Textos más cortos disponibles que contienen 'b' | pág. 25

Mostrando 241 a 250 de 3.333 textos encontrados.


Buscador de títulos

textos disponibles contiene: 'b'


2324252627

El doctor Hyde en Usher

Cristóbal Miró Fernández


Reflexión


No hace falta que un edificio esté cayéndose a trizas a ojos vista de su fachada quebrada para que esta Caída sea menos verdadera. Una fachada impoluta, sin grieta alguna visible, puede ser perfectamente la moribunda tumba encubierta de una familia desestructurada, pronta a su extinción como proyecto de futuro, siempre que su estructura esté carcomida por el vacío falsamente relleno de vida de una sonrisa etrusca… Una mansión puede ser una jaula de barrotes de oro. La riqueza no asegura la felicidad, en ciertas ocasiones incluso asegura la infelicidad a base de preocupaciones que constituyen una pesadilla de veinticuatro horas a ojos cerrados y abiertos de la que es imposible huir por mucho que se intente. La riqueza económica y la pobreza afectiva dictaminan como la cruel sentencia de un juicio la miseria más espantosa que nos podamos o nos atrevamos a imaginar. En esta tesitura tan temible, y en no pocas ocasiones tan verídica, es preferible el hecho de habitar una miserable cabaña de muros barro y tejado de paja, pero tan acogedora como el mejor palacio del mundo a pesar de su extrema modestia, que una prisión repleta de lujos y comodidades. Los banquetes de miel de avispa son platos espantosos pues son veneno oculto a la luz del sol que ahogan en un pantano macabro de clara agua transparente….


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 42 visitas.

Publicado el 15 de mayo de 2022 por Cristóbal Miró Fernández .

La Forma de las Nubes

José Fernández Bremón


Cuento


—¿Qué te parezco en este instante? —dijo la nube al aeronauta.

—Una ballena.

—¿Y ahora? —repitió un momento después.

—Una montaña obscura.

La nube, movida por el viento, se extendió, y la luz del sol la coloreó de rojo y amarillo.

—Ahora pareces la bandera española.

No bien dijo aquello el aeronauta, la nube, volviendo a deshacerse, tomó el aspecto de una cascada de fuego mezclado con espuma.

—Mantente en ese estado —dijo el hombre—; deja que admire esa decoración maravillosa.

Pero la nube se había convertido en una fragata que flotaba por el espacio con todas las velas desplegadas.

—Contén los vapores —repitió el hombre— para que no deshagan esa nueva forma: quiero tomar un croquis.

—Es imposible —respondió la nube—. ¿Ves? Me he convertido en serpiente... ahora soy una falda de encaje; admira la variedad y riqueza de mis formas.

—Pero ¿cuál es la tuya natural?

—¿Acaso lo sé? Todas y ninguna: las que me dan la luz, el viento y el capricho.

—¿Habrá en el mundo —dijo el aeronauta al tocar tierra— nada tan inconstante y variable como la nube?

—Sí —le contestaron—; en tu imaginación y en la de todos. Sólo varía en el nombre, porque le llamamos el capricho.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 37 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

La Madre

Rafael Barrett


Cuento


Una larga noche de invierno. Y la mujer gritaba sin cesar, retorciendo su cuerpo flaco, mordiendo las sábanas sucias. Una vieja vecina de buhardilla se obstinaba en hacerla tragar de un vino espeso y azul. La llama del quinqué moría lentamente.

El papel de los muros, podrido por el agua, se despegaba en grandes harapos, que oscilaban al soplo nocturno.

Junto a la ventana dormía la máquina de coser, con la labor prendida aún entre los dientes. La luz se extinguió, y la mujer, bajo los dedos temblorosos de la vieja, siguió gritando en la sombra.

Parió de madrugada. Ahora un extraño y hondo bienestar la invadía.

Las lágrimas caían dulcemente de sus ojos entornados. Estaba sola con su hijo. Porque aquel paquetito de carne blanda y cálida, pegado a su piel, era su hijo…

Amanecía. Un fulgor lívido vino a manchar la miserable estancia. Afuera, la tristeza del viento y de la lluvia.

La mujer miró al niño, que lanzaba su gemido nuevo y abría y acercaba la boca, la roja boca ancha, ventosa, sedienta de vida y de dolor, Y entonces la madre sintió una inmensa ternura subir a su garganta. En vez de dar el seno a su hijo, le dió las manos, sus secas manos de obrera; agarró el cuello frágil, y apretó. Apretó generosamente, amorosamente, implacablemente. Apretó hasta el fin.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 217 visitas.

Publicado el 13 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.

Aguafuerte

Rubén Darío


Cuento


De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado. En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de lana de cuellos abiertos y largos delantales de cuero. Acanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo, y salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Anteo, parecían los músculos redondas piedras de las que deslavan y pulen los torrentes. En aquella negrura de caverna, al resplandor de las llamaradas, tenían tallas de cíclopes. A un lado, una ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol. A la entrada de la forja, como en un marco oscuro, una muchacha blanca comía uvas. Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros delicados y tersos que estaban desnudos hacían resaltar su bello color de lis, con un casi imperceptible tono dorado.


Leer / Descargar texto


1 pág. / 1 minuto / 5.520 visitas.

Publicado el 20 de julio de 2016 por Edu Robsy.

A Quién Debe Darse Crédito

Juan Valera


Cuento


Llamaron a la puerta. El mismo tío Pedro salió a abrir y se encontró cara a cara con su compadre Vicentico.

—Buenos días, compadre. ¿Qué buen viento le trae a usted por aquí? ¿Qué se le ofrece a usted?

—Pues nada... confío en su amistad de usted... y espero...

—Desembuche usted, compadre.

—La verdad, yo he podado los olivos, tengo en mi olivar lo menos cinco cargas de leña que quiero traerme a casa y vengo a que me empreste usted su burro.

—¡Cuánto lo siento, compadre! Parece que el demonio lo hace. ¡Qué maldita casualidad! Esta mañana se fue mi chico a Córdoba, caballero en el burro. Si no fuera por esto podría usted contar con el burro como si fuese suyo propio. Pero, qué diablos, el burro estará ya lo menos a cuatro leguas de aquí.

El pícaro del burro, que estaba en la caballeriza, se puso entonces a rebuznar con grandes bríos.

El que le pedía prestado dijo con enojo:

—No creía yo, tío Pedro, que usted fuese tan cicatero que para no hacerme este pequeño servicio, se valiese de un engaño. El burro está en casa.

—Oiga usted —replicó el tío Pedro—. Quien aquí debe enojarse soy yo.

—¿Y por qué el enojo?

—Porque usted me quita el crédito y se lo da al burro.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 201 visitas.

Publicado el 6 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Los Carboneros

Juan José Morosoli


Cuento


Por la noche veíamos el resplandor rojizo de las hornallas y el humo liviano y azulino de la “quema”, subir suavemente a las estrellas.

Adivinábamos las figuras negras y apresuradas como hormigas de los cuidadores de “las bocas”.

Algunas noches la música de un acordeón, lejano y leve como el humo, parecía salir del horno mismo y quedarse vagando por el monte.

Los carboneros eran los dueños del humo de la noche, de las bocas con fuego de las hornallas, de la música del acordeón vagabundo. Del monte entero donde de hora en hora cantaban algún pájaro sin sueño.

Deseábamos ser carboneros como aquellos hombres.

Un atardecer sin luz, cruzado de garúas, nos acercamos a ellos.

Sus chozas estaban mojadas. En el piso de barro hacían equilibrio míseros catres de guascas.

Vestían ropas absurdas y calzaban tamangos de lona. En sus caras erizadas de barba ardían los ojos febriles.

–Hace noches que vigilan, defendiendo su tesoro de vientos y lluvias –dijo mi padre...

Fogones abandonados rodeados de huesos iban señalando su camino de conquistadores de la selva...

Pensamos en las noches de sus chozas con barro y sin luz. En sus catres sin calor. En la vigilia entre garúas y vientos.

El calor de los viejos troncos que ardían bajo el retobo de barro de los hornos no sería para ellos.

Desde ese día dejamos de envidiarlos.

Empezamos a quererlos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 29 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

>>LA ÚLTIMA PRIMERA CITA<<

Andrés Patiño Rodriguez


Nocturno, Fragmentos, Palabras.


“Eso es una utopía”, le dije un año atrás a la terapeuta, en mis planes no había, ni quería más primeras citas.

Insistía que el amor debía llegar sin avisar, quería sentir ese amor a la antigua, quería tan solo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí, ¿Porqué había de serme tan difícil?

Los adagios populares rezan que las cosas buenas toman tiempo y ella sin duda si que tardó, pero lo valía, tanto que un día simplemente no pude dejar de verla.

Escucharla me hacía sentir vivo y cuando menos pensé las noches y los días dejaron de tener inicio y fin, ella se llevó toda mi atención.

A su lado no hay miedos, no hay dudas, no hay fin…

Ella es ese rayo de sol en un día despejado que acaricia mi cara y me devuelve la vida.

Ella es paz, es risa, es rebeldía, es aventura y es amor…

Ahora no me veo sin ella, suspiro por ella, sonrió por ella, sueño por ella, tanto así que mis ojos están llenos de amor y es algo que siempre le voy a deber.

No hubo más días tristes, quiero vivir cada segundo a su lado, hacerle sentir que mi fortuna es su vida y hacerle saber cada día que ella es mi última primera cita.

APR 


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 30 visitas.

Publicado el 14 de noviembre de 2023 por Andrés Patiño Rodríguez.

El Cuerpo y la Sombra

José Fernández Bremón


Cuento


El cuerpo estaba muy disgustado de la compañía de la sombra. Caminaba hacia el sol, y la sombra le seguía: volvía la espalda al sol cuando andaba, y la sombra iba delante. Se paraba, y la sombra también se detenía. Un día no pudo más y dijo a la sombra en tono descortés:

—Retírate de una vez. Quiero estar solo.

—No puedo dejarte: tengo obligación de ir contigo a donde vayas.

—Me retiraré de ti.

—No lo conseguirás: soy tu compañera de cadena en este mundo.

—Saldré al sol cuando éste caiga sobre mí verticalmente desde el cenit.

—Y estaré bajo tus plantas.

—Pasearé siempre en el crepúsculo.

—Y te seguiré disimuladamente en la penumbra.

—Cerraré de noche mis puertas y ventanas y no encenderé luz en mi alcoba.

—Entonces serás mío por completo y te estrecharé tan íntimamente, que no habrá un solo punto de tus formas libre de mi abrazo.

—Me mataré.

—Y me acostaré al lado de tu cadáver; y si te entierran, te envolveré en el sepulcro, y cuando exhumen tus restos me dividiré en tantas partes como ellos; y rodaré con tu cráneo y haré guardia a tus últimos despojos mientras existan sobre la tierra.

—¿Y mi alma?

—Ésa te abandonará para irse al mundo de luz: tú eres esclavo de la sombra.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 23 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2024 por Edu Robsy.

Los Boyeros

Juan José Morosoli


Cuento


Al caer la tarde, Pololo, el negrito, y yo íbamos al arroyo. Marchábamos monte adentro siguiendo los senderos trazados por el ganado que iba a abrevar. Hasta el borde de la laguna llegaban las vacas, tranquilas y lentas, y hundían el belfo en el agua. Parecían beber las ramas de los molles que el poniente acostaba en la laguna.

Allí arrojábamos migajas a las mojarras para ver el juego de sus cuchillitos y sus fugas eléctricas.

El monte se iba durmiendo con la canción del agua y el canto, cada vez más lento y espaciado, de los pájaros que regresaban del campo.

Cuando las estrellas bajaban a la laguna, los boyeros acunaban la tarde con su silbo y ésta se dormía.

Camino de vuelta veíamos salir de sus nidos, en la tierra profunda, como avisadas de nuestro paso, a las lechucitas de ojos redondos y dorados.

Un día llegaron los monteadores.

Sentíamos los golpes de sus hachas, las quejas de los troncos heridos y la caída brutal de los árboles.

Por el aire vagaba el olor a savia muerta.

Vimos caer los últimos árboles de la jornada. Tras el derrumbe se precipitaban sobre el horror de la pichonada deshecha y el desorden de plumas de los nidos, los perros hambrientos.

Fue entonces que Pololo vio partir los boyeros.

Con ellos se iba la canción de cuna de la tarde.

Fue la última vez que vimos boyeros.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 24 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

LA ÚLTIMA PRIMERA CITA

André Moussah


Fragmentos, Nocturno, Palabras


Fragmento No. 351

24-12-2022

20:57H

 

“Eso es una utopía”, le dije un año atrás a la terapeuta, en mis planes no había, ni quería más primeras citas.

Insistía que el amor debía llegar sin avisar, quería sentir ese amor a la antigua, quería tan solo intentar vivir lo que tendía a brotar espontáneamente de mí, ¿Porqué había de serme tan difícil?

Los adagios populares rezan que las cosas buenas toman tiempo y ella sin duda si que tardó, pero lo valía, tanto que un día simplemente no pude dejar de verla.

Escucharla me hacía sentir vivo y cuando menos pensé las noches y los días dejaron de tener inicio y fin, ella se llevó toda mi atención.

A su lado no hay miedos, no hay dudas, no hay fin…

Ella es ese rayo de sol en un día despejado que acaricia mi cara y me devuelve la vida.

Ella es paz, es risa, es rebeldía, es aventura y es amor…

Ahora no me veo sin ella, suspiro por ella, sonrió por ella, sueño por ella, tanto así que mis ojos están llenos de amor y es algo que siempre le voy a deber.

No hubo más días tristes, quiero vivir cada segundo a su lado, hacerle sentir que mi fortuna es su vida y hacerle saber cada día que ella es mi última primera cita.

AM


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 1 minuto / 81 visitas.

Publicado el 14 de noviembre de 2023 por Andrés Patiño Rodríguez.

2324252627