El cabo Rojas
El capitán X —muy conocido en el Ejército por su nombre verdadero—
tenía por asistente a un soldado que era una maravilla de roto y de
asistente.
—¡Cabo Rojas! —gritaba el capitán.
Y Rojas, que no era cabo sino en promesas y refrán, aparecía como
lanzado por resorte de teatro, la diestra en el filo de la visera y en
la costura del pantalón el dedo menor de la mano izquierda.
—Se necesita, señor Rojas, una friolera. Vaya usted y busque por ahí
unos diez pesos; porque ya estamos a ocho del mes y esta noche... pero
nada tiene usted que saber, y largo de aquí a lo dicho.
Y si Rojas no arrancaba en volandas, alcanzábale de seguro un par de
puntapiés, bota de caballería, doble suela, número cuarenta, que era lo
que calzaba el capitán.
Y el capitán no salía de estas fórmulas y tratos lacedemonios,
reconociendo probablemente toda la razón que asistía a don Quijote
cuando en apesadumbrado tono decía a su escudero:
—La mucha conversación que tengo contigo, Sancho, ha engendrado este menosprecio.
En cuanto al cabo Rojas, bien podía tardar un año en volver; pero en
volviendo era fijo que con el dinero, que entregaba discretamente en
disimulados y respetuosos envoltorios.
Cuando había personas delante, Rojas hacía paquetes de boticario.
Otras veces no esperaba órdenes de su jefe para lo que era menester.
En tales casos colocaba en sitio seguro y a la mano del capitán sus
entierros, que diez pesos, que unos cinco, según andaban los tiempos y
la cara de aquél.
En las noches en que el capitán no salía y se acostaba temprano para
yantar sueños y desechar penas, no se requerían más discursos.
Rojas volaba puerta afuera a donde Dios sabía.
Aquello indicaba por lo claro que no había ni medio, y, en
consecuencia, que el despertar sería con viento y marea para
veinticuatro horas menos.
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