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Gente de Provincias

Pablo Palacio


Cuento


Santiago Maya

Aquel pobre señor de provincia, Santiago Maya, andaba siempre en chancleta y fumaba largos y renegridos puros… Pobre de dinero, no: cinco mil barras, como dicen, hacen en los pueblos una fortuna bastante respetable. Da para echar vientre; ponerse la gorra o el sombrero de paja a media testa; hundir las manos en los bolsillos, sonando las llaves y alguna que otra moneda; arrastrar grave y concienzudamente las zapatillas, y hablar de política y mujeres.

Santiago Maya tuviera más, mucho más, si no habría sido por la maldita hernia, que le obligaba a tener prendido a la carne, como un apéndice, el insoportable braguero.

Cuando mozo fuera ayudante de su padre en un molino, que a la cabecera del pueblo metía la bulla del siglo: las grandes piedras remordiéndose ruidosamente para triturar el grano; los remiendos de las bandas azotando como foetes los volantes durante las vueltas interminables. Santiago llevaba de uno a otro lado los ventrudos costales de trigo y los hondos cajones de harina. Se hizo fuerte como un toro. Una mañana, en unión de algunos jornaleros, vacilaba ante una pesada carga:

—A que no alzan ustedes este saco.

—Ni usted lo alza, patrón.

Lo que menos le gustaba era las charlas. Al grano, al grano, y en verdad que al grano había que ir. Y que «lo alzo», que «no lo alza»… Santiago levantó el saco poniéndose muy rojo; luego emplasteció un poquillo, y no hubo más.

A los pocos días, durante el baño, reparó en una pequeña bolita junto al bajo vientre, que después fue hinchándose poco a poco. Las amigos le dieron bromas, pero él se puso serio y un sí es no es asustado. Decaían sus fuerzas, y en esa ocasión, lleno de vergüenza, casi no pudo atravesar el río a nado.


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Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 27 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

El Guardabosque Comediante

Horacio Quiroga


Cuento


En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de abedules y tamarindos, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas en la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía al pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: "Yo soy romano y negligente". Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar un papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino, y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: "_He sido galante", se decía.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 26 visitas.

Publicado el 10 de enero de 2026 por Edu Robsy.

Una Historia de Fieras

Roberto Arlt


Cuento


Era precisamente la hora en que el sol recalienta la selva, poblándola de los espesos vahos vegetales que atormentan a las grandes fieras, empujándolas a buscar los espacios claros para poder respirar. Y entre las fieras que buscaban aire fresco se encontraban ahora el Yacaré y la Boa.

El Yacaré, asoleándose en la orilla del río, permanecía arrojado como un tronco en el fangal, apoyada la achatada quijada en un felpudo de hierba. La Boa, en cambio, estaba enroscada a un corpulento cedro, en cuya corteza se friccionaba un espacio de vientre fenomenalmente abultado.

Sin embargo, más sociable que el silencioso Yacaré, no pudo aguantar mucho tiempo el silencio, y dijo:

—¿Qué novedades cuenta Su Excelencia?

El Yacaré entreabrió los adormilados ojillos y, clavándolos en la Boa, dijo:

—¿Qué le importa a vocé las novedades que dejan de ocurrirme? ¿Le pregunto yo a vocé cómo está su parentela? No. Déjeme vocé tranquilo y no me ponga motes, que caro le ha de costar como la trinque —dijo, y volvió a descargar la quijada verde oscura en la orilla fangosa, mientras que la Boa constrictor, con su hórrida cabeza estirándose horizontal bajo el aéreo entretejimiento de ramas, insistió:

—Pues Su Excelencia no me maltrataría de palabra si supiera de cierto lo que yo he sabido esta mañana. Grande es la noticia, pero Su Excelencia no tendrá el gusto de ponderar que yo se la informe.

Así era de redicha la Boa, a pesar de su espantosa apariencia; pero el Yacaré, inmutable, continuó aplastado en el fangal, mientras que sus hipócritas ojillos espiaban la monstruosa serpiente, que, arrollada al cedro, restregaba su tronco amarillento para terminar de deglutir un jabalí que había atrapado.


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Dominio público
9 págs. / 16 minutos / 21 visitas.

Publicado el 19 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

Biografías Ejemplares

Horacio Quiroga


Ensayo, Biografia, Articulo


Los Heroísmos


Llega un momento en la vida en que las circunstancias colocan al hombre al borde de un precipicio que debe saltar, él que no ha saltado nunca; a la entrada de un túnel abrasado en llamas, el que no resiste los primeros calores; ante las puertas de una ciudad devastada por una epidemia, el que evitó siempre el menor contagio.

Estas circunstancias, precoces para algunos, tardías para otros, pero ineludibles siempre, constituyen el destino de toda existencia.

Hoy o mañana, el hombre se encuentra fatalmente ante tales circunstancias. Dos caminos se abren ante él: el hombre de temple mediano, el hombre normal, equilibrado como una balanza, juicioso y previsor, el hombre-tipo, al cual todos pertenecemos, ese hombre vuelve la espalda al precipicio que podría costarle la vida; se aparta de las llamas que pueden malograr su existencia, y huye de los moribundos de la ciudad, que podrían arrastrarle consigo.


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Dominio público
35 págs. / 1 hora, 1 minuto / 20 visitas.

Publicado el 5 de julio de 2026 por Brian.

El Montón de Oro

José Fernández Bremón


Cuento


I

Cuando Perico y Ramón reunieron sus fondos por primera vez, el capital social ascendió a la módica suma de ocho pesetas. Ambos eran jóvenes, atrevidos y ambiciosos; Perico perezoso y soñador; Ramón era una ardilla y necesitaba siempre moverse y hacer algo, sólo que no sabía en qué emplear su actividad; en cambio Perico imaginaba planes que por dejadez no ejecutaba. Ambos se completaban, y comprendieron que unidos podían tener aspiraciones, mientras que, separados, tenían que ser unos infelices. Así lo expuso Perico, con mucha lucidez, y se constituyó la sociedad.

—Es preciso —dijo cuando el contrato se formalizó— que nuestra empresa tenga carácter permanente.

—¿Cómo? —repuso con sorpresa el camarada.

—Estableciéndola sobre bases sólidas: 1.ª Los fondos sociales no se gastarán nunca. 2.ª Se aumentarán diariamente por toda clase de negocios lícitos. 3.ª Entiéndese por operación lícita toda aquella que aumente el capital.

Aprobados aquellos breves estatutos, Perico, que había estudiado algo, pronunció debajo del puente de Toledo, donde ambos veraneaban aquel año, un discurso acerca de la naturaleza del capital, forma, a su juicio, la más manuable de la propiedad.


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4 págs. / 7 minutos / 19 visitas.

Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.

La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida

Horacio Quiroga


Cuento


La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida


Y pensar—dice la joven, sin apartar los ojos del fuego de la chimenea— que a estas horas hay gentes que corren a aburrirse en los teatros por el temor de la soledad!

El hombre, sentado también ante el resplandor del hogar, tiende, sin mirarla, el brazo hacia la cabeza de su mujer. 

—Hace tres años —observa— no hubieras pensado así.


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4 págs. / 7 minutos / 13 visitas.

Publicado el 6 de julio de 2026 por Brian.

Tres Impresiones Sobre El Cultivo De La Yerba Mate

Horacio Quiroga


Artículo


El que estas líneas escribe conserva vivísima la impresión sufrida al ver por primera vez una joven plantación de yerba.

En pleno bosque subtropical y en el vasto espacio de dos hectáreas, el monte había sido totalmente echado abajo. No había regido la más remota previsión en el desmonte: los árboles yacían tumbados, aplastados a ras de tierra o montados sobre los troncos vecinos, en formidable desorden; pues no hay nada que dé más idea de un cataclismo que el desplome de un monte entero, como si de golpe el suelo hubiera faltado.


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5 págs. / 9 minutos / 12 visitas.

Publicado el 22 de agosto de 2026 por Brian.

Bajo El Terror De La Grafología

Horacio Quiroga


Artículo


No ha muchos días mi atención fue solicitada por los tópicos de una conferencia que bajo los auspicios de la Sociedad Argentina de Grafología debía dictar el presidente de la misma.

Debo declarar, ante todo, que yo poseía hasta entonces ideas poco claras —digamos poco serias— sobre el arte de descifrar el carácter de un hombre por medio de su escritura. Sabía ciertamente que existen personas de buena fe dedicadas con empeño a aquel arte. Pero como, desgraciadamente, la buena fe puede conducirnos con tanta nobleza a la verdad como al sofisma, mi situación ante la grafología doméstica era la de un hombre que si algo puede ganar contemplando risueñamente las cosas, nada, en cambio, puede perder.


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4 págs. / 7 minutos / 11 visitas.

Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.

Bernardo Palissy

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


Bernardo Palissy fue uno de esos hombres de vasta influencia en la civilización, cuya fecha de muerte se ignora. Como acontece por lo general con estos oscuros hombres del momento, la posteridad se apresura a conferirles en la historia heroica de la raza humana, un sitio de preferencia. Se les erigen estatuas, se da su nombre a las plazas públicas, se disputa acaso el sitio de su nacimiento o de su muerte. La deuda queda así pagada.

Lo que se paga, en realidad, es la deuda a la gloria y vanidad del país que le dio a luz. Pero el pago de la incomprensión contemporánea, de los dolores, de las miserias sufridas por ese hombre durante los veinte, treinta, cincuenta años en que arrastró su miserable vida de héroe, esa deuda quedará eternamente sin pagar.

Palissy había ejercido hasta los cuarenta años varios oficios y profesiones, sin descollar en ninguno de ellos. No había logrado ni siquiera hacerse rico. En esa edad tuvo entre las manos, por mero accidente, un jarrón de barro cocido y esmaltado.


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Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

Laplace Y Biot

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


Cuando Laplace, creador de la teoría de la formación de los mundos por la nebulosa original, gozaba ampliamente de la fama a que su gente le hacía acreedor, fue solicitado por sus colegas del Instituto de Francia para dictaminar sobre cierta memoria que un joven poco menos que desconocido había leído en el Instituto.

Versaba aquélla sobre cuestiones astronómicas: sabíase que su autor se llamaba Juan Bautista Biot, y que era aficionado a la geometría; pero de su penetración, de su ánimo esforzado, de su entusiasmo, se ignoraba todo.

Ahora bien, esta penetración y este entusiasmo encantaron al gran Laplace. El Joven estudiante presentaba una serie de problemas de orden superior, que llamaríamos "Integración de las ecuaciones en las diferencias parciales". Lo que es más feliz todavía, presentaba también las soluciones de dichos problemas, con lo que se venía a descubrir y demostrar una nueva ley astronómica.


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 7 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.

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