Dos palabras del autor
Cuando un pobre diablo transita pacíficamente por las encrucijadas de
la vida con una cantinela en los labios y porque su música suena mal en
ciertas orejas enfermas, se ve asaltado de golpe por una turba rabiosa
que se le va encima, lo avanza, lo acosa y puja por arrebatarle la
bolsa, por robarle esos billetes de banco que se ganan sudando y que se
llaman nombre, fama, reputación, ¿qué hace
Para que no le sacudan a traición, se arrincona por lo pronto, aunque
sea en algún ángulo de pared, de los que la indecencia pública suele
convertir en meaderos, revolea un garrote justiciero, o, si lo pescan
descuidado, a falta de refugio más seguro, arma el paraguas, a guisa de
escudo y se acurruca tras de él para cubrirse del manoteo de los grandes
y de las uñas de los chicos que, como cuzcos en riña de mastines, pretenden alzar la pata y mojar ellos también
Ese es el caso
Una mañana me desperté con humor aventurero y, teniendo hasta los
tuétanos del sempiterno programa de mi vida: levantarme a las doce,
almorzar a la una, errar como bola sin manija por la calle Florida,
comer donde me agarrara la hora, echar un bésigue en el Club, largarme
al teatro, etc., pensé que muy bien podía antojárseme cambiar de rumbos,
inventar algo nuevo, lo primero que me cayera a la mano, con tal que
sirviera de diversión a este prospecto embestiador, ocurriéndoseme
entonces una barbaridad como otra cualquiera: contribuir, por mi parte, a
enriquecer la literatura nacional
Para que uno contribuya, por su parte, a enriquecer la literatura
nacional, me dije, basta tener pluma, tinta, papel y no saber escribir
el español; yo reúno discretamente todos estos requisitos, por
consiguiente, nada se opone a que contribuya, por mi parte, a enriquecer
la literatura nacional
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