Volumen I
Capítulo I
Soy un hombre,
Tan cansado de desastres, tan maltratado por la suerte,
Que expondría mi vida a cualquier riesgo,
Con tal de enmendarla, o librarme de ella.
—Una vez que el sórdido interés se apodera del
alma, congela en ella cualquier brote de sentimientos generosos y
afectuosos. Pues, no menos enemigo de la virtud que del gusto, pervierte
a este y aniquila a aquella. Tal vez, amigo mío, llegará
un día en que la muerte hará desaparecer la avaricia, y a la justicia le
será permitido recobrar sus derechos.
Tales fueron las palabras del abogado Nemours a Pierre de la Motte
mientras este último entraba, hacia la media noche, en el coche que iba a
alejarle de París, librándolo de sus acreedores y de la persecución de
la ley. De la Motte le agradeció aquella postrera prueba de amabilidad, y
la ayuda que le había prestado en su huida. Y cuando el carruaje se
alejaba, pronunció un triste adiós. La melancolía del momento y lo
crítico de su situación le dejaron sumido en un callado ensueño.
Cualquiera que haya leído a Guyot de Pitaval, el más fiel de
cuantos escritores han consignado las actas de los tribunales
legislativos de París durante el siglo diecisiete, sin duda recordará la
sorprendente historia de Pierre de la Motte y del marqués Phillipe de
Montalt. Pues bien: que sepan todos ellos que el personaje aquí
presentado es el propio Pierre de la Motte.
Mientras Madame de la Motte asomaba por la ventanilla del carruaje y
echaba una última ojeada a las murallas de París, ese París que fue
escenario de su pasada felicidad y morada de numerosos amigos suyos, la
entereza que hasta entonces la había sostenido sucumbió a la intensidad
del dolor.
—¡Adiós a todos! —susurró ella—, ¡después de esta última ojeada, estaremos separados para siempre!
Información texto 'El Romance del Bosque'