Voy a contarles ahora, chiquitos, la historia muy corta de tres
cachorritos salvajes que asesiné —bien puede decirse—, llevado por las
circunstancias.
Hace ya algún tiempo, poco después del asunto con la serpiente de
cascabel, que les conté con detalles, tres indios de Salta enfermos del
chucho y castañeteando los dientes, llegaron a venderme tres
cachorritos de aguará -guazú casi recién nacidos.
Yo no tenía vacas, ustedes bien saben; ni una mala cabra para
alimentar con su leche a los recién nacidos. Iba, pues, a desistir de
adquirirlos, por mucho que me interesaran los zorritos, cuando uno de
los indios, el más flaco y más tiritante de chucho, me ofreció en venta
también dos tarros de leche condensada, que extrajo con gran pena del
bolsillo del pantalón.
¿Habrán visto indio más pillo? ¿De dónde podía haber sacado sus
tarros de leche? De un ingenio, seguramente. Estos indios de Salta van
todos los otoños a trabajar en los ingenios de azúcar de Tucumán. Allí
aprenden muchas cosas, Y entre las cosas que aprenden, aprenden a
apreciar la bondad de la leche cuando sus chicos están enfermos del
vientre.
El indio poseedor de los tarros de leche condensada era
seguramente padre de familia . Y pensó con mucha razón que yo le
compraría sus tarros para criar a los aguaracitos. Y el demonio de indio
acertó, pues yo, entusiasmado con los cachorritos, que compré por un
peso los tres, pagué 10 por los dos tarros de leche. Y a más pagué un
paquete de tabaco, y un retrato de mi tío, que vio colgado en la carpa.
Hasta hoy no sé qué utilidad puede haberle reportado ese retrato de mi
tío.
Crié, pues, a los cachorros de aguará-guazú, o gran zorro del Chaco, como también se le llama.
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