Benjamín Arbelloa, un Escritor de Cuentos Argentino
Francisco A. Baldarena
selección de cuentos
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Publicado el 9 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
Mostrando 11 a 20 de 246 textos encontrados.
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Publicado el 9 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 8 de noviembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 18 de febrero de 2022 por Francisco A. Baldarena .
Leer / Descargar texto 'Breve historia española del siglo XX'
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Publicado el 4 de septiembre de 2024 por Manuel Martinez Sanchis.
Se llama San Martín con un nombre hermoso que no voy a olvidar, no lo voy a olvidar por que es la primera vez que lo había escuchado, ella era mas bajita de lo común con una sonrisa siempre en la cara, pelo de color castaño y piel bronceada no muy atractiva, pero detrás de eso había un mundo diferente, era una persona con un montón de sentimientos llena de alegría y muy amigable y algo más que no se como explicarlo, algo que no se ve en todas las personas, aveces me gusta pensar que era una hoja en blanco una hoja lisa que nadie había sostenido,bueno eso era antes, antes de que llegue yo, que era una persona que no tenía muchos sentimientos y un poco fría, que no me importaba la opinión de los demás sobre mi y que hacía lo que quería, en ese momento tenía mis amigos y así estaba bien como una persona normal, hasta que llegó ella y me cambio muy despacio, yo siempre fui o sentí que las personas entraban y salían de mi como si nada, como entrar a una habitación vacía y salir sin dejar o llevarse nada, por eso a mi me daba igual si ya no era más amigo de alguien.
Dominio público
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Publicado el 18 de mayo de 2020 por antonioviale.
Leer / Descargar texto 'Cuentos indispensables. Pantógrafo Editores, volumen 1'
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Publicado el 27 de octubre de 2022 por Manuel Cerón.
Había brotado un junco entre las piedras de un torrente; el golpe de agua, dando en él de lleno, le obligaba a inclinarse hacia abajo, temblando siempre en el fondo de aquel movible líquido.
Díjole un junco de la orilla:
—¡Vaya una postura para un junco: no haría más la rama de un llorón! ¿No ves qué erguidos estamos aquí todos? ¡Álzate y honra a la clase con tu dignidad!
—¡Qué fácil es, compañero —dijo el junco caído—, mantenerse recto y firme donde nadie nos combate! Venga acá y sufra el peso de la cascada, y verá que harto hago con sostenerme cabeza abajo y sin dejar mis raíces en la peña.
Desde que me contaron este diálogo sencillo, antes de criticar a un hombre que se arrastra por el mundo, pregunto si ha nacido en la orilla o en medio del torrente.
—Muy bien, compañero —dijo un cabestro alzando la cabeza, cuando concluyó de cantar el cuclillo—. No hay pájaro que te iguale, o no entiendo de música.
Picose del elogio el ruiseñor y cantó su mejor melodía para confundir al ignorante.
—¡Bah, Bah! —exclamó el cabestro—. ¿Quién comprende lo que cantas? Es largo y pesado: lo que canta el cuclillo es breve, claro y fácil.
—¿Y por qué nos llamas compañeros al cuclillo y a mí? —repuso indignado el ruiseñor—. ¿Cantas también?
—No, soy instrumentista.
—¿Tú, cabestro?
—Sí, también practico el arte musical. Ahora vas a verlo.
Y moviendo la cabeza el buey, tocó el cencerro.
—¡Abre! ¡Abre la puerta! Que me has pillado el rabo y me lo cortas —decía una lagartija sujeta entre las conchas de una ostra.
—¿Y quién te mandó entrar en mi casa? Ahora no abro; espérate, que voy a echar un sueño.
Dominio público
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Publicado el 13 de julio de 2024 por Edu Robsy.
Apenas me vio entrar, mi sobrino Enriquito corrió a mi encuentro.
—¿Me traes la caja de soldados que me ofreciste?
—Se me ha olvidado, hermoso—dije, disculpándome.
—Entonces ya sabes que estamos disgustados. ¡Me has engañado!
—Pero, hombre, considera...
—Nada, nada, "tite"; desde ahora estamos disgustados.
—¡Y yo que venía a por ti para llevarte a tomar helado!
Enriquito quedó meditabundo. En su interior debían reñir un terrible combate, su resentimiento, de un lado, y el deseo de refrescar con un sorbete, a los cuales era muy aficionado, del otro.
Al fin triunfó su dignidad, herida con el incumplimiento de mi promesa, y con seriedad impropia de sus años, me dijo:
—No es posible, "tite"; estamos disgustados.
—¡Un soberbio helado de mantecado con muchos barquillos!
Nuevamente titubeó ante aquella espléndida promesa.
—Lo siento, pero no puede ser—contestó afirmándose heroicamente en su resolución.
—Podemos estar disgustados y, no obstante, venirte conmigo para que te convide a tomar helado.
—¿Cómo es eso?
—Pues siendo. Lo cortés no quita lo valiente. Puedes estar muy reñido conmigo y refrescar, sin embargo.
Guardó silencio. Pero al cabo debió temer que mi argumentación fuese una falacia, una celada tendida a su integridad de disgustado, porque manifestó:
—No; estando disgustados no puedo admitir un convite tuyo.
Ante una determinación tan firme y categórica, ya no insistí más; pero Enriquito, al cabo de unos momentos, en vista de mi silencio, propuso tímidamente, con plausible eclecticismo infantil:
—Mira, "tite", podemos hacer una cosa: yo no me disgustaré contigo hasta después que haya tomado el helado.
—Mamá, ¿adónde se encargan los niños?
—A una fábrica que hay en París, hija mía.
Dominio público
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Publicado el 4 de julio de 2021 por Edu Robsy.
Soñé que el baile se daba en mi obsequio y los convidados debían haber llegado casi todos, según la hora, y por la animación que se notaba desde la calle: yo caminaba de puntillas para no mancharme el calzado, y ya estaba cerca de la puerta, cuando caí en un barrizal: levanteme con precipitación, y de un salto me refugié en el portal, y vi mi pantalón negro convertido en gris. La escalera de mármol estaba cubierta de una alfombra clara e iluminada a todo gas: dos filas de lacayos con peluca hacían los honores a los convidados y al verme chorreando barro, retrocedí.
Era tarde: habían parado algunos coches de los cuales salían varias damas con sus trajes de baile. ¿Qué hacer? Me deslicé por un pasillo lateral, pero todas sus revueltas iban a dar en una puerta iluminada. Asomeme con precaución y vi una pieza de baño... Entré, cerré la puerta y me puse a lavar los pantalones, que recobraron su color negro en un instante. Cuando los estaba colgando para que se secasen oí la voz de la dueña de la casa que decía a sus amigas:
—Éste es mi cuarto de baño.
Sólo tuve tiempo de zambullirme en el baño y aguantar en su fondo la respiración. Entraron las señoras y vieron mi sombrero que flotaba sobre el agua.
—¡Un ahogado! Hay un ahogado en el baño —dijeron dando gritos—: ¡Luces! ¡Luces!
Hice un remolino con el agua y empecé a arrojarla sobre las señoras, que huyeron espantadas. Me eché al hombro los pantalones: trepé a la ventana y me tiré por ella, cayendo sobre un arbolillo del jardín. La sombra me ocultaba: pero los convidados paseaban por debajo muy cerca de mí.
—¡Apartarse, señoras, que van a encender! —decían algunos caballeros.
Dominio público
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Publicado el 13 de julio de 2024 por Edu Robsy.
El trueno, el rayo y el huracán se habían apoderado de la atmósfera.
—¡Temblad! —decía el trueno a los hombres con voz terrible y poderosa—. La tormenta ha vencido; se acabó la tranquilidad para vosotros.
—¿Qué son esas torres que habéis levantado a fuerza de paciencia? —añadía el rayo lanzando llamaradas por los ojos—. Yo las traspaso y las incendio.
Y el huracán decía, bramando de coraje:
—¡Ay del que navega! ¡Ay de las chozas débiles y de los árboles que no tengan las raíces muy hondas! Arrasaré todo lo que envuelva dentro de mis círculos.
Y los truenos, los rayos y los bramidos del viento parecían anunciar la ruina del planeta.
—¡El mundo se acaba! —decían todos los animales, refugiándose espantados en las cavernas o huyendo despavoridos.
—Anda más deprisa —decía una ardilla impaciente, que se creía en salvo, a un cachazudo caracol que se arrastraba con pereza—: ¡el mundo se acaba!
—Pierde cuidado —respondió el conchudo animal—. Los que alborotan y se agitan, como el trueno, el rayo y el huracán, se cansan pronto. Más miedo tengo al frío, al calor o al hambre, que llegan sin ruido y sin cansancio. Todo lo violento es pasajero.
En efecto, un cuarto de hora después, el trueno estaba ronco, el huracán se había detenido, y el rayo sólo producía relámpagos inofensivos.
Un airecillo templado y juguetón, pero sostenido y constante, deshizo los nubarrones, y los pájaros, sacudiendo las mojadas plumas, volvieron a piar alegremente.
—Eres un tirano —decía el vapor de agua al maquinista—: habiendo fuera tanto espacio, me oprimes y sujetas dentro de la caldera: vuélveme la libertad; deja que yo emplee mi fuerza según mi voluntad.
Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 34 visitas.
Publicado el 18 de julio de 2024 por Edu Robsy.