—Medita, Mariano, lo que me propones, y verás que es una infamia.
—¿Por qué, Silverio?
—¡Hombre de Dios! Si yo fuese médico, y fuese a reemplazarte en
Navadebolos, siempre quedaría el hecho penable de que te reemplazaba
para que te casases burlando a tu suegro, que es el alcalde del pueblo
donde ejerces.
—¡Discutible!
—Además, quieres que vaya a reemplazarte no siendo yo médico, y esto es gravísimo.
—Di que no quieres contribuir a mi boda con Remedios, aunque sabes
que su padre es rico, y que esta boda es necesaria porque estamos
enamorados, y contamos con la madre, la señora alcaldesa, y con toda la
familia, menos con don Remigio, porque se ha empeñado en casar a
Remedios con el chico del tío Judas solamente para unir las dos lindes
de la vereda por donde atajan los de Cuatezones cuando vienen a
Navadebolos. Y no sabe el muy animal que, aunque are la vereda, y aunque
cerque a una las dos tierras, le tirarán las tapias, abrirán dos
boquetes, pasará por ellos la gente, pisarán el sembrado y los surcos, y
reconstituirán la vereda los Cuatezones. Y don Remigio y Judas se
quedarán más cuatezones que sus vecinos.
—¡Qué lástima!
—¡Sí que lo es! El domingo saldrá Remedios con su madre camino de un
balneario que la he recomendado yo mismo a doña Rosalía, de acuerdo con
ella y con mi novia. En la capital se hospedarán en casa del cura don
Facundo, que es tío de Remedios, yo me hospedaré en una fonda,
escribiremos a don Remigio, le ocultaremos el sitio donde estamos, y
vendrán las negativas, las insistencias y la concesión y las
amonestaciones.
—¡Un sainete que pudiera ser tragedia!
—Entonces es inútil que oigas a mi novia.
—¿La tienes escondida aquí?
—No, pero tengo de ella un retrato que te dedica, y una carta (que
también firma su madre) pidiéndote que me complazcas en el favor que te
pido.
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