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De la Tierra a la Luna

Julio Verne


Novela


Capítulo I. El Gun-Club

En el transcurso de la guerra de Secesión de los Estados Unidos, en Baltimore, ciudad del Estado de Maryland, se creó una nueva sociedad de mucha influencia. Es por todos conocida la energía con que el instinto militar se desenvolvió en aquel pueblo de armadores, mercaderes y fabricantes. Simples comerciantes y tenderos abandonaron su despacho y su mostrador para improvisarse capitanes, coroneles y hasta generales sin haber visto las aulas de West Point, y muy pronto comenzaron a rivalizar dignamente en el arte de la guerra con sus colegas del antiguo continente, alcanzando victorias, lo mismo que éstos, a fuerza de prodigar balas, millones y hombres.

Pero esencialmente en lo que los americanos aventajaron a los europeos, fue en la ciencia de la balística, y no porque sus armas hubiesen llegado a un grado más alto de perfección, sino porque se les dieron dimensiones desusadas y con ellas un alcance desconocido hasta entonces. Respecto a tiros rasantes, directos, parabólicos, oblicuos y de rebote, nada tenían que envidiarles los ingleses, franceses y prusianos, pero los cañones de éstos, los obuses y los morteros, no son más que simples pistolas de bolsillo comparados con las formidables máquinas de artillería norteamericana.

No es extraño. Los yanquis no tienen rivales en el mundo como mecánicos, y nacen ingenieros como los italianos nacen músicos y los alemanes metafísicos. Era, además, natural que aplicasen a la ciencia de la balística su natural ingenio y su característica audacia. Así se explican aquellos cañones gigantescos, mucho menos útiles que las máquinas de coser, pero no menos admirables y mucho más admirados. Conocidas son en este género las maravillas de Parrot, de Dahlgreen y de Rodman. Los Armstrong, los Pallisier y los Treuille de Beaulieu tuvieron que reconocer su inferioridad delante de sus rivales ultramarinos.


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Protegido por copyright
171 págs. / 4 horas, 59 minutos / 2.803 visitas.

Publicado el 18 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Crónica Personal

Joseph Conrad


Biografía, autobiografía


Nota del autor a la edición de 1919

La reedición de este volumen en un nuevo formato no precisa, hablando estrictamente, de otro prefacio. Ahora bien, comoquiera que éste es específicamente un lugar apropiado para los comentarios personales, aprovecho la ocasión para referirme en esta nota del autor a dos puntos surgidos de ciertas afirmaciones últimamente vertidas en la prensa acerca de mi persona.

Uno de ellos atañe a la cuestión de la lengua. Siempre me he sentido observado como si fuese una especie de fenómeno, posición que, fuera del mundo del circo, no puede tenerse por deseable. Hace falta un temperamento muy especial para obtener una cierta gratificación del hecho de ser capaz de hacer intencionadamente cosas que se salen de lo normal, e incluso de hacerlas por mera vanidad.

Que yo no escriba en mi lengua materna ha sido, por supuesto, objeto de frecuentes comentarios en diversas recensiones de mis libros e incluso en artículos de mayor fuste. Supongo que era una cuestión inevitable; por si fuera poco, todos esos comentarios han sido sumamente aduladores hacia la vanidad de quien escribe. En esa cuestión, empero, no tengo yo vanidad que requiera de la adulación. No podría tenerla aunque quisiera. El primer objeto de esta nota es descartar el mérito que pueda existir en un acto producto de la volición deliberada.


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Protegido por copyright
171 págs. / 4 horas, 59 minutos / 126 visitas.

Publicado el 29 de enero de 2018 por Edu Robsy.

Sab

Gertrudis Gómez de Avellaneda


Novela


Dos palabras al lector

Por distraerse de momentos de ocio y melancolía han sido escritas estas páginas. La autora no tenía entonces la intención de someterlas al terrible tribunal del público.

Tres años ha dormido esta novelita casi olvidada en el fondo de su papelera; leída por algunas personas inteligentes que la han juzgado con benevolencia y habiéndose interesado muchos amigos de la autora en poseer un ejemplar de ella, se determina a imprimirla, creyéndose dispensada de hacer una manifestación del pensamiento, plan y desempeño de la obra, al declarar que la publica sin ningún género de pretensiones.

Acaso si esta novelita se escribiese en el día, la autora, cuyas ideas han sido modificadas, haría en ella algunas variaciones, pero sea por pereza, sea por la repugnancia que sentimos en alterar lo que hemos escrito con una verdadera convicción, (aun cuando esta llegue a vacilar), la autora no ha hecho ninguna mudanza en sus borradores primitivos, y espera que si las personas sensatas encuentran algunos errores esparcidos en estas páginas, no olvidarán que han sido dictadas por los sentimientos algunas veces exagerados pero siempre generosos de la primera juventud.

Primera parte

Capítulo I

¿Quién eres? ¿cuál es tu patria?
…………………
…………………
Las influencias tiranas
de mi estrella, me formaron
monstruo de especies tan raras,
que gozo de heroica estirpe
allá en las dotes del alma
siendo el desprecio del mundo.

CAÑIZARES
 


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Dominio público
171 págs. / 4 horas, 59 minutos / 1.657 visitas.

Publicado el 16 de enero de 2019 por Edu Robsy.

Manon Lescaut

Abate Prévost


Novela


Palabras liminares

Hay libros amables (es la palabra), divertidos, que, bien por su clave, bien por encarnar una idea o una modalidad superficial, flotante en la atmósfera, se leen golosamente, se comentan en vaga y amena charla y... se olvidan. Son libros actuales; tienen la efímera trascendencia de una moda; como ella pasan pronto y, como ella también, después de mucho tiempo, adquieren un valor simplemente anecdótico. Cuando uno de esos libros, en el transcurso de unos años, vuelve a caer en nuestras manos, sentimos un gran impulso de alegría y decimos para nuestro capote: «¡Gracias a Dios que hemos dado con un libro ameno! ¡Éste sí que es divertido!». Pero según avanzamos en la lectura, nos llamamos a engaño, considerándonos defraudados. ¡Pero es posible! ¡Si cuando lo leímos la primera vez nos encantó! ¡Y vemos con asombro que aquel libro ha envejecido atrozmente, que todo lo que antes nos pareció delicioso ahora nos aburre, y dejámoslo caer con un bostezo; es viejo ya y no tiene aun el interés documental. Y es así porque trátase de un conflicto artificial, creado por una «manera» de vida convencional, porque no es humano. Quiero decir, que los lances pueden parecernos momentáneamente divertidos, pero el pensamiento fundamental no se basa en una de esas eternas leyes como tales comunes a todos los tiempos y a todos los pueblos.


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Dominio público
170 págs. / 4 horas, 59 minutos / 203 visitas.

Publicado el 21 de mayo de 2025 por Edu Robsy.

La Cita

Eduardo Zamacois


Novela corta


LA CITA

I

Tras un largo mirar interrogante, lleno de conmiseración maternal, la actriz añadió:

—¡Ay, Ricardo!... ¿Por qué serás así? ¿Por qué no resignarte y hallar alegría en lo que tienes? ¿Por qué lo ajeno te admira, y lo tuyo, que á más de un descontentadizo haría dichoso, sólo te inspira hastío y desdén?...

Calló, y su voz débil, en la que hubo, juntamente con un desesperado anhelo de persuasión, la seguridad íntima de no conseguir nada, fué suplicante como el gesto de una mano mendiga.

Ricardo Villarroya adoptó en la butaquita donde estaba sentado una actitud más cómoda. Lanzó un suspiro. Sus cejas fuertes se arquearon sentimentales bajo la frente descollada y alta.

—¿Qué quieres?—dijo—, uno es... como nació. En medio de nuestras inconsecuencias aparentes, todos somos perenne y fatalmente esclavos de nosotros mismos. Lo disparatado obedece á leyes precisas; la existencia más aventurera, más incongruente, más copiosa en funambulescos altibajos, es ordenada como el vivir del campesino que jamás rebasó los horizontes avaros de su lugar. Lo raro no existe; lo raro, mi pobre Fuensanta, es la palabra con que enmascaramos lo que no sabemos, la explicación frívola de las concatenaciones ocultas que no adivinamos. Todo tiene su por qué; los mismos locos son, á su modo, discretos; el Destino es un tratado de lógica...

—¿Por lo visto, renuncias al propósito de redimirte?

—Completamente; soy un incurable.

Había cruzado una pierna sobre otra y bajó la cabeza, complaciéndose distraídamente en aplastar la ceniza de su cigarro contra la suela de su bota de charol; sus ojos se apagaron, las comisuras de sus labios descaecieron sin ilusión tras las guías viriles del bigote, y una intensa expresión de melancolía nubó su frente, envejecida prematuramente por el trabajo.


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170 págs. / 4 horas, 57 minutos / 250 visitas.

Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy.

Mayerling

ClaudeAnet


Novela


PRÓLOGO

Era una amplia estancia, de techo alto y ricamente amueblada. Sus dos ventanas daban a un parque cuyos altos árboles se alzaban demasiado cerca de la casa. Un biombo apenas lograba aislar del resto de la habitación la cama, colocada en el centro, donde yacía una joven. Su cabello castaño, cuidadosamente trenzado y extendido sobre la almohada, formaba una especie de aureola alrededor de su cabeza. Su rostro, aunque contraído por el dolor, conservaba belleza; las cejas fruncidas dibujaban una línea recta. De sus labios finos y bien delineados escapaba, de vez en cuando, un gemido, y bajo la sábana que la cubría se adivinaba cómo su cuerpo se tensaba.

Junto a la cama permanecía un grupo de personas atentas: un anciano vestido de frac, con una condecoración prendida en la solapa; un hombre más joven, de expresión inteligente, con bata blanca; y dos enfermeras. En la hora en que toda mujer, herida en su cuerpo y en su pudor, tiene derecho a permanecer sola, varias personas rodeaban a aquella mujer que sufría. Pertenecía, en efecto, a una casta en la que ni el dolor ni la alegría podían mantenerse en secreto, y la emperatriz de Austria, Isabel, de apenas veinte años, estaba obligada a dar a luz en público.

Junto a una de las ventanas se encontraba un hombre bajo y rechoncho, de piernas cortas: Su Alteza Imperial y Real, el archiduque Raniero. Conversaba en voz baja con el consejero íntimo Carlos Fernando, conde de Buol-Schauenstein. Otros tres personajes, vestidos con uniforme, contemplaban en silencio el parque y sus avenidas rectas, ya cubiertas por las sombras del atardecer. Dos damas, sentadas en un rincón, cuchicheaban entre sí.


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Creative Commons
169 págs. / 4 horas, 57 minutos / 28 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2026 por Fernando Guzmán.

De Varios Colores

Juan Valera


Cuentos, Colección


PRÓLOGO

Dos son los principales motivos que me llevan a escribir algunas palabras al frente de esta colección de cuentos que doy al público ahora.

No todas las flores son frescas y bonitas; también las hay mustias y feas. No se me culpe, pues, de presumido, si valiéndome de una figura retórica llamo flores de mi pobre y agostado ingenio a los cuentos que siguen. Y suponiendo ya que son flores, añadiré que carecen de relación entre sí y que yo las reúno caprichosamente para formar con ellas un ramillete o manojo. Sea este breve prólogo la cinta o el lazo que las ate, para que cada una de las flores no se vaya por su lado.

No soy yo quien debe elogiarlas. El benigno lector decidirá si valen algo o si nada valen. Yo diré sólo para procurarme la indulgencia hasta de los más severos, que mi propósito al escribir y al reunir los cuentos es tan modesto como inocente. No me propongo enseñar nada, ni moralizar, ni probar tesis, ni resolver problemas, ni censurar vicios y costumbres. Lo único que me propuse al escribir los tales cuentos es distraerme o divertirme en el casi forzoso retiro a que mi vejez y mis achaques me condenan.


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169 págs. / 4 horas, 57 minutos / 227 visitas.

Publicado el 30 de abril de 2016 por Edu Robsy.

La Piedra Angular

Emilia Pardo Bazán


Novela


Capítulo 1

Rendido ya de lo mucho que se prolongara la consulta aquella tarde tan gris y melancólica del mes de marzo, el Doctor Moragas se echó atrás en el sillón; suspiró arqueando el pecho; se atusó el cabello blanco y rizoso, y tendió involuntariamente la mano hacia el último número de la Revue de Psychiatrie, intonso aún, puesto sobre la mesa al lado de cartas sin abrir y periódicos fajados. Mas antes de que deslizase la plegadera de marfil entre las hojas del primer pliego, abriose con estrépito la puerta frontera a la mesa escritorio, y saltando, rebosando risa, batiendo palmas, entró una criatura de tres a cuatro años, que no paró en su vertiginosa carrera hasta abrazarse a una pierna del Doctor.

—¡Nené! —exclamó él alzándola en vilo—. ¡Si aún no son las dos! A ver cómo se larga usted de aquí. ¿Quién la manda venir mientras está uno ocupado?

Reía a más y mejor la chiquilla. Su cara era un poema de júbilo. Sus ojuelos, guiñados con picardía deliciosa, negros y vivos, contrastaban con la finura un tanto clorótica de la tez. Entre sus labios puros asomaba la lengüecilla color de rosa. El rubio y laso cabello le tapaba la frente y se esparcía como una madeja de seda cruda por los hombros. Al levantarla el Doctor, ella pugnó por mesarle las barbas o el pelo, provocando el regaño cómico que siempre resultaba de atentados por el estilo.


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169 págs. / 4 horas, 56 minutos / 200 visitas.

Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Anaconda y Otros Cuentos

Horacio Quiroga


Cuentos, Colección


Anaconda

I

Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se entreabría de vez en cuando en sordos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos.

Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada, con la lentitud genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará, de un metro cincuenta, con los negros ángulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos.

Iba de caza. Al llegar a un cruce de senderos se detuvo, se arrolló prolijamente sobre sí misma, removiose aún un momento acomodándose y después de bajar la cabeza al nivel de sus anillos, asentó la mandíbula inferior y esperó inmóvil.

Minuto tras minuto esperó cinco horas. Al cabo de este tiempo continuaba en igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a romper el día e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se recortaba una inmensa sombra.

—Quisiera pasar cerca de la Casa —se dijo la yarará—. Hace días que siento ruido, y es menester estar alerta…

Y marchó prudentemente hacia la sombra.

La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo edificio de tablas rodeado de corredores y todo blanqueado. En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo inmemorial el edificio había estado deshabitado. Ahora se sentían ruidos insólitos, golpes de fierros, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a la legua la presencia del Hombre. Mal asunto…

Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho más pronto de lo que hubiera querido.


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Dominio público
169 págs. / 4 horas, 56 minutos / 2.908 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Bocetos al Temple

José María de Pereda


Cuentos, colección


La mujer del César

I

No se necesitaba ser un gran fisonomista para comprender, por la cara de un hombre que recorría a cortos pasos la calle de Carretas de Madrid, en una mañana de enero, que aquel hombre se aburría soberanamente; y bastaba reparar un instante en el corte atrasadillo de su vestido, chillón y desentonado, para conocer que el tal sujeto no solamente no era madrileño, pero ni siquiera provinciano de ciudad. Sin embargo, ni de su aire ni de su rostro podía deducirse que fuera un palurdo. Era alto, bien proporcionado y garboso, y se fijaba en personas y en objetos, no con el afán del aldeano que de todo se asombra, sino con la curiosidad del que encuentra lo que, en su concepto, es natural que se encuentre en el sitio que recorre, por más que le sea desconocido.

Praderas de terciopelo, bosques frondosos, arroyos y cascadas, rocas y flores, eran las galas de su país. Nada más natural que fuesen las grandes vidrieras y los caprichos de las artes suntuarias el especial ornamento de la capital de España, centro del lujo, de la galantería y de los grandes vicios de toda la nación.

Este personaje, que debía llevar ya largas horas vagando por las aceras que comenzaban a poblarse de gente, miraba con impaciencia su reloj de plata, bostezaba, requería los anchos extremos de la bufanda con que se abrigaba el cuello, y tan pronto retrocedía indeciso como avanzaba resuelto.


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Dominio público
168 págs. / 4 horas, 55 minutos / 60 visitas.

Publicado el 26 de junio de 2024 por Edu Robsy.

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