrible y malvado un ser oscuro lleno de propositos hacia el mal.A este hombre le decian el hombre de la mirada hipnotizante porque nada mas con mirar a los ojos a alguien los ponia a hacer lo que el quisiera y asi los dejaba para siempre con un mal irremediable. El hombre de la mirada hipnotizante era encorvado de cabellera larga, pies largos, ojos negros horripilantes y de orejas grandes como la de un duende; se alimentaba de animales lo que al parecer lo hacia cada ves mas fuerte por eso los habitantes del pueblo de majaca estaban asustados y muy preocupados por esta situacion, todos los dias se desaparecian personas en manos del hipnotizante les hechaba su mal de ojos y los perdia en el espeso monte y lamentablemente no regresaban jamas en verdad que triste era todo se estaban destruyendo familias enteras que no tenian la culpa de nada sino tener la mala suerte de toparse con este mal hombre sin escrupulos que no le importa absolutamente nada sino satisfacerce asi mismo con su crueldad .Cierta noche un hombre muy valiente decidio buscarlo y terminar de una ves por toda con esta situacion asi que se adentro en los espesos montes para cazarlo y darle muerte, se escondio detras de un matorral de flores que daban un horrible olor y se puso en espera del hipnotizante ya era casi media noche cuando de pronto escucho unas pisadas que se acercaban lentamente, su corazon daba mil latidos estaba asustado pero se decia asi mismo tengo que sacar valor y acabar con este monstruo.Asi fue mientras el hombre estaba descuidado devorando un animal le lanzo una flecha que le dio justo en el corazon, el hombre hipnotizante cayo al suelo y poco a poco se fue desapareciendo esto fue algo muy extraño.El hombre que lo mato decia que clase de ser es este .


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Publicado el 6 de mayo de 2018 por Angela.

En Voz Baja

Silverio Lanza


Cuento


—¿Te acuerdas de Concha?

–¿Cuál?

—No hay más que una.

—Permíteme; hay muchas que nacen en la mar y muchas que viven en el arroyo de la calle.

—Para nosotros sólo hay una.

—Como no sea la de Burdeos.

—Esa.

—¿La has visto?

—Esta mañana.

—¿Cómo está?

—Muy vieja.

—Como nosotros.

—Más aún.

—¡Presumido!

—No lo creas. De aquella hermosa instantánea española que en Burdeos nos explotaba y nos divertía queda solamente una anciana muy seria.

—¡Diantre!

—La conocí enseguida, porque es imposible que la olvidemos. Llevaba un vestido hecho con el buen gusto de la sencillez, y la acompañaba un joven de veintitantos años.

—Continúa con su afición.

—Escucha.

—Bueno.

—La seguí, la alcancé, la miré con insistencia, volví á quedarme detrás de ella, y repetí varias veces esta maniobra. Noté que se turbaba, y cuando llegamos á la Presidencia se acercó á la pared. La pobre Concha estaba lívida, y me acerqué á ella. Entonces dijo al mozo:,

—Un coche, uno de aquellos, que se acerque.

El joven dudaba, y le animó diciéndole:

—Vaya usted sin temor; yo no me separo de esta señora.

Y cuando estuvimos solos me sujetó el brazo con sus manos crispadas y llorando, dramática, sublime...

—¡Chico!

—Escucha... y llorando me dijo así: «Señor general: he sido una miserable para que este hijo mío fuese hoy un ingeniero ilustre y honrase á su madre. Señor general: no destruya usted en un momento una felicidad que tanto me ha costado.»


—Sigue, sigue.

—Y nada más. Vino el joven con el coche, montaron, y yo conmovido, saludé respetuosamente á la llorosa anciana.

—¿Tú? ¿Tú saludaste en un sitio tan público á una mujer de esa especie?

—¿Y qué?

—¿Fuiste capaz...


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Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 37 visitas.

Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

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