En mil novecientos, en agosto, con los últimos coletazos del siglo,
nació Naveiro, postrer vástago de una larga sucesión de Naveiros
renegridos y aventureros que, desde los tiempos de Don Pedro el
Navegante, tuvieron que ver con el mar. Un Naveiro dobló el Cabo de las
Tormentas siendo asistente de Luis de Camoens. Otro acompañó a Colón en
su segundo viaje y otro más hizo la ruta de Elcano hasta morir de un
lanzazo tagalo en las Filipinas.
Siempre fueron dados al orujo y discutidores, a medias pendencieros y
a medias esforzados, pues no en vano la familia se había sustentado,
desde los tiempos de Viriato, de la carne en cecina, del pescado seco,
de la galleta y de la fantasía propia del galaico.
El padre del último Naveiro continuaba la tradición familiar y hacía
la ruta de ultramar a bordo de un clipper rápido y marinero. Naveiro
padre tenía una peculiar manera de entender aquello de una novia en cada
puerto: él prefería lazos más sólidos, por lo que mantenía alegremente
una familia en Vigo y otra en Macao, ambas numerosas, pobres y felices.
El joven Naveiro hizo su primer viaje a los trece años, como proel,
junto a su padre. Así, con el alma todavía tierna, se le metió el
oriente por los ojos. La calidad del mar, su color tan distinto al del
Atlántico natal, las gentes extrañas con su lenguaje cantarín y sus ojos
almendrados... Y, además, la riqueza. Allí un europeo podía hacer
fácilmente carrera: trampeando con los chinos, navegando en los
cargueros de las islas, comerciando con los salvajes o contrabandeando
con el opio.
Naveiro se quedó con su otra familia, con la mujer oriental de su
padre y con sus medio hermanos de ojos rasgados, y nunca más sintió la
nostalgia de Galicia, donde, por cierto, las cosas no iban demasiado
bien en aquellas fechas. Sólo bajo los efectos del sake se permitía
algunos recuerdos de la infancia y descubría, las profundas lagunas de
su memoria.
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