Textos más vistos que contienen 'poesia' | pág. 12

Mostrando 111 a 120 de 134 textos encontrados.


Buscador de títulos

contiene: 'poesia'


1011121314

El Jándalo

José María de Pereda


Poesía


I

Después que lanza el invierno
el penúltimo suspiro,
y cuando montes y peñas
de este rincón bendecido
sobre campo de esmeralda
pardos levantan los picos,
y más clara el agua corre,
y en sus cauces van los ríos,
llega el espléndido mayo
sobre las auras mecido,
despejando el horizonte
y aliviando reumatismos;
tras de mayo viene junio,
como siempre ha sucedido,
y San Juan, según el orden
que va siguiendo hace siglos,
antes que junio se acabe
da al pueblo su día magnífico.
Todo lo cual significa,
para evitar laberintos,
que en San Juan vienen los jándalos
y que entonces vino el mío.

Ya tocaba en el ocaso
del sol el fúlgido disco,
y sobre el campo cayendo
leves gotas de rocío,
daban vida á los maizales
y al retoño ya marchito,
cuando en la loma de un cerro
á cierto lugar vecino,
cuyo nombre no hace al caso,
y por eso no le cito,
un jinete apareció
sobre indefinible bicho,
pues desde el lomo á los pechos
y desde el rabo al hocico,
llevaba más alamares
que sustos pasa un marido.
Todo un curro era el jinete,
á juzgar por su trapío:
faja negra, calañés
y sobre la faja un cinto
con municiones de caza,
pantalón ajustadísimo,
marsellés con más colores
que la túnica de un chino,
y una escopeta, al arzón
unida por verde cinto.

Al ver entre matorrales
destacarse y entre espinos
el escueto campanario,
de su hogar místico abrigo,
detuvo la lenta marcha
del engalanado bicho,
descubrióse la cabeza,
exhaló tierno suspiro,
meditó algunos instantes …
y continuó su camino.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 103 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Expedición a la Llama

Arturo Robsy


poesía


El aprendiz de poeta

Anti-prólogo


Esta vez el autor se prologa a sí mismo, porque le es imprescindible decir lo que nunca se dice en el prólogo que nos hace el amigo. El autor no es un buen poeta, sino un poeta aproximado, y este libro no es un buen libro de versos, aunque sí intenta ser un acto de fe.

No muchos lectores saldrán de él deleitados, y sí, en cambio, heridos casi todos, quizá angustiados, porque, aún en verso romance, los problemas de España siguen siendo los dolores de todos.

No es un libro para el entretenimiento ni está hecho para el comentario favorable. Se compuso con la premeditación de un puñetazo, con la osadía que da la pasión y con la esperanza de hacer daño en alguna conciencia.

Va siendo hora de hablar de España, en prosa o en romance, con la firme voluntad de no ocultarla, de decirla como es: angustiosa, quemante, dura a veces y, a veces, necia. Tampoco el mérito de la ira es del aprendiz de poeta: otros se la han dado hecha y, con ella, él ha partido en esta Expedición a la Llama, de la que no tiene intención de volver: allí seguirá quemándose hasta que el mundo resuelva.

Da el autor las gracias al auténtico prólogo, el poema esperanzado de José Luis Vargas que abre los versos, y también a la mujer anónima a la que va dedicado el último. Entre ambos, lector, las llamadas para todos.


Arturo Robsy
Veinte de Noviembre de 1985


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
15 págs. / 26 minutos / 33 visitas.

Publicado el 15 de julio de 2025 por Edu Robsy.

La mano de hoy

Daniel Horacio Braga


poesía, poesia, poetry, poem


Mano que ha acariciado
rostros, cabellos y cuerpos
mano que ha lastimado
en pasados duraderos

Mano que por arduo pan
ha encallecido y sangrado
mano que se ha aferrado
a lo que hay de dignidad

Mano curiosa y amable
mano dura, mano blanda
mano que nunca se cansa
de esperar lo inesperable

Mano que ha hundido en la tierra
sus dedos esperanzados
mano que ha escrito y borrado
tanto dulce y tanta mierda

Es esta mi mano toda
con sus pliegues y sus marcas
que dibujan en mi palma
una parte de mi historia.


Leer / Descargar texto


1 pág. / 1 minuto / 53 visitas.

Publicado el 17 de agosto de 2024 por danielhb.

La Poesía y los Dioses

H.P. Lovecraft


Cuento


Una tarde húmeda y oscura de abril, poco después de terminar la Gran Guerra, Marcia se encontraba sola, sumida en extraños pensamientos, y sus deseos y anhelos inauditos se elevaban del amplio salón del siglo XX a las profundidades del aire, y hacia el este, hacia los olivares de la lejana Arcadia que ella sólo había visto en sueños. Había entrado en la habitación abstraída, había apagado las luminosas arañas y se había recostado en el blando sofá, junto a una lámpara solitaria que derramaba sobre la mesa de lectura un resplandor verdoso tan sedante como la luna cuando emerge entre el follaje de algún antiguo santuario.

Vestida sencillamente, con un largo y negro traje de noche, parecía un producto típico de la civilización moderna; sin embargo, esa noche sentía el abismo inmenso que separaba su alma del prosaísmo de su alrededor. ¿Se debía a la extraña casa en que vivía, esa morada fría donde las relaciones eran siempre tensas y sus habitantes eran poco menos que unos desconocidos? ¿Era eso, o se debía a algún desplazamiento en el tiempo y en el espacio, más grande y menos explicable, por el cual había nacido ella demasiado tarde, demasiado pronto, o demasiado lejos de las regiones de su espíritu, para armonizar jamás con las cosas feas de la realidad contemporánea? Para disipar ese estado de ánimo que la estaba hundiendo en una depresión cada vez mayor, cogió una revista de la mesa y buscó un poco de saludable poesía. La poesía siempre aliviaba su mente desasosegada más que ninguna otra cosa, aunque se daba cuenta de que la perjudicaba en muchos aspectos la moderna influencia. Había partes aun en los versos más sublimes sobre las que flotaba un vapor frío de estéril fealdad y limitación, como el polvo en el cristal de una ventana a través del cual se contempla una magnífica puesta de sol.


Información texto

Protegido por copyright
8 págs. / 14 minutos / 286 visitas.

Publicado el 4 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Primavera

José María de Pereda


Poesía


Deja, Fabio, esa lira
que tanto te recrea,
ó aprende lo que ignoras
y canta lo que aprendas.
Basta de idilios tiernos,
basta de dulces églogas;
no más pastores, Fabio;
Fabio, no más praderas.
Yo quise entre los rústicos
paisajes de mi tierra
buscar de tus cantares
la realidad perfecta;
y ¡ay, Fabio!, tú no has visto
jamás la primavera.
Tú no has pisado el «campo
de terciopelo y seda»;
ni respiraste el «fresco
cefirillo que juega
de los sombríos bosques
con la enrramada espesa»;
ni la cascada viste
que «rauda se despeña
en el profundo abismo
desde la altura inmensa»;
ni «matizadas flores»
cojiste entre la yerba,
ni oístes el «murmullo
del que manso la riega,
arroyo cristalino
do beben las Napeas
y encuentran las pastoras
cristal que les refleja
de sus cabellos de oro
las ondulantes hebras»;
ni el trino has escuchado
de «mil y mil parleras,
pintadas avecillas,
de las de arpada lengua,
entre el follaje verde
de misteriosa selva»;
ni vistes el cabrito
«triscar la mata fresca,
trepar de roca en roca
la tímida gacela,
ni sobre el fácil soto
rumiar la mansa oveja»,
ni, en fin, esos primores
que describir intentas
en las limadas coplas
que, tierno, canturreas.
Tu campo es un tapete,
tus bosques son macetas,
tus flores, inodoras,
tus cefirillos, hielan;
de trapo son tus ninfas,
tus pastores, horteras,
gorriones tus jilgueros;
y tu cascada horrenda,
del carcomido techo
que á tu numen alberga,
por más que la levantes
es húmeda gotera.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 95 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Lo que es Poesía

Antonio de Trueba


Cuento


I

Si yo fuera rey absoluto, y así como hay máquinas para medir el tiempo, las hubiera para medir el sentimiento, había de dar un real decreto que dijese:

«Pues señor, no se permite hacer Tersos al que no tenga tantos ó cuantos grados de sentimiento.»

Anoche me asomé al balcón á tomar el fresco y á contemplar el azul del cielo, ante cuya serenidad suelo decir á mi alma: «Aprende, aprende á estar serena», y oí el siguiente diágolo entre la criada del cuarto segundo y el criado del cuarto principal de la casa de enfrente:

—¿Qué hora es ya, Perico?

—Las doce.

—Ya pronto vendrán mis señores.

—Y los míos también.

—¿Te toca salir mañana, Bonifacia?

—No, pero voy á pedir licencia á la señora. Como son mis días...

—¡Y que tienes razón, chica! Que los tengas muy felices.

—Con dos cuartas de narices.

—Te voy á sacar unos versos.

—¡Sí, buena cabeza tienes tú para eso!

¡Tras, tras! á la puerta: los señores del cuarto principal, y se llevó Pateta la conversación de Perico y la Bonifacia.

Me alegró de que así sucediera, porque si no, cometo la imprudencia de gritar á la Maritornes de enfrente:

—Oiga usted, los versos no se sacan de la cabeza, que se sacan del corazón.

Quizá el vecino de al lado, que también tomaba el fresco en su balcón, y presumo de perito en la materia, hubiera terciado en la cuestión diciéndome:

—Perdone usted, señor mío, que los versos pueden sacarse lo mismo de la cabeza que del corazón. Lo que sólo se saca del corazón es la poesía.


Leer / Descargar texto

Dominio público
18 págs. / 32 minutos / 64 visitas.

Publicado el 23 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.

Mi Último Adiós

José Rizal


Poesía


Adios, Patria adorada, region del sol querida,
Perla del Mar de Oriente, nuestro perdido Eden!
A darte voy alegre la triste mustia vida,
Y fuera más brillante más fresca, más florida,
Tambien por tí la diera, la diera por tu bien.


En campos de batalla, luchando con delirio
Otros te dan sus vidas sin dudas, sin pesar;
El sitio nada importa, ciprés, laurel ó lirio,
Cadalso ó campo abierto, combate ó cruel martirio,
Lo mismo es si lo piden la patria y el hogar.


Yo muero cuando veo que el cielo se colora
Y al fin anuncia el día trás lóbrego capuz;
Si grana necesitas para teñir tu aurora,
Vierte la sangre mía, derrámala en buen hora
Y dórela un reflejo de su naciente luz.


Mis sueños cuando apenas muchacho adolescente,
Mis sueños cuando joven ya lleno de vigor,
Fueron el verte un día, joya del mar de oriente
Secos los negros ojos, alta la tersa frente,
Sin ceño, sin arrugas, sin manchas de rubor.


Ensueño de mi vida, mi ardiente vivo anhelo,
Salud te grita el alma que pronto va á partir!
Salud! ah que es hermoso caer por darte vuelo,
Morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
Y en tu encantada tierra la eternidad dormir.


Si sobre mi sepulcro vieres brotar un dia
Entre la espesa yerba sencilla, humilde flor,
Acércala a tus labios y besa al alma mía,
Y sienta yo en mi frente bajo la tumba fría
De tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.


Deja á la luna verme con luz tranquila y suave;
Deja que el alba envíe su resplandor fugaz,
Deja gemir al viento con su murmullo grave,
Y si desciende y posa sobre mi cruz un ave
Deja que el ave entone su cantico de paz.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 237 visitas.

Publicado el 30 de julio de 2020 por Edu Robsy.

Nombrar la desolación

Eduardo H. González


Poesía



 CIUDAD INFECUNDA


I
De asfalto hinchada,
la sustancia voraz demuele la arquitectura.
Edificada bajo ansiedades disolutas,
entre el escarnio de las manos furibundas,
la arquitectura es la hija hendida
de la ciudad infecunda.
Sonámbula ante el reclamo
de la permanencia,
la arquitectura cede al arbitrio
de la animosidad absoluta.

Servil,
cripta lícitamente abierta en la disforme
virulencia de los peatones.
Mínima,
el regocijo abastece las dádivas,
el rencor, el ocio hostil.

La ciudad acoge inmortales tragedias,
sólidas conflagraciones como disparos.

Cede la ciudad,
decimonónica
y trémula.

La ciudad revela largas decadencias
en que la arquitectura gesticula:
sus muecas desgajan el tiempo,
urden la inclemencia y la bastedad…




Leer / Descargar texto

Creative Commons
6 págs. / 10 minutos / 34 visitas.

Publicado el 2 de marzo de 2026 por Fernando Guzmán.

Poemario El Comienzo

Rolando Mendoza


poesias, poemas


Obscuridad
En la profunda noche, donde la luna se oculta,
se despiertan sombras que danzan sin luz,
un manto de tinieblas cubre el alma inquieta,
y en susurros oscuros, la mente se enreda.

En cada rincón, un secreto aguarda su turno,
misterios que se esconden, en lo más hondo del mundo,
y entre susurros siniestros, se despliega el abismo,
donde el eco del silencio se convierte en enigma.

La oscuridad, un lienzo donde el terror se dibuja,
yace en la penumbra, como una sombra errante y muda,
susurra al oído, secretos que atormentan,
y en su abrazo frío, se encuentra la noche eterna.
R.M.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 58 visitas.

Publicado el 28 de febrero de 2024 por Rolando Mendoza.

1011121314