Esta historia, niños, va a pareceros una mentira y sin embargo es
verdadera, pues mi abuelo de quien la sé no dejaba nunca, cuando me la
refería, de añadir:
—Debe sin embargo ser verdadera, pues, si no, no la contaría nadie.
He aquí la historia tal como ha pasado.
Era una hermosa mañana de verano, durante el tiempo de la siega,
precisamente cuando el alforfón, trigo negro, está en flor. El sol
brillaba en el cielo, el aire de la mañana ponía en movimiento los
trigos, las alondras cantaban volando, las abejas zumbaban en el
alforfón, las personas iban a la iglesia con el vestido del domingo y
todo el mundo se alegraba y también el erizo.
El erizo estaba delante de su puerta, tenía los brazos cruzados,
miraba pasar el tiempo y cantaba un cantarcillo, ni más ni menos que
como lo canta un erizo en una hermosa mañana de domingo.
Mientras cantaba así, a media voz, se le ocurrió, muy osadamente en
verdad, ínterin su mujer lavaba y vestía a sus hijuelos, dar algunos
paseos por la llanura e ir a ver cómo crecían los nabos. Los nabos se
hallaban cerca de su casa, tenía la costumbre de comerlos con su familia
y los cogía como si fueran suyos. Dicho y hecho.
El erizo cerró la puerta detrás de sí y se puso en camino. Apenas se
hallaba fuera de la casa e iba precisamente a pasar por delante de una
zarza, que se hallaba junto al campo donde crecen los nabos, cuando
encontró a la liebre que había salido con una intención semejante, para
ir a visitar sus berzas.
Así que el erizo vio a la liebre, pensó jugarla una buena treta y la
dio los buenos días con mucha política; pero la liebre que era un
personaje muy grande a su manera y de un carácter orgulloso, no devolvió
el saludo, sino que dijo con un aire muy burlón:
—¿Cómo corres tan temprano por el campo, en una mañana tan hermosa?
—Voy a pasearme —dijo el erizo.
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