Era la tarde del 31 de diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una
importante casa de comercio —aquel españolito capaz y relativamente
instruido que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en
Buenos Aires, provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota
el doctor don Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la
susodicha ubicación— se hallaba, como de costumbre, en la frecuentada
trastienda de la botica de Silvestre, sorbiendo el mate que echaba Rufo,
el nunca bien ponderado peón criollo del criollo farmacéutico.
Merced a su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo
amigo del tenedor de libros, a quien había enseñado en pocas semanas a
tomar mate —como se ha visto—, a jugar al truco y a opinar sobre
política, tarea esta última siempre fácil y agradable para un español.
El aprendizaje de las otras dos, y sobre todo de la primera, había
costado mayor esfuerzo...
Ruiz, a pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes
y de su continente resuelto, no sabía andar a caballo ni conducir un
carruaje —observación que no parece venir a cuento, pero que es
imprescindible, sin embargo—, de modo que, los domingos, cuando obtenía
prestado el tílbury de su patrón, veíase en la obligación de buscar
compañero ayudante que lo sacara de posibles apuros. Su primer
invitación iba siempre enderezada a Silvestre, cuya obligada respuesta
era:
—No puedo abandonar la botica, ¡como te suponés!...
Porque ya se trataban tú por tú —o tú por vos, para ser más exacto— a pesar de lo reciente de la relación.
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