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Una Taza De Té

Horacio Quiroga


Cuento, Crónica


Ayer de mañana tropecé en la calle con una muchacha delgada, de vestido un poco más largo que lo regular, y bastante mona, a lo que me pareció. Me volví a mirarla y la seguí con los ojos hasta que dobló la esquina, tan poco preocupada ella por mi plantón, como pudiera haberlo estado mi propia madre. Esto es frecuente.

Tenía, sin embargo, aquella figurita delgada un tal aire de modesta prisa en pasar inadvertida; un tan franco desinterés respecto de un badulaque cualquiera que con la cara dada vuelta está esperando que ella se vuelva a su vez; tal cabal indiferencia, en suma, que me encantó, bien que yo fuera el badulaque que la seguía en aquel momento.

Aunque yo tenía qué hacer, la seguí, y me detuve en la misma esquina. A la mitad de la cuadra cruzó y entró en un zaguán de casa de alto.

La muchacha tenía un traje oscuro, y muy tensas las medias. Ahora bien, deseo que me digan si hay una cosa en que se pierda mejor el tiempo que seguir con la imaginación el cuerpo de una chica muy bien calzada, que va trepando una escalera. No sé si ella contaba los escalones; pero juraría que no me equivoqué en un sólo número, y que llegamos juntos a un tiempo al vestíbulo.

Dejé de verla, pues. Pero yo quería deducir la condición de la chica del aspecto de la casa, y seguí adelante, por la vereda opuesta.

Pues bien: en la pared de la misma casa, y en una gran chapa de bronce, leí:


DOCTOR SWINDENBORG

FISICO DIETETICO


¡Físico dietético! Está bien. Era lo menos que me podía pasar esa mañana. Seguir a una mona chica de traje azul marino, efectuar a su lado una ideal ascensión de escalera, para concluir...


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 8 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2026 por Brian.

Cuatro Literatos

Horacio Quiroga


Cuento


Los vapores que navegan en el Alto Paraná desde Posadas á Puerto Alica, término forzoso de la derrota, llevan casi siempre a proa treinta ó cuarenta peones de obraje y un número menor de mulas, todo suficientemente mezclado. En el grupo, algunas vacas que suelen escaparse, derivando leguas enteras.

Hay luego peces que tienen las desviada habilidad de saltar a las chalanas que remolca el vapor, correspondencia arrojada al agua en botellas, capataces de monte que han aprendido de algún inglés eternamente civilizado á amar el whisky, y muchas cosas más.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 7 visitas.

Publicado el 7 de julio de 2026 por Brian.

Episodio II

Horacio Quiroga


Cuento, Horror


Tuve un amigo cuyo recuerdo cada vez que ese episodio de mi vida sube a la memoria pone en mis nervios un largo escalofrío de miedo y espanto. Nunca he podido borrarle; en las noches de duelo, sobre todo, cuando un ruido silencioso nos despierta con sobresalto, y una indefinible angustia nos contrae la garganta en la terrible seguridad de que alguien se desliza por el cuarto sin que sintamos cuando está al lado nuestro, viene ese hecho á erizar mis cabellos, á pesar de que hace mucho tiempo que acaeció

Un año entero tuve amistad con él; y las extrañas circunstancias que acompañaron a nuestras relaciones podrán tal vez no ser creídas; pero esos súbitos espantos, esos hilarantes cambios de pesadilla en los que una carcajada tiene el timbre del más alto erizamiento interior y la encogida fijeza de una mirada puede torcer horriblemente nuestro cuerpo, son indiscutibles, tan indiscutibles, que durante doce meses mi carne tuvo el frío esponjado y contráctil de una larva presta a transformarse.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 7 visitas.

Publicado el 7 de julio de 2026 por Brian.

Un Hecho Desnudo

Horacio Quiroga


Cuento


La ansiedad de emociones desmesuradas —observó el pasajero— es el aspecto romántico de las gentes que no lo son. Entre esas emociones, gozan de particular privilegio las que otorgan una empresa o un país extremo: días de sed insaciada, hambres crueles, tempestades de un mes, paisajes enormes, sin contar los tiros imprevistos.

Hasta dónde esta gente sensata es capaz de llevar adelante su ensueño, no es fácil averiguarlo. Sobre cien casos, con noventa y nueve los ardientes soñadores viven y mueren en su oficina, o bien escriben poemas delirantes ú la vida del bosque y la montaña, siempre encerrados en su cuartito, claro está. Algunos, muy pocos, se resignan y dejan la pluma con los Rosny, “llorando inmensos bosques vírgenes que no visitarán jamás ".


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Dominio público
6 págs. / 12 minutos / 10 visitas.

Publicado el 6 de julio de 2026 por Brian.

Sin Salida

Horacio Quiroga


Cuento


Este caso no tiene nada de raro, anormal o extraordinario en modo alguno. Antes bien, su aterradora sencillez es su extrema virtud, y él ha añadido una gota más al mar de angustia en que nos estamos ahogando los civilizados de hoy.

Tengo dos hijos, uno de ellos varón. Y este hombrecito de cuatro años, estrella del triángulo luminoso que un hombre de bien debe fijar en su paso por la tierra, según el precepto árabe: “plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo", esta criatura mía va, corriendo con la civilización actual, a buscar el destino de aquella otra criatura que se llamó Jack, y que es el protagonista del caso.

Llamábase, pues, Jack, y su padre era inglés.


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 10 visitas.

Publicado el 6 de julio de 2026 por Brian.

La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida

Horacio Quiroga


Cuento


La Joven Obesa Que Quería Vivir Su Vida


Y pensar—dice la joven, sin apartar los ojos del fuego de la chimenea— que a estas horas hay gentes que corren a aburrirse en los teatros por el temor de la soledad!

El hombre, sentado también ante el resplandor del hogar, tiende, sin mirarla, el brazo hacia la cabeza de su mujer. 

—Hace tres años —observa— no hubieras pensado así.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 12 visitas.

Publicado el 6 de julio de 2026 por Brian.

Biografías Ejemplares

Horacio Quiroga


Ensayo, Biografia, Articulo


Los Heroísmos


Llega un momento en la vida en que las circunstancias colocan al hombre al borde de un precipicio que debe saltar, él que no ha saltado nunca; a la entrada de un túnel abrasado en llamas, el que no resiste los primeros calores; ante las puertas de una ciudad devastada por una epidemia, el que evitó siempre el menor contagio.

Estas circunstancias, precoces para algunos, tardías para otros, pero ineludibles siempre, constituyen el destino de toda existencia.

Hoy o mañana, el hombre se encuentra fatalmente ante tales circunstancias. Dos caminos se abren ante él: el hombre de temple mediano, el hombre normal, equilibrado como una balanza, juicioso y previsor, el hombre-tipo, al cual todos pertenecemos, ese hombre vuelve la espalda al precipicio que podría costarle la vida; se aparta de las llamas que pueden malograr su existencia, y huye de los moribundos de la ciudad, que podrían arrastrarle consigo.


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Dominio público
35 págs. / 1 hora, 1 minuto / 15 visitas.

Publicado el 5 de julio de 2026 por Brian.

El ángel del terror

Edgar Wallace


Novela, Misterio, Suspenso


Capítulo 1



El silencio de la sala, que se había interrumpido cuando el presidente del jurado entregó su veredicto, se hizo aún más profundo. El juez, dirigiendo una rápida mirada por encima de sus lentes al alto prisionero, ordenó sus documentos con esa precisión y método que los hombres mayores muestran en momentos de tensión como este. Juntó los papeles blancos, azules y beige, y los apiló cuidadosamente en una pequeña repisa a la izquierda de su escritorio. Luego, tomó su pluma y escribió unas cuantas palabras en un formulario impreso que tenía frente a él.

Hubo otra pausa expectante. El juez tanteó debajo del escritorio, sacó un pequeño cuadrado de seda negra y lo colocó con cuidado sobre su peluca blanca. Entonces habló:

—James Meredith, tras un largo y minucioso juicio, ha sido usted declarado culpable del terrible crimen de asesinato premeditado. Estoy en total acuerdo con el veredicto del jurado. Después de escuchar el testimonio de la desafortunada dama con la que usted estaba comprometido —y cuyo testimonio intentó refutar de la manera más brutal—, quedan pocas dudas de que, cegado por los celos, usted le disparó a Ferdinand Bulford. La declaración de la señorita Briggerland respecto a que usted había amenazado a este pobre joven, y que la dejó a ella en un estado de furia, es inquebrantable. Por una terrible coincidencia, el señor Bulford estaba en la calle, frente a la puerta de su prometida cuando usted salió de allí, y enloquecido por sus celos enfermizos, usted lo mató a tiros.


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201 págs. / 5 horas, 52 minutos / 46 visitas.

Publicado el 30 de junio de 2026 por Fernando Guzmán.

La melodía del terror

Edgar Wallace


Novela, Suspenso, Misterio


 CAPÍTULO I

EL AFICIONADO ROMPECAJAS



La noche del 27 de mayo de 1925, la oficina de Gilderheim, Pascoe y Compañía, comerciantes de diamantes de Little Hatton Garden, no presentó nada fuera de lo común para el agente de policía que patrullaba la zona y que examinó la cerradura y probó la puerta en el curso ordinario de su deber. Hasta las nueve de la noche la oficina había estado ocupada por el señor Gilderheim y su principal empleado, y un oficial de paisano, cuya labor consistía en investigar sucesos inusuales, consideró que la luz encendida en la ventana del primer piso entraba dentro de sus atribuciones y subió para descubrir la razón de aquella presencia. El día 27 había caído en sábado, y era habitual que las oficinas de Hatton Garden quedaran vacías de empleados y propietarios a más tardar a las tres de la tarde.

El señor Gilderheim, un caballero afable, se sintió aliviado al descubrir que el golpe en la puerta que lo había hecho acudir, aferrando un revólver en el bolsillo por si ocurría algún accidente, no producía aventura más alarmante que una conversación con un oficial de policía a quien conocía. Explicó que aquel día había recibido un cargamento de diamantes procedente de una casa de Ámsterdam y que estaba clasificando las piedras antes de retirarse por la noche; y, tras algunas bromas sobre la tentación que sesenta mil libras en diamantes ofrecían al inescrupuloso “hijo de las tinieblas”, el oficial se marchó.

A las nueve cuarenta, el señor Gilderheim guardó las joyas en su gran caja fuerte, ante la cual ardía día y noche una lámpara eléctrica, y acompañado de su empleado abandonó el número 93 de Little Hatton Garden y caminó en dirección a Holborn.


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Creative Commons
136 págs. / 3 horas, 59 minutos / 36 visitas.

Publicado el 30 de junio de 2026 por Fernando Guzmán.

Ilusoria Más Enferma

Horacio Quiroga


Cuento


Ilusoria Más Enferma

El cielo está gris, el horizonte austero, la copa vacía. 

—Miras, ¡oh Lydia! hacia lo lejos y te aburres. Dejemos la mesa. Estos vinos son malos; además, se han agotado. Estás cansada. ¿Sientes cómo cae la lluvia sobre los vidrios?... ¡Si, tú también sientes cómo cae la lluvia sobre los cristales! La estufa se ha apagado y tienes frío. ¿Estas enferma? Iré a buscar a Hipócrates. Pero no; veo bien que te fatiga la conversación. Dejemos la mesa. 

Aristóbulo se hunde en el trinclinio, jugando con el lebrel, mientras Lydia va a sentarse junto a la ventana: ¿enferma? no; pálida nada más. 


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Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 20 visitas.

Publicado el 25 de junio de 2026 por Brian.

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