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La Caracola

José de la Cuadra


Cuento


Cuento simple


Hay cosas realmente difíciles de entender, bien se me alcanza. Sobre todo, cuando uno no se halla dispuesto a entenderlas. Entonces, no es posible, aunque le sean ofrecidas a plena luz, captar siquiera la silueta de ellas, mucho menos su pequeño espíritu escondido.

Esto les ocurrió a mis oyentes de la cocina conventual de Pueblo Viejo, cuando yo les narré la historia de los vagos amores de Samuel Morales con aquella graciosa muchacha guayaquileña que se llamaba, si no recuerdo mal, Perpetua, o algo por el estilo.

Empero, la hora para narrar era propicia. Acabábamos de merendar, y estábamos aún en torno de la gran mesa, que presidía el cura de la aldea, saboreando con deliciosa lentitud nuestro cafe aromado.

El párroco contaba hacía un instante el «ejemplo» del montuvio sordomudo, devoto de la Virgen. Éste se había salvado, porque, ingenuo irreverente, cada vez que pasaba frente a la iglesia arrojaba un pedruzco contra el icono, sin duda para testimoniar su creencia; por los agujeros que hicieron sus pedruzcos en el manto de la Madre, entró en el Paraíso su alma ignorante, pero empapada en la más severa fe religiosa.

Como soy hombre de lecturas, recordé en seguida la leyenda de aquel hermano sirviente que antes fuera juglar y el cual, para congraciarse con la Virgen, realizaba sus juegos malabares delante del altar. Recordé de un modo exacto que esta leyenda la redactó ha muchos años, en lengua moderna, Anatole France, tomándola de viejos textos feudales.

Mas, para no contrariar al párroco, nada dije. Él pensaba que el «ejemplo» del montuvio sordomudo era de una indiscutible originalidad, es decir, de una autenticidad indiscutible. Citaba nombres, lugares y fechas, y hasta circunstancias tan precisas como la de que, el día en que murió el devoto, y su alma inmortal voló a los cielos, estaba lloviendo.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 2.603 visitas.

Publicado el 24 de enero de 2022 por Edu Robsy.

El Velo de la Reina Mab

Rubén Darío


Cuento


La reina Mab, en su carro hecho de una sola perla, tirado por cuatro coleópteros de petos dorados y alas de pedrería, caminando sobre un rayo de sol, se coló por la ventana de una buhardilla donde estaban cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes, lamentándose como unos desdichados.

Por aquel tiempo, las hadas habían repartido sus dones a los mortales. A unos habían dado las varitas misteriosas que llenan de oro las pesadas cajas del comercio; a otros unas espigas maravillosas que al desgranarlas colmaban las trojes de riqueza; a otros unos cristales que hacían ver en el riñón de la madre tierra, oro y piedras preciosas; a quiénes cabelleras espesas y músculos de Goliat, y mazas enormes para machacar el hierro encendido; y a quiénes talones fuertes y piernas ágiles para montar en las rápidas caballerías que se beben el viento y que tienen las crines en la carrera.

Los cuatro hombres se quejaban. Al uno le había tocado en suerte una cantera, al otro el iris, al otro el ritmo, al otro el cielo azul.

* * *

La reina Mab oyó sus palabras. Decía el primero:


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 3.015 visitas.

Publicado el 20 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Cinco Semanas en Globo

Julio Verne


Novela


Capítulo 1

El final de un discurso muy aplaudido. — Presentación del doctor Samuel Fergusson. — " Excelsior. " — Retrato de cuerpo entero del doctor. — Un fatalista convencido. — Comida en el Traveller's Club. — Numerosos brindis de circunstancias

El día 14 de enero de 1862 había asistido un numeroso auditorio a la sesión de la Real Sociedad Geográfica de Londres, plaza de Waterloo, 3. El presidente, sir Francis M … . comunicaba a sus ilustres colegas un hecho importante en un discurso frecuentemente interrumpido por los aplausos.

Aquella notable muestra de elocuencia finalizaba con unas cuantas frases rimbombantes en las que el patriotismo manaba a borbotones: "Inglaterra ha marchado siempre a la cabeza de las naciones (ya se sabe que las naciones marchan universalmente a la cabeza unas de otras) por la intrepidez con que sus viajeros acometen descubrimientos geográficos. (Numerosas muestras de aprobación.) El doctor Samuel Fergusson, uno de sus gloriosos hijos, no faltará a su origen. (Por doquier.¡No! ¡No!) Su tentativa, si la corona el éxito (gritos de: ¡La coronará!), enlazará, completándolas, las nociones dispersas de la cartografía africana (vehemente aprobación), y si fracasa (gritos de: ¡Imposible! ¡Imposible!), quedará consignada en la Historia como una de las más atrevidas concepciones del talento humano. (Entusiasmo frenético.)"

—¡Hurra! ¡Hurra! —aclamó la asamblea, electrizada por tan conmovedoras palabras.

—¡Hurra por el intrépido Fergusson! —exclamó uno de los oyentes más expansivos.


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Dominio público
255 págs. / 7 horas, 26 minutos / 3.702 visitas.

Publicado el 10 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

A la Deriva

Joris-Karl Huysmans


Novela corta


I

El camarero se puso la mano izquierda en la cadera, apoyó la derecha en el respaldo de una silla, se balanceó sobre un pie y frunciendo los labios dijo:

—Bueno, eso depende del gusto de cada cual; yo que usted pediría Roquefort.

—Está bien, tráigame Roquefort.

Y el señor Jean Folantin, sentado a una mesa atestada de platos, en los que fraguaban restos de comida, y de botellas vacías, que dejaban un marchamo azul en el mantel, hizo una mueca, en la certeza de que iba a comerse un queso lamentable; sus expectativas no fueron defraudadas; el camarero trajo una especie de puntilla blanca, jaspeada de índigo, conspicuamente recortada en un jabón de Marsella panificado.

El Sr. Folantin mordisqueó aquel queso, plegó su servilleta, se levantó, y su espalda fue saludada por el camarero, que cerró la puerta.

Una vez fuera, el Sr. Folantin abrió el paraguas y apretó el paso. A las afiladas lamas de frío, que cortaban la nariz y las orejas como una navaja de afeitar, habían sucedido unos carámbanos fluidos. El invierno, que castigaba a París desde hacía tres días, se dejaba ir, y las nieves, mermadas en aguas, fluían murmurando desde un cielo hinchado como si estuviera colmado de agua.

El Sr. Folantin galopaba pensando en el fuego que había dejado encendido en su casa antes de ir a nutrirse al restaurante.

A decir verdad, no dejaba de albergar sus miedos; excepcionalmente, aquella tarde, la pereza le había impedido reedificar de arriba abajo el fuego preparado por el portero. «Es tan incómodo de manejar el coque», iba pensando; subió de cuatro en cuatro las escaleras, entró y no vio ni un asomo de llama en la chimenea.


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50 págs. / 1 hora, 28 minutos / 535 visitas.

Publicado el 13 de febrero de 2017 por Edu Robsy.

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