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La Gente del Buen Hambre

Arturo Robsy


Novela corta


Prólogo

"La Vida Es Así" —extraña máxima que todos ignoran.

Inicios

Aún a riesgo de revelar primicias, nos acercamos a Arturo Artur con la esperanza de arrancarle un par de opiniones. Antes, debemos puntualizar que, desde hace pocos días, está vivienda a la orilla del mar. Si tuviésemos algo de malos poetas, casi diríamos:


"Cansado de reír,
cansado de ser posibilidad siendo presente,
estoy muy solitario.
Estoy muy solitario
y piso llamas al pisar el hielo."


Pero astutamente, nos callamos, porque no somos poetas mediocres. Comenzamos con él:

"¿Qué opinas de todo esto, Arturo?"

"¿Os referís al paisaje?"

"No, claro; pensábamos en tu libro. ¿Qué representa para ti?"

"Trabajo. Antes de que alguien se ponga a imaginar y saque palabras como "Ilusión", "Esperanza", "Realizarse" y "Testimonio", quiero decir que mi libro es trabajo, que me ha costado mucho y que, calculando a precio de saldo (30 pesetas la hora), la obra vale unas veintisiete mil."

"¿No crees que esto es un poco... materialista? ¿No te parece que el arte...?"

Nos interrumpe iracundo: seguramente posee ideas claras al respecto.

"¡Alto ahí! La gente vende su alma y nadie tiene el menor reparo en decir: soy abogado y gano tanto al mes. Soy médico y cobro tanto otro. (Y, por ejemplo, se trata de vender justicia y salud). Yo, entonces, tengo el derecho a decir: soy escritor y pierdo... equis."

"Veintisiete mil pesetas."

"¿Lo creéis? Pierdo más; hasta mi posición social. ¿Qué como? ¿Con qué me visto? Además, ¿no corro peligro de ser clasificado, para siempre, como vago y desocupado?"

Preferimos dejar el tema, que resulta doloroso para Arturo Artur.

"Háblanos de tu libro."


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Licencia limitada
90 págs. / 2 horas, 38 minutos / 131 visitas.

Publicado el 15 de julio de 2022 por Edu Robsy.

La Factoría de Farjalla Bill Alí

Roberto Arlt


Cuento


Los que me conocían, al enterarse de que iba a trabajar en el criadero de gorilas de Farjalla Bill Alí se encogieron compasivamente de hombros.

Yo ya no tenía dónde elegir. Me habían expulsado de los más importantes comercios de Stanley.

En unas partes me acusaban de ratero y en otras de beodo. Mi último amo al tropezar conmigo en la entrada del mercado, dijo, comentando irónicamente mi determinación:

"No enderezarás la cola de un galgo aunque la dejes veinte años metida en un cañón de fusil."

Yo me encogí de hombros frente al pesimismo que trascendía del proverbio árabe. ¿Qué podía hacer? En África uno se muere de hambre no solo en el desierto sino también en la más compacta y vocinglera de las selvas. Allí donde verdea el mango o ríe el chimpancé, casi siempre acecha la flecha venenosa.


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Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 108 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Condenada (narraciones breves)

Vicente Blasco Ibáñez


Cuentos, Colección


La condenada

Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda.

Tenía por mundo aquellas cuatro paredes, de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto ventanillo cruzado por hierros que cortaban la azul mancha del cielo; y del suelo de ocho pasos apenas si era suya la mitad, por culpa de aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándosele en el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado en vida, pudriéndose, como animado cadáver, en aquel ataúd de argamasa, deseando, como un mal momentáneo que pondría fin a otros mayores, que llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una vez.

Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se dejaba tener ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarlas como buenas compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría entretenido domesticándola.


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Dominio público
110 págs. / 3 horas, 14 minutos / 163 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Clase Media

Juan Díaz Covarrubias


Novela


Dedicatoria

Al joven poeta José María Ramírez

México, abril de 1858


Hermano:

Reciba ud. esta pequeña novela en prenda de amistad, recíbala vd. como un recuerdo de esas horas amarguísimas de nuestra vida que hemos pasado juntos, lastimado el corazón por unos mismos dolores, recíbala Ud. como todas mis obras, empapada todavía con las lágrimas que sin esperanza he derramado por la gloria, con la misma benevolencia con que han recogido mis versos Zorrilla y Florencio Castillo.

Usted, pobre amigo mío, desde la soledad de su retiro me ha seguido con una mirada cariñosa por el viaje de la vida, me ha visto luchar con una suerte siempre contraria y sufrir con la fe de un mártir, y cuando he venido a Ud. con el corazón lastimado, me ha dado tiernos consuelos y ha vuelto a colocar en mis manos la pluma que el desconsuelo me había hecho soltar.

Recíbala Ud., no como lo que ella vale, sí como una prenda de desinteresado y fraternal afecto.

Al sentir mi abandono en la vida, he levantado en mi corazón un altar a la amistad.


Su hermano

Juan Díaz Covarrubias

I. El hotel de la gran sociedad

Por una hermosa tarde del mes de julio de 1854, dos jóvenes que por su traje y sus maneras revelaban desde luego pertenecer a la clase más distinguida de la sociedad mexicana, atravesaron tomados amistosamente del brazo, el espacio que hay entre la Alameda y la entrada del puente de San Francisco.

Uno de ellos representaba tener muy cerca de treinta años, era de elevada y elegante estatura, su rostro pálido y el círculo sombrío que rodeaba sus hermosos ojos negros, indicaban a primera vista una juventud consumida en las orgías y la prostitución.


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Dominio público
97 págs. / 2 horas, 51 minutos / 327 visitas.

Publicado el 18 de junio de 2019 por Edu Robsy.

La Buenaventura

Pedro Antonio de Alarcón


Cuento


I

No sé qué día de Agosto del año 1816 llegó a las puertas de la Capitanía general cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido o sobrenombre Heredia, caballero en flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían a una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo pie a tierra, dijo con la mayor frescura «que quería ver al Capitán general.»

Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar a conocimiento del Excelentísimo Sr. D. Eugenio Portocarrero, conde del Montijo, a la sazón Capitán general del antiguo reino de Granada.... Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor a lo ajeno..., con permiso del engañado dueño, dió orden de que dejasen pasar al gitano.

Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:

—¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!

—Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece ...—respondió el Conde con aparente sequedad.

Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:

—Pues, señor, vengo a que se me den los mil reales.

—¿Qué mil reales?

—Los ofrecidos hace días, en un bando, al que presente las señas de Parrón.

—Pues ¡qué! ¿tú lo conocías?

—No, señor.

—Entonces....

—Pero ya lo conozco.

—¡Cómo!


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Dominio público
11 págs. / 19 minutos / 376 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Bruja Baba Yaga

Aleksandr Afanásiev


Cuento infantil


Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.

Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra le dijo a la muchacha:

—Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.

La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha era lista, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.

—Buenos días, tiíta.

—Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?

—Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo, para que me cosa una camisa.

—Acuérdate bien —le dijo entonces la tía— de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una cancela rechinarán y se cerrarán con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.

La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite y jamón y una cinta, se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó.

Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba—Yaga sobre sus piernas huesosas, ocupada en tejer.

—Buenos días, tía.

—¿A qué vienes, sobrina?

—Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.

—Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.

Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:

—Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.


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3 págs. / 6 minutos / 279 visitas.

Publicado el 15 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

La Bruja

Nikolái Gógol


Cuento


I

Apenas se extinguían en el ambiente matutino los sonoros tañidos de la campana que colgaba sobre el ancho portalón del monasteri Kief, donde entonces instalado el Seminario, acudían presurosos de los distintos barrios de la ciudad, compactos grupos de escolares. Gramáticos, retóricos, filósofos y teólogos, clases en que se dividian los estudiantes de la época á que nos referimos, penetraban en el monasterio con los cuadernos bajo el brazo. Los primeros eran todavía muy jóvenes, tropezaban unos con otros y se increpaban con atipladas vocecillas. Tenían la ropa destrozada y sucia y los bolsillos llenos de tabas, huesos de albaricoque, silbatos, dulces incomibles y á veces metían en ellos, pacíficos gorriones que, al piar en el aula acarreaban á sus dueños las ásperas caricias de la palmela cuando no las de una vara de acebuche.

Los retóricos caminaban con más formalidad: solían tener la ropa más decente, aunque no sus rostros, que siempre ostentaban á modo de figuras retóricas, ora un ojo acardenalado, ora un labio partido, ora una contusión de buen tamaño. Estos caballeros conversaban con voz de tenor.

La de los filósofos tenía una octava más. Su rasgo distintivo era, entre otros, el de llevar en los bolsillos hojas de tabaco y el de no hacer nunca provisiones de boca por cuenta propia, devorando, eso sí, con la mayor presteza, lo que caía en sus manos. Además de ésto les distinguía un cierto olor a aguardiente merced al cual los pobres con quienes tropezaban se detenían con la boca abierta y paladeaban el aire que por ella les entraba.


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Dominio público
46 págs. / 1 hora, 20 minutos / 126 visitas.

Publicado el 22 de enero de 2025 por Edu Robsy.

La Bendición de Abraham

Vicente Riva Palacio


Cuento


Como al mejor cazador se le va la liebre, a pesar de tan diligente y cuidadosa como era el ama del señor cura, una mañana de verano se olvidó de cerrar la puertecilla de la jaulica en que estaba prisionero un gorrioncillo alegre y cantador, que hacía más de un año formaba las delicias de los humildes habitantes de la casa cural.

El gorrioncillo se acercó cautelosamente hasta la puerta de la jaula, y dando saltitos y volviendo la cabeza y piando suavemente, examinó la salida y se puso a reflexionar en las probabilidades de éxito que podía tener la fuga.

La jaula estaba en una solana: el día se presentaba sereno y hermoso; había en derredor de la casa pocas calles, y a corta distancia se veía el campo cubierto de dorados trigales, que ondulaban mansamente al ligero soplo del vientecillo de la mañana.

Tentadoras eran las circunstancias, y el amor a la libertad decidió al prisionero; saltó fuera de la jaula y emprendió el vuelo en el momento mismo en que el ama aparecía en escena.

Como hacía tanto tiempo que el pobre gorrión no ejercitaba sus alas en el vuelo, pesadamente hendía el aire, desfallecía a cada instante, tropezaba con los tejados y se estremecía de terror oyendo los gritos del ama, que decía a los vecinos el rumbo que seguía el fugitivo y la torpeza con que volaba.

Por fin, cansado y sin poder ya continuar, cayó más bien que deteniéndose, de golpe en medio de un campo efe trigo. Allí permaneció largo rato, que él no supo saber cuánto tiempo fue, porque no llevaba reloj, pero es de suponer que fueran más de dos horas.

Se había salvado; había recobrado su libertad, pero tenía un hambre devoradora, porque el trabajo había sido extraordinario y emprendida la fuga antes de tomar el almuerzo.


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Dominio público
2 págs. / 5 minutos / 53 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Batalla de los Arapiles

Benito Pérez Galdós


Novela


I

Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me permitirán descansar un poco.

Madrid, 14 de marzo.

Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos estamos. De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que la triste certidumbre de que el comisario de policía no está ya en esta corte, ni presta servicio a los franceses, ni a nadie como no sea al demonio. Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, abandonó luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le supone en Salamanca, su tierra natal, quién en Burgos o en Vitoria, y algunos aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus criminales aventuras. ¡Ay, hijo mío, para qué habrá hecho Dios el mundo tan grande, tan sumamente grande, que en él no es posible encontrar el bien que se pierde! Esta inmensidad de la creación sólo favorece a los pillos, que siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas.

Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; he escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guarda—ropas, la pobre condesa no pedirá limosna por ahora. He tratado de vender las alhajas, los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a catorce y diez y seis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis diamantes por una gallina.


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Dominio público
288 págs. / 8 horas, 25 minutos / 615 visitas.

Publicado el 15 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

La Arquitectura Árabe en Toledo

Gustavo Adolfo Bécquer


Historia, Arquitectura, Arte


Llevando en una mano el Corán y en la otra la espada, los hijos de Ismael habían ya recorrido una gran parte del mundo. Merced á la sangrienta persecución de estos guerreros apóstoles del falso profeta, el Oriente comenzaba á constituirse en un gran pueblo, y el Asia y el África se unían por medio del lazo de las creencias, santificado con el sello de las victorias, cuando la traición abrió nuestra Península á las huestes de Tarif y la monarquía gótica cayó derrocada en las orillas del Guadalete con su último rey.

Acostumbrados á vencer, los árabes no tardaron mucho en posesionarse de casi todo el reino. Como es indudable que á sus conquistas presidía un gran pensamiento, el exterminio no siguió de cerca á sus victorias: las ventajosas condiciones con que aceptaron la rendición de un gran número de ciudades, los privilegies en el goce de los cuales dejaron á sus cristianos, prueban claramente que antes trataban de consolidar que de destruir, y que al emprender sus aventuradas expediciones, no les impulsaba sólo una sed de combates sin fruto y de triunfos efímeros. La historia de los grandes conquistadores de todas las épocas ofrece muy raros ejemplos de estas elevadas máximas de sabiduría, puestas en acción por los árabes en la larga carrera de sus victorias.

Dueños, pues, de casi toda la Península ibérica, y calmada la sed de luchas y de dominios que agitó el espíritu guerrero de aquellas razas ardientes, salidas de entre las abrasadoras arenas del Desierto, las diversas ideas de civilización y de adelanto, rico botín de la inteligencia que habían recogido en su marcha triunfal á través de las antiguas naciones, comenzaron á fundirse en su imaginación en un solo pensamiento regenerador.


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7 págs. / 13 minutos / 640 visitas.

Publicado el 19 de agosto de 2016 por Edu Robsy.

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