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Sirenitas

Louisa May Alcott


Cuento infantil


—¡Cómo me gustaría ser una gaviota, un pez, o una sirena!; entonces pasaría todo el rato nadando, que es lo que a mí me gusta, y no tendría que permanecer en esta estúpida tierra seca todo el día —refunfuñó Nelly, sentada con el ceño fruncido y abriendo agujeros en la arena con los puños, una luminosa mañana de verano, mientras las olas llegaban murmurando a la playa, y una refrescante brisa entonaba una agradable canción.

A esta niña le gustaba tanto bañarse en el mar, que de haber sido por ella habría estado todo el tiempo jugando en el agua; pero como la pobrecita andaba un poquito resfriada, le habían prohibido entrar en el agua durante un par de días. Así pues, Nelly, en plena rabieta como estaba, se separó de sus compañeros de juego para sentarse y enfurruñarse a sus anchas en un paraje solitario entre las rocas. Se entretuvo allí observando a las gaviotas volar y planear, con sus brillantes alas blancas plegadas cuando caían en picado, o abiertas al dispararse de nuevo hacia arriba bajo los rayos del sol. Y con tanta fuerza pidió que se cumpliese su deseo, que una muy grande descendió sobre la arena posándose delante de ella, y, mientras la niña miraba fijamente sus ojillos relucientes, el anillo rojo alrededor del cuello, y el pequeño penacho en la cabeza, la sorprendió diciendo en un tono ronco:

—Yo soy el rey de las gaviotas, y puedo hacer realidad cualquiera de tus deseos. Así pues, ¿qué prefieres ser: un pez, un pájaro, o una sirena?

—La… la gente dice que no hay si… sirenas —tartamudeó Nelly.

—Sí que las hay; sólo que los mortales no pueden verlas a menos que yo les dé el poder de hacerlo. ¡Decídete rápido, niña!, no me gusta nada estar en la arena. ¡Elige y deja que me vaya de una vez! —la urgió la Gran Gaviota, acompañando sus comentarios con un impaciente aleteo.


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21 págs. / 37 minutos / 164 visitas.

Publicado el 23 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Sir Dominick Ferrand

Henry James


Cuento


Capítulo I

«Hay algunas pegas, pero si lo modifica lo aceptaré —decía la árida nota del señor Locket; y no había malgastado tinta en la posdata al añadir—: Venga a verme, y le explicaré lo que me propongo». Esta comunicación había llegado a Jersey Villas con el primer correo, y Peter Baron casi no había tenido tiempo de engullir su correosa tortita antes de ponerse en marcha en cumplimiento de las órdenes del editor. Sabía que esta precipitación delataba mucha impaciencia, y no tenía ninguna gana de parecer impaciente: eso no decía nada en su favor; pero ¿cómo conservar, como una deidad, la calma, por muy predispuesto a ella que estuviese, si era la primera vez que una de las más importantes revistas aceptaba, aunque fuera haciendo ciertos crueles distingos, una muestra de su apasionado genio juvenil?


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70 págs. / 2 horas, 3 minutos / 91 visitas.

Publicado el 9 de mayo de 2017 por Edu Robsy.

Singularidades de una Señorita Rubia

José María Eça de Queirós


Cuento


I

Comenzó por decirme que su caso era natural, y que se llamaba Macario.

Debo contar que conocí a este hombre en un hospedaje del Miño. Era alto y grueso; tenía una calva larga, lúcida y lisa, con pelos raros y finos que se le erizaban en derredor; y sus ojos negros, con la piel en torno arrugada y amarillenta, y ojeras papudas, tenían una singular claridad y rectitud, por detrás de sus anteojos redondos con aros de concha. Tenía la barba rapada, el mentón saliente y resuelto. Traía una corbata de raso negro, apretada por detrás con una hebilla; una levita larga color de piñón, con las mangas estrechas y justas y bocamangas de veludillo. Por la larga abertura de su chaleco de seda, en donde relucía una cadena antigua, asomaban los blandos pliegues de una camisa bordada.

Era esto en septiembre; ya anochecía más pronto, con una frialdad fina y seca y una oscuridad espantosa. Yo me había apeado de la diligencia, fatigado, hambriento, arrebozado en un cobertor de listas escarlata.


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26 págs. / 47 minutos / 88 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Sinfonía Natura

Elle de Jan


fantasía, cuento corto, poesía, poema


Una flor de viento vino hacia mí. Me incliné para mirarla: era un inmenso tesoro. Se abría y mostraba el fuego del éter, un cuadro de polvo antiguo y diverso, de tonos que se revolvían como suspiros de dioses en lo alto. Era también un mar; un mar de cristales de sueños remotos, que empapaban el cielo como una caricia mágica. Hálitos divinos se enlazaban y se fugaban, en medio del atardecer de un mundo, hacia las orillas de otro tiempo. El manto de la noche cayó como una suave cascada; y, en su seno de sombras luneras, quedaron brillando pequeños fragmentos de diamantes de antaño.La flor se cerró luego de esta visión, pero aún la guarda en su interior. La he tomado para conservarla, como la memoria de una sinfonía de la naturaleza que perdura día tras día, año tras año, vida tras vida, a lo largo del cosmos.


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1 pág. / 1 minuto / 59 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2023 por Elle de Jan.

Sinfonía Heroica

Horacio Quiroga


Cuento


De modo pues que el soldado desconocido, una vez comprobada su identidad, subió directamente al cielo.

El cielo no es, como pudiera creerse, un ámbito sin límites donde deambulan confundidas las almas de los justos. El cielo posee categorías muy precisas, originadas por la diversidad de méritos y causas que llevan hasta él. Existe así el cielo particular de los sentimentales, de los hombres de genio, de los hombres juiciosos, y de los mentecatos.

Hay muchos cielos más, tantos como son variadas las bondades del alma. Pero adonde fue el soldado desconocido, es al cielo de los héroes.

No es el cielo de los héroes el más poblado de todos los cielos, como bien se comprenderá; pero por razones obvias, los llamados a su seno representan en el cielo mismo una verdadera aristocracia, tal como la que sus cuerpos mortales representaron en la tierra un día. Y a ese cielo selecto entre todos, donde el más disimulado de sus habitantes encarna esa cosa formidable que se llama un héroe, allá fue, con la velocidad de un rayo de luz, el soldado desconocido.

Dios mismo tiene debilidad por ese su cielo de élite, y sus miradas se detienen en él con más ternura, y menos justicia de las suponibles. Pero el recién llegado no era un héroe transitorio, ocasional o discutible. Nada de esto: era, como ya lo hemos dicho, el soldado desconocido. Y el Señor, después de poner en conmoción el cielo entero con el hosanna de cánticos que anunciaban un grande y dichoso acontecimiento, hizo abrir las puertas celestiales cuan grandes eran, ante la persona del soldado desconocido.


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5 págs. / 9 minutos / 21 visitas.

Publicado el 7 de febrero de 2026 por Edu Robsy.

Sinfonía Bélica

Emilia Pardo Bazán


Cuento


¡Poco más antiguos son los ornes que las armas!…
(Libro de Hierónimo de Caranca, que trata de la Philosophia de las armas).


Las sombras de la tarde iban descendiendo muy lentamente sobre la estancia, saloncete, taller, estudio o lo que fuera. Por la encristalada claraboya no entraba ya sino una luz macilenta y vaga, que a duras penas conseguía alumbrar y dejar percibir el mueblaje, las cortinas, los objetos de arte distribuidos por las paredes. Una igualdad de tono gris, color de crepúsculo, identificaba la variadísima decoración del recinto, derramando en él misteriosa paz y melancolía que no dejaba de tener sus encantos peculiares.

Así lo creía el dueño y morador de la elegante cámara, Tirso Rojas, de los hombres más cultos que se gastan por aquí; lector, pensador y amigo de guardarse para sí pensamientos y lecturas, coleccionista sin manías ni pretensiones de poseer rarezas únicas, y sin embargo afortunado descubridor de unas cuantas piezas que harían reconcomerse de envidia a sus rivales en la tarea de recoger armas viejas y herrumbrosas. Porque las armas eran el capricho de Tirso, y las paredes de su estudio hallábanse convertidas en armería.


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 56 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Sine Qua Non

José Pedro Bellán


Cuento


I

Fué al final de una fiesta.

Con bastante regularidad dedicábamos un día de cada mes para una excursión al aire libre.

Nos reuníamos basta cuarenta individuos, de ambos sexos, amigos, amigas, no faltando a veces, matrimonios jóvenes, alegres aún, que nos acompañaban de buen corazón.

Desde que dejamos las últimas casas de la ciudad, empezamos a experimentar ese placer casi físico que se siente a la vista del campo.

Ese día, el tiempo se mostraba como un verdadero camarada.

Todo el encanto de la mañana estaba sobre el horizonte cargado de oro y la luz corría como desbordando por la comba del cielo cruzado por nubecillas que se crispaban de rojo.

Nada más admirable para un hombre de la ciudad que este espectáculo del sol.

Por un momento todos marchamos silenciosos, sin orden, amontonados, y por un momento nos detuvimos frente a la luz.

—¡Qué hermoso!...—exclamó una voz de mujer.—Nadie repuso una palabra.

Seguimos andando, pero, un instante después, cuando el sol mostró su superficie vidriada e inquieta, la alegría se apoderó de nosotros, una alegría ruidosa, muscular, que se manifestaba en gritos y carcajadas.

Llegamos a las ocho. Era una quinta que, además del terreno dedicado a la labranza, poseía una extensión considerable de campo libre.

Nos cambiamos de ropa y el grupo se dispersó. En poco tiempo, sólo quedamos en la casa, un viejo y yo. Se llamaba Juan, hacía el oficio de mayordomo y cantaba canciones tristes al final de las comidas.

—¡Cómo, tú aquí!—dijo, fingiendo sorpresa.

Respondí sin entender:

—¿Y no sabía usted que yo había venido?

El viejo me guiñó un ojo.

—¡Sí... eh?... ¿Y Rosita?...

Le miré más extrañado aún.


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9 págs. / 16 minutos / 52 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

Sin un Cuarto

Pedro Antonio de Alarcón


Cuento


I. Entre cielo y tierra

Hace por ahora veinte años ¡nada menos! que vivían encima de Madrid, o sea en un sotabanco de la entonces coronada villa, media docena de jóvenes andaluces, cada uno hijo de su padre y de su madre, que maldito lo que tenían de tontos, ni de ricos, ni de malos, ni de sabios, ni de tristes, ni de cursis, y que, por el contrario, no dejaban de tener bastante de poetas, de tronados, de decentes, de calaveras y de personas bien nacidas y bien criadas, tan aptas para la vida de Bohemia que llevaban casi de continuo, como para pisar los más aristocráticos salones, donde solían brillar algunas veces sus raídos fraques.

Aquellos seis bohemios, dignos de la pluma de Enrique Murger y de Alfonso Karr (y que en su mayor parte son hoy hombres célebres y hasta excelentísimos señores), trabajaban poco, se divertían mucho, escribían a sus respectivas familias ofreciéndoles protección, en vez de aceptar sus ofertas de dinero, precisamente los días que se despertaban sin un cuarto (esto último para demostrar a sus señores padres que no habían hecho bien en oponerse a que abrazaran la vida de las letras), y, en fin, lo pasaban admirablemente, aunque estuviesen privados de algunas de las comodidades que disfrutaban en el hogar paterno antes de emprender el camino de la gloria.

Verbigracia. Aquel invierno (el de 1854 a 1855) lo pasaron, no ya sin alfombras, pero sin esteras en sus habitaciones (lo cual habría hecho llorar lágrimas como puños a sus benditas madres, si lo hubieran sabido); a cuyo propósito, cuéntase que uno de ellos solía decir:


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Dominio público
19 págs. / 34 minutos / 79 visitas.

Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Sin Tregua

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Al terminar el día, las estrellas encienden los diamantes de su estuche, que fulguran de un modo intenso y extraño, como miradas en que destella el amor.

Hace frío; pero no nieva. Una pureza profunda clarifica el aire. El silencio es absoluto. Grave y solemne el momento.

Dos formas, dos bultos, una mujer y un varón avanzan por la llanura, a paso leve, cual si no sentasen en el suelo la planta.

Ella se envuelve en las amplias telas azules que hoy usan las mujeres egipcias. Él, a pesar del glacial soplo nocturno, sólo viste una túnica blanca, que descubre sus descalzados pies.

De tiempo en tiempo, los dos se inclinan, y parecen reconocer los lugares que cruzan. Un cuchicheo de ternura se establece entre ambos.

—¿Te acuerdas, María? —pregunta él—. Ya no estamos lejos. Fue hace muchos siglos, y en un establo.

—Me acuerdo, hijo mío, me acuerdo de cómo tiritábamos José y yo, rendidos de la caminata. El viento entraba libremente por las junturas de las piedras y por las aberturas del tejado. El suelo estaba húmedo y pegajoso. Fuera, helaba, helaba, helaba. Luego empezó a caer la nieve en anchos copos. Su blancura alumbraba como una aurora. Y entonces viniste al mundo. Te agasajé en mis ropas, y el amigo buey te echó su aliento gordo, tibio, y te lamió mansamente. ¡Cuánto se lo agradecí! Porque los piececitos se te habían puesto como dos granizos, y temblabas… ¡Ah, si yo pudiera librar del yugo y del aguijón a todos nuestros amigos, los bueyes, tan honrados!


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4 págs. / 8 minutos / 55 visitas.

Publicado el 9 de mayo de 2021 por Edu Robsy.

Sin Segunda Repetida

Javier de Viana


Cuento


Sobre el catre estaba extendida la maleta de lienzo azul, y al lado, esparcidas con descuido, varias piezas de ropa. En tanto hurgaba en el fondo de la rústica caja, extrayendo sus escasas prendas, Silvestre monologaba:

—¡Tanto trabajo que cuesta hacer un nido, y qué fácil qu'es echarlo al suelo!...

—¡Pero cuando se hace se canta y cuando se voltea se llora!...—dijo alguien a su espalda.

Volvió rápidamente la cabeza e iba a responder irritado al importuno; más, reconociéndole, suavizóse la expresión de su semblante y exclamó con humildad y afecto:

—La bendición, padrino...

Un viejo de largos y ralos cabellos canos, adelantó, sentóse al borde del catre y luego contestó:

—No digo «que Dios te haga un santo» porque ya cuasi lo sos... Estee... ¿Estás de viaje?...

El mozo se sentó sobre la caja y casi gimiendo respondió:

—¡Viaje muy largo!...

—¿P'ande vas?...

—¡No lo sé!... ¡Voy pu'ái, pu'el mundo!... ¡La tierra es grande, y ande cabe tanta sabandija ha de haber un rincón pa un hombre honrao!...

—Eso está mal—objetó el anciano.—¡El hombre, pa ser hombre, siempre ha de saber ande va, pu'ande va y a qué vá!...

—¿Y cuando a uno lo echan?

—Naides te ha echao a vos desta casa, qu'entuavía es mía, y lo será, si Dios quiere, hasta que me toque clavar la guampa.

—Usté sabe, padrino, más mejor que yo, que hay muchos modos de espantar un perro.

—M'hijo Facundo no puede haberte espantao a vos, porque te apresea y te quiere cuasi lo mesmo que yo...

—¡Ya sé qu'el patrón es muy güeno!... Pero, en cambio...

—¡En cambio mi nuera es más mala que un alacrán!... ¿Qué t'hizo? Habla...

El mozo resistió un momento, pero concluyó por ceder, a la necesidad de confesar su pena.


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Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 35 visitas.

Publicado el 17 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

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