Nada lo anunciaba por la tarde.
Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la
ciudad. Olas humanas hormigueaban en los pórticos encristalados de los
vastos establecimientos comerciales, o se detenían frente a las
vidrieras que ocupaban todo el largo de las calles oscuras, salpicadas
de olores a telas engomadas, flores o vituallas.
Los cajeros, tras de sus garitas encristaladas, y los jefes de
personal rígidos en los vértices alfombrados de los salones de venta,
vigilaban con ojo cauteloso la conducta de sus inferiores.
Se firmaron contratos y se cancelaron empréstitos.
En distintos parajes de la ciudad, a horas diferentes, numerosas
parejas de jóvenes y muchachas se juraron amor eterno, olvidando que sus
cuerpos eran perecederos; algunos vehículos inutilizaron a descuidados
paseantes, y el cielo más allá de las altas cruces metálicas pintadas de
verde, que soportaban los cables de alta tensión, se teñía de un gris
ceniciento, como siempre ocurre cuando el aire está cargado de vapores
acuosos.
Nada lo anunciaba.
Por la noche fueron iluminados los rascacielos.
La majestuosidad de sus fachadas fosforescentes, recortadas a tres
dimensiones sobre el fondo de tinieblas, intimidó a los hombres
sencillos. Muchos se formaban una idea desmesurada respecto a los
posibles tesoros blindados por muros de acero y cemento. Fornidos
vigilantes, de acuerdo a la consigna recibida, al pasar frente a estos
edificios, observaban cuidadosamente los zócalos de puertas y ventanas,
no hubiera allí abandonada una máquina infernal. En otros puntos se
divisaban las siluetas sombrías de la policía montada, teniendo del
cabestro a sus caballos y armados de carabinas enfundadas y pistolas
para disparar gases lacrimógenos.
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