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Bernardo Palissy

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


Bernardo Palissy fue uno de esos hombres de vasta influencia en la civilización, cuya fecha de muerte se ignora. Como acontece por lo general con estos oscuros hombres del momento, la posteridad se apresura a conferirles en la historia heroica de la raza humana, un sitio de preferencia. Se les erigen estatuas, se da su nombre a las plazas públicas, se disputa acaso el sitio de su nacimiento o de su muerte. La deuda queda así pagada.

Lo que se paga, en realidad, es la deuda a la gloria y vanidad del país que le dio a luz. Pero el pago de la incomprensión contemporánea, de los dolores, de las miserias sufridas por ese hombre durante los veinte, treinta, cincuenta años en que arrastró su miserable vida de héroe, esa deuda quedará eternamente sin pagar.

Palissy había ejercido hasta los cuarenta años varios oficios y profesiones, sin descollar en ninguno de ellos. No había logrado ni siquiera hacerse rico. En esa edad tuvo entre las manos, por mero accidente, un jarrón de barro cocido y esmaltado.


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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

El Lago de Ginebra

Stendhal


Cuento


Novela moral y costumbrista

Obra póstuma del señor Ducray Dumesnil

PERSONAJES

SEÑORA DE CANTALL

CÉLESTE, SU HIJA

EL DUQUE DE BELÈVRE

RIOCI

Era en 1804; la diligencia, cuyo cabriolé ocupaba yo con …, recorría bastante despacio una cuesta larga, en un bosque. Era bonita la vista del valle, pero no la miraba; sabía que desde lo alto de la colina por la que estábamos subiendo vería el lago de Ginebra.

El lago de Ginebra. ¡Qué palabras para un corazón de dieciocho años! ¡Las rocas de Meillerie, J.-J. Rousseau, Vevey, La nueva Héloïse!

La pedantería no había mancillado las aguas del lago de Ginebra.

Divisé por fin aquel lago inmenso desde lo alto de las colinas de Changy; tiene en verdad apariencia de mar; se avista el lago, a lo largo, con una extensión de doce leguas por lo menos. El aire era tan limpio que veía cómo el humo de las chimeneas de Lausana, a siete leguas, subía en columnas ondulantes y verticales.

—¿Tienes diez céntimos para el postillón?

Thélinge repetía esas palabras, de mal humor, por tercera o cuarta vez; le di dos monedas de seis ochavos, es decir, quince céntimos.

—En bonita situación me has puesto —repitió cuando se alejó el postillón—. ¿Pretendes que le pida a un niño que me devuelva cinco céntimos? Además, ya se sabe lo que van a contestar, que no llevan suelto.


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Publicado el 16 de abril de 2018 por Edu Robsy.

Ciervo

Alejandro Ortega


poesía, prosa, ciervo, metáfora, nombre


 Me siento extranjero en estos días. Ciervo entre silbidos de bala, músculos ardiendo sin tregua; el bosque, casa, es hoy un pasillo, desfiladero ante la guadaña. Los perros de presa siguen mi olor a miedo y sudor, el aire es de cemento en el pecho. La noche es coyote que acecha.
La vida me empaña, me encañona. De nuevo, extranjero es todo secreto, sin comodidad. Astuta asesina vitalicia.
 Siempre son otros los que nos ponen los nombres. Todo debe tener un nombre porque lo que no podemos nombrar no existe. ¿Cómo podrías hablar con alguien que no tiene nombre? ¿Cómo hablar de una persona que no tiene nombre sin ponérselo? Sin hacer de "quien no tiene nombre" su nombre. ¿Cómo sería no saber el nombre de tus padres? ¿Te podrías enamorar de alguien sin nombre? Me gustaría estar en el pasado, en el momento exacto en el que alguien puso el primer nombre propio para taparle la boca. Quien quiera que fuese, con él empezó nuestra decadencia.
Solo Dios puede poner nombres, porque su palabra es verbo, es creadora. Su acción divina es transmitida a través de la palabra. Habría sido un gran cuentacuentos. Tengo que llevarle flores.


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Publicado el 10 de diciembre de 2020 por Alejandro.

Río Negro

Francisco Acebal


Cuento


Bajo la campana del hogar, chisporroteaba un montón de sarmientos y sus llamas, iluminaban el semicírculo de cazadores que fatigados del monteo, arrecidos por el cierzo, entretenían la noche invernal, con narraciones de sus aventuras.

Llegó mi turno y dije:—Amigos: hay en vuestros relatos leyendas dramáticas, episodios sangrientos y hay escenas de amor; fieras heridas á bala y zagalillas heridas á flecha; mi cuento es el cuento del cazador perdido que halla dos viejecitas en lo más denso del bosque.

Caía la tarde, una hermosa pieza marchaba engalgada; yo corría, corría, pisando chaparros y tojos. La pieza se encava, aullan los perros, y malgasto en la rebusca las últimas luces del día.

Por el bosque tenebroso intento en vano hallar la senda, seguido de los lebreles que jadean. El viento agita el ramaje haciéndole balbucir quejas rumorosas; la soledad de la noche me rodea, pero veo una luz que fulgura entre el espeso arbolado y hacia ella me encamino.

Es de una casucha rústica; toco la bocina y dos viejecitas, con candiles encendidos salen á mi encuentro.

Flacas de cuerpo, acecinadas de rostro, lucen majestad de noble estirpe, rastros de una juventud hermosa. Con dulce voz me invitan á seguirlas, sus luces me guían tras la selva y me conducen al tendajo, que les sirve de morada miserable.

Allí pasé la noche ¡noche fantástica! llena de ensueños misteriosos, con pesadillas de magias y de encantamientos.

Apenas alboreaba el nuevo día, cuando salí, acompañado de las damas antañonas que ofrecieron enveredarme. En silencio marchamos largo espacio, hasta dar en una barranca, con el cauce de un río... amigos mios ¡un río negro!


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Dominio público
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Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

El Maestro y el Discípulo

Antonio de Trueba


Cuento infantil


(Cuento popular que mi tio Ignacio nos contaba cuando pretendiamos no ir más á la escuela porque ya sabiamos bastante).

I

—Vecino, dijo la zorra al lobo, ¡vea usted, vea usted qué zorrillo tan mono acabo de parir! Estoy segura de que va á ser la arañita de la casa.

—Lo será, vecina, si tiene buen maestro.

—Por ejemplo, un maestro como usted.

—Es la verdad, vecina, aunque esté mal el decirlo.

—Ya podia usted ser su padrino y maestro.

—Lo seré con mucho gusto, aunque no sea más que por tener una comadre como usted.

—Gracias, vecino, por su galantería. Así que destete á este cachorrillo que Dios me ha dado, se le llevo á usted para que saque de él un discípulo que le honre.

II

—Buenos días, compadre.

—Comadre, téngalos usted muy buenos.

—Aquí le traigo á usted á su ahijado Bonitillo.

—¿Y cómo está mi ahijado?

—Tan mono y tan buscalavida. Desde que le desteté, todo el día anda de caza; pero como no tiene más instruccion que la miaja que yo le he dado, ni siquiera ha conseguido cazar un pollo.

—Eso es muy natural, comadre; pero descuide usted, que yo le sacaré maestro.

—Eso no lo dudo, compadre, porque en buenas manos queda el pandero. Ea, conque déjeme usted dar un beso al hijo de mis entrañas, y ahí le queda á usted para que me le instruya de modo que sepa tanto como el maestro.

III

—Oye, Bonitillo.

—Mande V., padrino.

—Voy á comenzar tu instruccion práctica.

—¿Y qué es lo que tengo yo que hacer para recibirla?

—Nada más que observar bien lo que yo hago.

—Eso, padrino, por debajo de la pata lo hago yo.

—Te vas a poner de centinela en ese altillo que domina á la vereda, y en cuanto veas venir caza de pelo ó pluma, me avisas, y luego mucho ojo á lo que yo hago.


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Publicado el 9 de abril de 2020 por Edu Robsy.

El boleto de la vida.

Marco Antonio Becerril Romero


Erika, Irene, Lozada, Orozco


La verdad no es más que una charla contigo., ¿Pero no se puede?., de verdad.
Así es la vida antes solo era un poco de dolor. Hasta que cada vez se confunde la vida con un feliz día, diciendo:Solo necesitmos separarnos mi amor. Ya no te preocupes. Ha dicho que me vaya lejos, lejos del mundo, dónde encontraste el principio del fin.   Solo unas cuantas horas de la noche, que te mando la vida ...     Muchos años pasan por el momento, un poco de dolor de mis sueños.Las verdades son lo único que yo más quiero, solo cometí un error.Olvidava que las personas nunca cambian.    El me dijo: Fueron a la playa de las cuerdas de la desesperación, Lo siento mucho.No, eso no es suficiente, para poder disfrutar la felicidad.Solamente la misma rutina, un poco más desvanecida.Vete de aquí., Para terminar este tormento, contestame:En ¿Qué parte de tu tiempo ya no escuchaste a tu corazón?.    Solamente veo la tarde, no tengo idea de las respuestas, aún así, es un placer conocerte.La verdad y el conocimiento, siempre logran tener una excursión hacía la mentira.A mi lado escucho una disculpa, no me digas lo que me ha pasado, necesito estar muy relajado, con un bonito y simple.,  Hola.....
¿Qué haces con la cabeza dando vueltas?. Mi perdón no se puede comprar, necesito regresar al mundo de la verdad y los hechos., Dejando atrás, los sueños y la fantasía que me ha robado la verdad. Acabo de despertar, estaba hablando sobre , la vez que te conocí, surgen las preguntas, pero en otro lado del tiempo, es un poco más fácil, el no asimilar la verdad y aceptar la duda.Mi piel arde, se quema, se lasera  con la mentira.La mente siempre olvida colocar el cartel en la frente, de quiénes en sus vidas, me hace ser una carga.


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Publicado el 24 de febrero de 2020 por Antonio Sánchez Sánchez 619619619.

La Sombra

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Aquel rey Artasar, que, después de Suleimán o Salomón, fue el más poderoso y el más opulento del orbe; aquél que soñó tener un palacio como jamás se hubiera visto, para albergar en él las magnificencias de su corte y las fantásticas riquezas de su tesoro, alimentó también otro sueño, más modesto en apariencia, pero de realización infinitamente más difícil: el de aumentar su estatura. Porque conviene saber que Artasar el Grande y el Temido era de muy corta talla, y en aquellas edades heroicas se rendía culto a la exterioridad de la fuerza y de la robustez corporal. Y cuando Artasar, descendiendo de su palanquín de cedro, marfil y oro, se dirigía solemnemente al templo en que sus antecesores los Magos habían adorado al Dios vivo y donde aún persistía este santo culto, y el pueblo formaba doble muralla para ver pasar al rey, éste sufría cruelmente en el amor propio al comparar la proyección de su sombra, diminuta y sin majestad, con la de los hercúleos oficiales de su guardia nubiana, o la de los hermosos arqueros del Cáucaso, que le precedían abriendo calle. Como una especie de bufón grotesco que fuese a su lado inseparablemente, burlándose de su grandeza nominal, la ironía de su reducida sombra le acompañaba a todas partes.

Para evitar tan triste efecto, ideó Artasar que le construyesen un calzado de suelas quíntuples y que ciñese sus sienes una especie de monumental tiara. Y fue, como suele decirse, peor que la enfermedad el remedio, porque las suelas remedaban un zócalo ridículo y hacían embarazoso y torpe el andar del rey, que parecía ir en zancos; mientras que la tiara, agobiándole con su peso, le obligaba a inclinar la cabeza, y en la sombra adquiría formas extrañas, provocantes a risa.


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Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Los Catorce Millones De Víboras Del Señor Casado

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica, Artículo


En el Alto Paraná, sobre la barranca misma del río, existe o existía un cementerio que alojaba diez y siete cadáveres. De quince de estos cadáveres, eran causantes las víboras. 

Sufriría yerro, sin embargo, quien creyera que este terrible porcentaje de muertes por el veneno ofídico, es en aquella zona el régimen normal. Las víboras no constituyen un peligro mayor que el de tantas circunstancias sombrías de la existencia, aquí como allá. La víbora de cascabel, con todo y ser la más peligrosa bestia de la familia, dista mucho de abundar hasta el extremo de erigirse como una cruz alquitranada, en el confín de todos nuestros pasos. Las estadísticas más avanzadas conceden apenas dos o tres víboras a cada hectárea de bosque. De estas tres víboras, dos son yararás, y la otra es una serpiente de cascabel.

Ahora bien: como una legua de bosque tiene dos mil quinientas hectáreas, el feliz poseedor de una legua de bosque virgen (el señor Carlos Casado poseía dos mil), se halla también ser poseedor de siete u ocho mil mortales víboras, discretamente diseminadas por la finca.


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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

Bondad de la Plegaria

Juan Valera


Cuento


El boticario del lugar era un filósofo racionalista y descreído. Apenas había acto piadoso que él no condenase como superstición o ridícula impertinencia. Contra lo que más declamaba, era contra el rezo en que se pide a Dios o a los santos que hagan alguna cosa para cumplir nuestro deseo. La censura del boticario subía de punto cuando trataba de plegarias que iban acompañadas de promesas.

Según es costumbre en los lugares, en la trastienda de nuestro boticario filósofo había tertulia diaria. Allí se jugaba al tresillo, a la malilla y al tute, se leían los periódicos y se hablaba de religión, de política y de cuanto hay que hablar.

El señor cura asistía también en aquella tertulia, pero esto no refrenaba el prurito de impiedad del boticario, sino que le excitaba más en sus disertaciones, a fin de que el señor cura se lanzase a la palestra y disputase con él.

El señor cura distaba no poco de ser muy profundo en teología, y cuando no se preparaba escribiendo de antemano lo que había de decir, como escribía los sermones, era mucho menos elocuente que el boticario, pero le aventajaba en dos excelentes cualidades: tenía fe vivísima y gran dosis de sentido común para resolver cuanto la fe no resuelve.

—Dios —decía el cura—, no infringe ni trastorna las leyes de la naturaleza, cediendo a nuestras súplicas y para satisfacer nuestros antojos. Para Dios no hay milagros improvisados. Desde la eternidad los previó todos y los ordenó por infalible decreto. Y en este sentido, tan conforme con la ley divina y tan de acuerdo está con el orden prescrito desde ab eterno que salga mañana el sol como que no salga. Y en cuanto a las súplicas que los hombres dirigimos a Dios, siempre deben agradarle como no sean contrarias a la moral, ya que dan testimonio de la fe que en Él tenemos y de la esperanza y del amor que nos inspira.


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Dominio público
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Publicado el 6 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Tía Celesta

Emilia Pardo Bazán


Cuento


¿No la visteis al cruzar la esquina, a la viejecita del pelo más blanco que los copos de la nieve, detenidos en los aleros de los tejados, de tez rancia como el marfil, de dentadura cabal y firme todavía, sin postizo ni engañifa alguna? Las curtidas y arrugadas manos con que, manejaba la badila revolviendo las castañas en el tostador dicen a voces la vida de labor incesante; la venerable calma de la frente y la limpidez de los ojos, que debieron de ser hermosos a los veinte años; la tranquilidad de la conciencia… Sentada en la bocacalle, al margen de la acera, procurando no estorbar con su humilde comercio a los transeúntes, en primavera, vendía lilas, clavellinas y rosas «de olor»; pero apenas asomaba el frío, saliendo a relucir las primeras «pañosas», establecía su puesto de castañas asadas, y allí la tenían los chiquillos golosos de la escuela y los estudiantes que van a la Universidad y al Instituto, despachando la mercancía con una afabilidad y un desinterés señoril…


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Dominio público
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Publicado el 27 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

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