Chandra y el Tigre
Francisco A. Baldarena
cuento
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Publicado el 29 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 29 de julio de 2021 por Francisco A. Baldarena .
Habíamos andado todo el día, a tranco de mula por el serpeante camino que a veces cruza en diámetro un vallecito circular, a veces se hunde, a manera de reptil en el amplio túnel formado por las insolentes ramasones de los quebrachos, grandes como catedrales.
Iba cayendo la tarde y teníamos la vista y la mente fatigadas con la incesante contemplación de la selva sin término. Un viento del sur, espantando el bochorno, castigábanos en cambio con el polvo rojizo y sutil de las arenosas tierras de la pampa chaqueña; el tormento del polvo, digno competidor de la saña perversa de mosquitos y jejenes. El cielo mantenía en la inmensidad de su imperio el impertinente azul que enceguece, que domina, que anonada con la monotonía de sus luminosidades.
Saliendo de un laberinto de frondas ásperas y amenazantes, abrióse de pronto ante nosotros un risueño vallecito tapizado con el dañino capihacuá (pasto que pincha), terror de las cabalgaduras a las cuales se obliga a cruzar sobre ellos sin la protección de las polainas de cuero.
Formaba el descampado aquel, una circunferencia casi perfecta en un diámetro no mayor de quinientos metros. Aquí y allá, sobre el tapiz de hierba, gallardeaban las palmas carandaís, la teja natural de las techumbres comarcanas.
Por todas partes la selva lujuriosa rodeaba el valle con alta, ancha, impenetrable barrera, entre cuyos verdes diversos, echaban como una sonrisa los lapachos con las grandes manchas rosadas de sus flores, junto al cobre de los adustos guayacanes y la púrpura imperial de los ceibos. En el centro del playo centelleaba cual pupila de acero un lagunejo de aguas blancas donde bogaban dulcemente, semejando diminutos barcos negros, los pescadores mbiguás.
Dominio público
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Publicado el 9 de noviembre de 2022 por Edu Robsy.
En la misma tertulia del ya citado Capitán general, se entretenían una noche las señoritas y caballeros jóvenes en ponerse charadas.
Estaba allí un estudiante de leyes, que iba ya a graduarse de Licenciado, y que era guapo y listo, si bien poco dichoso en amores.
Entre las señoritas presentes, así por lo graciosa como por lo coqueta, sobresalía D.ª Manolita. Nuestro estudiante la había requerido de amores, y ella, durante algún tiempo, le había querido o había fingido quererle. Después le había dejado por otro. De aquí que el estudiante estuviese con ella, y no sin razón, algo fosco y rostrituerto.
Le llegó su turno de poner una charada y le excitaron para que la pusiese.
El estudiante, encarándose con D.ª Manolita, la puso en estos términos.
—Mi primera y mi segunda, lo que es usted; mi tercera, lo que usted me dice; el todo, lo que yo siento.
En vano se calentaban la cabeza todos los del corro. No pudieron adivinar la charada y se dieron por vencidos. El estudiante entonces explicó la charada de esta manera:
—Mi primera y mi segunda; lo que es usted, infier: mi tercera, lo que usted me dice; no: y el todo, lo que yo siento; infierno.
La charada fue muy aplaudida por los circunstantes; pero D.ª Manolita tuvo alguna turbación y se sonrojó. Procuró, sin embargo, mostrarse fría, tranquila e indiferente, y para ello puso también su charada, que fue como sigue:
—Mi primera y mi segunda, una ninfa; mi tercera, un signo de música; mi cuarta, otro signo de música; y el todo, una cosa que he hecho muy bien en el día de hoy.
El auditorio no fue más feliz con esta charada que con la del estudiante quejoso. Doña Manolita tuvo también que explicarla y dijo:
Dominio público
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Publicado el 6 de enero de 2021 por Edu Robsy.
Algo más de dos horas después de cerrar la noche, habría de ser. Noche asfixiante. El sol había desparramado tanto calor durante el dia, que por la tarde, al retirarse, no lo pudo juntar todo y llevárselo para su cueva de occidente.
Entre nubes pardas, la luna subía la cuesta arriba del cielo; y al encontrarse en alguna como lagunita blanca que la dejaba visible, parecía acelerar la marcha, buscando un nubarrón donde ocultarse.
Las voces que llegaban desde el patio de la estancia, advertían la presencia del patrón y su familia bajo el toldo verde del parral, prefiriendo sin duda, el fastidio de espantar mosquitos y el peligro de los grandes gusanos verdes que suelen caer del zarzo, al horno de zinc de las habitaciones, a esas horas herméticamente cerradas, para impedir la entrada de murciélagos, terror de doña Nicomedes, la patrona.
En el playo de frente al galpón, semidesnudos, echados sobre vellones, la peonada charlaba tomando mate «tibión y labao.»
Los bichos de luz rayaban el cielo en todas direcciones; los «cascarudos» silvadores y hediondos, casi ciegos y borrachos de un todo, pechaban contra un brazo, una cabeza, un muslo, y al caer al suelo sonaban como cosa de importancia, haciendo decir a Faustino:
—Esta sabandija es como nágua’e china comadrona: mucho ruido, mucho viento y al primer apretón se aplasta.
—Pero no jiede.
—¿Qué sabés vos?..
—Es verdá... ¡disculpe, maistro!
Volando muy bajito, sin hacer ruido, los dormilones iban y venían, atiborrándose de insectos en sus, al parecer, giros idiotas.
De rato en rato lloraba algún sapo desde la garganta de alguna culebra que le tenia medio tragado. Un enjambre de insectos pequeñitos zumbaban sin tregua. A veces una lechuza castañeteaba el pico y graznaba lúgubremente desde el negro silencio de la llanura.
—¿Pa qué hará chus chus la lechuza? —interrogó Serapio.
Dominio público
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Publicado el 31 de octubre de 2022 por Edu Robsy.
Y la conversación recayó sobre el tema a que forzosamente llegaban los cuentos de impresión: las supersticiones.
—En cuanto a creencias más o menos arraigadas —dijo un extranjero—, los pueblos europeos, y en particular el francés, dan un tono tal de verosimilitud a sus narraciones, que el espíritu de los que oyen obsta largo tiempo antes de razonar fríamente. Una leyenda medieval, por ejemplo, oída en mi infancia, me causó una impresión profunda, de que apenas los años transcurridos han logrado desasirme.
Hela aquí, sencillamente contada en dos palabras:
«Un caballero cazaba en una tarde de invierno. Había nevado todo el día; el campo estaba completamente blanco. Con el rifle al hombro, se acercó al castillo de un amigo, que pasaba sobre el puente levadizo. El castellano llegó a la poterna y vio en la contraescarpa al caballero, que le saludó.
»—¿Vas de caza? —preguntó el castellano.
»—Sí —respondió el caballero.
»—Hace mucho frío.
»—No lo siento.
»—Los lobos han salido del bosque.
»—Peor por ellos.
»—Entonces, buena suerte.
»—Gracias, pero cuida de hacer fuego duradero, pues sea la pieza que fuere, vendré a comerla contigo.
»El caballero partió con el rifle preparado y se perdió en la distancia.
Dominio público
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Publicado el 22 de enero de 2024 por Edu Robsy.
Agonizaba el día. El Sol, circundado de nubes cenicientas, besaba el horizonte. Por el sendero del norte, que en la mañana recorriera, ágil y jovial, la comitiva, volvían ahora, taciturnos y graves, con su noble jefe a la cabeza, los soldados de Sumaj Majta. Chasca, desde el mismo peñón que dominaba el río, los vio acercarse. El príncipe descendió de su silla y se acercó al anciano guerrero:
–Sumaj Majta, ¿dónde está el puma que profanó los rebaños del Sol y en cuyo acecho iban tus gloriosas huestes?...
–No lo hemos hallado, Chasca, respondió gravemente el príncipe. Al penetrar en el bosque, una víbora cruzó ante mí, se deslizó y huyó a la selva. Hice detener mi comitiva, ordené que se hiciera una fogata para cazarla, pero fue inútil. Arde todavía la selva pero ella no ha sido cogida. Ordené entonces suspender la cacería. Cazamos un cóndor, y lo ofreceré esta noche, en sacrificio sobre la pira.
–¿A quién lo ofreces?
–A Mama Quilla. La Luna está ofendida. Ofreceré el sacrificio en el palacio de Yucay, ante los Huillac Umas y los Humiuká; es fuerza, pues, general, que asistas al sacrificio...
–Cuando la Luna bese los muros de tu castillo, llegaré, Sumaj Majta.
La comitiva se alejó en silencio, solemne, siniestra. Nadie que no fuera el Inca, se habría atrevido a romper la silenciosidad de aquel desfile de guerreros, que, como un ejército de vencidos, se perdía en los caminos oscuros donde la sombra era fría. El temor se reflejaba en los rostros, abría desmesuradamente los ojos, hacía palidecer las teces y hería las pupilas cálidas que avivaba el extraño fulgor de los presentimientos.
Dominio público
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Publicado el 1 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
Donde se explica cómo el amor puede conducir al pecado; cómo la mujer incita al amor; cuánta tragedia existe en dos cuencas vacías y cuán noble es el Dolor aún en los más caídos. Y por qué no debe lucharse contra la palabra y el designio inexorable de los dioses.
Por la falda del cerro, bajo un moribundo cielo gris, al lado del
abismo donde el río se debate, extiende su curva el gran camino del
reino. Abajo, el valle exuberante pugna por ascender, y la policromía de
los Andes floridos ciñe la morada solidez del cerro. Un viento de
presagio, tempestuoso y frío, doblega los retoños del valle en oleadas
viscosas. Los dos cerros se unen en el norte y sus faldas se juntan para
dar paso al camino. Por aquel gran camino, que atraviesa abras y cimas,
que bordea montes y que circunda valles, bajo la sombra amena y fresca
de los molles, se va desde el Cuzco hasta Quito, donde los Scyris
dominan aún. Aqueste camino recorre los más ricos y poderosos estados.
Va a Huánuco, la ciudad de piedra, y atraviesa los encantados lagos.
Sigue hasta Cajamarca, el fecundo valle predilecto de los Incas, cuando
van a visitar el reino; desciende un poco y desde él se mira las
portentosas maravillas del Chimú, luego va a perderse en las calurosas
tierras del Norte, donde las mujeres son hermosas y esbeltas y tienen
cutis blancos. Los mejores tambos están a su paso. Y las casas de reposo
de los Incas, con sus adoratorios y sus fuentes tibias. Y en él se
cruzan los chasquis y los pastores. Por él desfilaban de tiempo en
tiempo, entristecidos y graves, los grandes pueblos mitimaes. Sobre su
plana superficie los numerosos grupos de llamas desfilaron muchas veces y
detrás de ellos el pastor taciturno y melancólico. Puentes de mimbre lo
cruzan de trecho en trecho, y bajo el leve tejido, los ríos rugen
amenazadoramente. Aqueste camino sale desde la Intipampa de la Ciudad
Sagrada y termina en los alrededores de Quito.
Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 454 visitas.
Publicado el 1 de mayo de 2020 por Edu Robsy.
Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 55 visitas.
Publicado el 3 de mayo de 2025 por Alejandro baiz.
La danza de Schach
Licencia limitada
2 págs. / 4 minutos / 123 visitas.
Publicado el 22 de septiembre de 2019 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
Letreros al óleo:
Chichería "El Ventarrón" de
Mariana de Jesús Contreras V.
NO FIO, SEÑORES: ANTES DE PEDIR
CONSULTEN CON SU BOLSILLO SI
NO QUIEREN QUE INTERVENGA
LA POLICIA
LA MEJOR CHICHERÍA
DE LA TAHONA
Letreros al carbón:
MAS MEJOR ES LA DE
ENFRENTE
YO SOY MUY HOMBRE
¡MALDITA SEA!
¡VIVA BONIFAZ!
¡ABAJO!
Y otros...
El más alto:
En un cuadro de viejísima hojalata, reclavado arriba del marco de la puerta, en letras negras sobre una mancha polícroma, semejante a la bandera de Suecia:
PROPIEDAD ESCANDINAVA
A un costado, a tiza:
MENTIRA, PUEBLO
PROPIEDAD PERUANA.
* * *
Había dos barricas grandes: “La Envidia” y “El Pescozón”. Habrá,
además, una serie de barrilitos en varios portes pequeños, hasta algunos
que parecían de juguetes o de muestrario, como, por ejemplo, “Lindy”.
Todos estaban repletos de buena chicha cogedora, en diversos estados de
fermentación, según el día de la llenada y la edad y madera de los
envases.
Se servía conforme a los gustos. Decía ña Mariana, la dueña:
—Vea, Camacho a los del reservado me les pone de “El Pescozón”. Esa gente quiere fuerte, como pa quemarse el guargüero.
O, en otros casos:
—Me les vacea de “La Envidia”. Esa chicha no está muy templada que digamo...
Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 425 visitas.
Publicado el 26 de abril de 2021 por Edu Robsy.