I
Los aéreos picos del Himalaya se coronan de nieblas oscuras en cuyo
seno hierve el rayo, y sobre las llanuras que se extienden a sus pies
flotan nubes de ópalo, que derraman sobre las flores un rocío de perlas.
Sobre la onda pura del Ganges se mece la simbólica flor del loto, y
en la ribera aguarda su víctima el cocodrilo, verde como las hojas de
las plantas acuáticas, que lo esconden a los ojos del viajero.
En las selvas del Indostán hay árboles gigantescos, cuyas ramas
ofrecen un pabellón al cansado peregrino, y otros cuya sombra letal lo
llevan desde el sueño a la muerte.
El amor es un caos de luz y de tinieblas; la mujer, una amalgama de
perjurios y ternura; el hombre un abismo de grandeza y pequeñez; la
vida, en fin, puede compararse a una larga cadena con eslabones de
hierro y de oro.
II
El mundo es un absurdo animado que rueda en el vacío para asombro de sus habitantes.
No busquéis su explicación en los Vedas, testimonios de las locuras
de nuestros mayores, ni en los Puranas, donde vestidos con las
deslumbradoras galas de la poesía, se acumulan disparates sobre
disparates acerca de su origen.
Oíd la historia de la creación tal como fue revelada a un piadoso
brahmín, después de pasar tres meses en ayunas, inmóvil en la
contemplación de sí mismo, y con los índices levantados hacia el
firmamento.
III
Brahma es el punto de la circunferencia; de él parte y a él converge todo. No tuvo principio ni tendrá fin.
Cuando no existían ni el espacio ni el tiempo, la Maya flotaba a su
alrededor como una niebla confusa, pues absorto en la contemplación de
sí mismo, aún no la había fecundado con sus deseos.
Como todo cansa, Brahma se cansó de contemplarse, y levantó los ojos
de una de sus cuatro caras y se encontró consigo mismo, y abrió airado
los de otra y tornó a verse, porque él lo ocupaba todo, y todo era él.
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