De esas raras equivocaciones tiene el destino. Aquella dama, nacida
para musa ó para novia de poeta, no vivía en las estrofas de alguna
gentil canción, vivía, gran señora, en un mundo del cual ella no amaba
sino la pompa; y esa dulce desterrada de los poemas, consolaba su
ostracismo reuniendo en su torno, músicos, novelistas, poetas, espíritus
enamorados de la gloria, almas que deslumbra la verde visión de una
hoja de laurel.
Esa noche parloteaban alegremente los invitados, en el saloncito
carmesí. Eran hasta cinco personas: la señora, tres escritores y un
viajero, recomendado de un amigo distante, y que venía de países muy
remotos.
Se hablaba de todo. Se narraron sensaciones de libros y de viajes. Se picó en las ideas, como colibríes en cálices de flores.
La dama presidía. Su gentileza dejaba caer sonrisas, rosas de sus
labios; y repartía miradas, besos de luz. Y eran, miradas y sonrisas,
lauro lisonjero de aquella como justa.
Los escritores, á las veces, no se entendían. Bañados en el
resplandor de una estrella, se tropezaban al buscar, los ojos en el
cielo, la misma luz bienhechora.
Se habló de vanidad.
El novelista no negaba la suya.
—Mi vanidad es sonora como un órgano, decía.
El crítico, alma escéptica, se comparaba con Leonardo de Vinci, con
Miguel Angel, con los más hermosos genios latinos y concluía porque nada
que él hiciese valdría la pena.
El escéptico no se daba cuenta de su yerro. En su confesión de
humilde había un rayo cegador de vanidad. El no se comparaba con los
mediocres, ni siquiera con los buenos; se comparaba con los mejores y
negaba la luz de su ingenio porque no ardía como un sol.
El crítico exclamaba:
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