En medio del río, el pescador, desnudo como un Discóbolo, arroja la
atarraya. La atarraya se eleva por sobre la cabeza del pescador, se
despliega totalmente y cae sobre la linfa espejeante, sutil y
resplandeciente al sol del medio día, como una desmesurada tela de
araña.
Se ve, claramente, cómo se despliega y cómo cae la atarraya sobre la
tersa superficie del agua. Y cómo en seguida se sumerge, cómo se encoge,
cómo se borra la trama complicada de sus hilos, hasta desaparecer en el
fondo, dejando apenas rastro de su paso en una serie de círculos
concéntricos que se dilatan y se extienden hasta disolverse. El agua
vuelve entonces a cobrar su tersura de moaré.
El pescador espera. Tranquilo, ligeramente resguardado por las anchas
faldas de su charra de hiladillo (amarillenta por el efecto de los
constantes aguaceros) podría estarse allí clavado por una eternidad,
esperando el resultado, en esa misma actitud, inmutable como una deidad
indígena de río.
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