Érase una vez un molinero que tenía una hija muy linda, y cuando ya
fue crecida, deseaba verla bien casada y colocada. Pensaba: «Si se
presenta un pretendiente como Dios manda y la pide, se la daré».
Poco tiempo después, llegó uno que parecía muy rico, y como el
molinero no sabía nada malo de él, le prometió a su hija. La muchacha,
sin embargo, no sentía por él la inclinación que es natural que una
prometida sienta por su novio, ni le inspiraba confianza el mozo. Cada
vez que lo veía o pensaba en él, una extraña angustia le oprimía el
corazón. Un día le dijo él:
— Eres mi prometida, y nunca has venido a visitarme.
Respondió la doncella:
— Aún no sé dónde está tu casa.
— Mi casa está en medio del bosque oscuro —contestó el novio.
Ella todo era inventar pretextos, diciendo que no sabría hallar el camino, pero un día el novio le dijo muy decidido:
— El próximo domingo tienes que venir a casa. He invitado ya a mis
amigos, y para que encuentres el camino en el bosque, esparciré cenizas.
Llegó el domingo, y la muchacha se puso en camino; sin saber por qué,
sentía un extraño temor, y para asegurarse de que a la vuelta no se
extraviaría, llenóse los bolsillos de guisantes y lentejas.
A la entrada del bosque vio el rastro de ceniza y lo siguió; pero a
cada paso tiraba al suelo, a derecha e izquierda, unos guisantes. Tuvo
que andar casi todo el día antes de llegar al centro del bosque, donde
más oscuro era. Allí había una casa solitaria, de aspecto tenebroso y
lúgubre. Dominando su aprensión, entró en la casa; dentro reinaba un
profundo silencio, y no se veía nadie en parte alguna. De pronto se oyó
una voz:
«Vuélvete, vuélvete, joven prometida.
Asesinos viven en esta guarida».
La muchacha levantó los ojos y vio que la voz era de un pájaro, encerrado en una jaula que colgaba de la pared. El cual repitió:
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