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La Caja de Cerillas

Nilo Fabra


Cuento


Rico, viejo, achacoso, sin hijos que le heredasen, y solo con parientes, lejanos y codiciosos, era Samuel Rodríguez el más infeliz de los avaros. Ni el afán de acapararlo todo, ni el placer de contar y recontar el fruto de sus granjerías, ni la necia vanidad de que podía poseer lo que otros inútilmente ambicionaban, hacíanle llevaderas las angustias, zozobras y fatigas que producía en su ánimo, naturalmente pusilánime, el temor de perder el bien alcanzado con tantas privaciones.


* * *


No ha mucho tiempo que Samuel recorría a pie una comarca, donde acababa de sentar los reales para esquilmarla y empobrecerla con sus negocios usurarios, cuando le sorprendió la noche junto a un río, a la sazón infranqueable sin el auxilio de barca, porque repentina avenida había destruido el puente o inutilizado el vado. Lleno de mortal congoja, temiendo a cada paso la sorpresa de imaginarios bandoleros, pues llevaba en el seno un fajo de billetes de Banco, seguía la margen del río, hasta que la suerte le deparó una barca medio varada en la arena. Su primer intento fue ponerla a flote; mas faltándole fuerzas, y coligiendo por varios y manifiestos indicios que aquel debía de ser lugar frecuentado de pescadores, comenzó a dar voces en demanda de socorro. Acudió solícito a prestarlo uno de aquellos, dueño de la barca, a quien Samuel, con lágrimas en los ojos, suplicó que, por caridad y amor de Dios, le pasase a la orilla opuesta. Era el barquero muy pobre, y de suyo compasivo para con los menesterosos, y tomando por tal a Rodríguez, a juzgar por lo roto, raído y mugriento del traje, accedió, sin estipendio alguno, a lo que pedía, y comenzó a poner en obra su buena intención.


* * *


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Dominio público
5 págs. / 9 minutos / 35 visitas.

Publicado el 19 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

Un Diálogo en el Espacio

Nilo Fabra


Cuento


¡Espíritu extraño a mi familia planetaria, que, como yo, vagas por la inmensidad buscando el término del pavoroso viaje de las almas, detén un momento el raudo vuelo y fija tu penetrante vista, ajena a las imperfecciones de los carnales sentidos, en aquel astro que frontero a nosotros se presenta, girando pausado al rededor de uno de los innumerables soles de la Vía Láctea!

—¡Sombra a la par que yo desvanecida de la materia, cuya cósmica unidad descubro claramente!, di, ¿por qué apartas mi atención, absorta ante las grandiosas maravillas del Universo, fijándola en cuerpo celeste tan raquítico, pobre y diminuto, sol extinguido, esqueleto de una estrella, pigmeo que pasea su mortaja por los insondables abismos del espacio?

—¡Ah! Aquel planeta fue mi patria.

—¿Tu patria? ¿Patria del espíritu un átomo?

—¡La patria del cuerpo que animé!

—Di mejor tu destierro.

—Treinta años vi correr en ella, ¡un instante apenas!, y siento el dolor de la partida.

—¡Cuán apacible deslizarase la vida del polvo animado en esa esfera, anónima para mí, cuando de tal suerte lloras su ausencia!

—La dicha, el placer, la bienandanza son allí risueñas ficciones: nombres, como la oscuridad, que afirman una negación.

—¿Que te aqueja, pues?

—El grato recuerdo de un ser amado.

—¿Luego existe la dicha?

—Existe el más dulce y cruel de los dolores.

—Me asalta el deseo de conocer mundo semejante. ¿Qué hiciste en tu sepulcro carnal? ¿A qué frívolos pasatiempos se entregaron tus iguales? ¿Cómo vive la materia en acción?

—¿Quieres saberlo? Sígueme y tus ojos te darán testimonio de ello. Trasladémonos sin tiempo alguno a la estrella Polar, y, merced a la lentitud de la luz, verás los reflejos de mi mundo, la Tierra, durante los treinta años que di vida a deleznable arcilla.

—Sea.


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4 págs. / 7 minutos / 34 visitas.

Publicado el 19 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

Del Cielo a España

Nilo Fabra


Cuento


Primera parte

I

Dios, Nuestro Señor, daba un día audiencia a los santos que iban a interceder por sus devotos, por los pueblos que patrocinaban y por todos los pecadores. La Santísima Virgen, sentada al lado de su querido y Hijo, recomendaba los múltiples memoriales de los visitantes, a los cuales acogía el Ser Supremo con la bondad del que es fuente de todas las misericordias. Fueron entrando en el salón del trono del Altísimo santos y más santos, basta que le tocó el turno a Santiago el Mayor.

—¡Hola, Jaime! —le dijo el Todopoderoso—: ¿qué te trae por aquí? ¡Cosas de España, tal vez! ¿Qué pasa por aquella tierra? ¿Están en paz tus clientes?

—Bien sabe Vuestra Divina Majestad, —contestó el Apóstol, haciendo tan profunda reverencia que el sombrero lleno de conchas y reliquias que tenía en la mano barrió el suelo—, que aquello anda malillo, y que, si Dios no pone remedio, yo no sé lo que va a ser de España, de los españoles y de sus descendientes, que se han establecido en el Nuevo Mundo, a todos los cuales protejo y amparo en sus cuitas; porque, eso sí, ni unos ni otros nos han perdido la afición, y si no, aquí está la excelsa Madre de Vuestra Divina Majestad, patrona de las Españas y de las Indias, que no me dejará decir una cosa por otra.

—Cierto es —dijo Nuestra Señora—, que en pocas partes del mundo se me venera tanto como en las tierras de que habla Santiago, y, a decir verdad, yo quisiera hacer hasta los imposibles a favor de aquellos para mí muy amados hijos.

—¡Vamos, di lo que solicitas, Diego —exclamó el Eterno dando una cariñosa palmada en la mejilla del santo—; basta que mi amantísima Madre sea intercesora, para que yo te conceda cuanto desees, con tal que no me pidas gollerías.


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Dominio público
21 págs. / 37 minutos / 36 visitas.

Publicado el 19 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

Cuentos Ilustrados

Nilo Fabra


Cuentos, colección


Del Cielo a España

Primera parte

I

Dios, Nuestro Señor, daba un día audiencia a los santos que iban a interceder por sus devotos, por los pueblos que patrocinaban y por todos los pecadores. La Santísima Virgen, sentada al lado de su querido y Hijo, recomendaba los múltiples memoriales de los visitantes, a los cuales acogía el Ser Supremo con la bondad del que es fuente de todas las misericordias. Fueron entrando en el salón del trono del Altísimo santos y más santos, basta que le tocó el turno a Santiago el Mayor.

—¡Hola, Jaime! —le dijo el Todopoderoso—: ¿qué te trae por aquí? ¡Cosas de España, tal vez! ¿Qué pasa por aquella tierra? ¿Están en paz tus clientes?

—Bien sabe Vuestra Divina Majestad, —contestó el Apóstol, haciendo tan profunda reverencia que el sombrero lleno de conchas y reliquias que tenía en la mano barrió el suelo—, que aquello anda malillo, y que, si Dios no pone remedio, yo no sé lo que va a ser de España, de los españoles y de sus descendientes, que se han establecido en el Nuevo Mundo, a todos los cuales protejo y amparo en sus cuitas; porque, eso sí, ni unos ni otros nos han perdido la afición, y si no, aquí está la excelsa Madre de Vuestra Divina Majestad, patrona de las Españas y de las Indias, que no me dejará decir una cosa por otra.

—Cierto es —dijo Nuestra Señora—, que en pocas partes del mundo se me venera tanto como en las tierras de que habla Santiago, y, a decir verdad, yo quisiera hacer hasta los imposibles a favor de aquellos para mí muy amados hijos.

—¡Vamos, di lo que solicitas, Diego —exclamó el Eterno dando una cariñosa palmada en la mejilla del santo—; basta que mi amantísima Madre sea intercesora, para que yo te conceda cuanto desees, con tal que no me pidas gollerías.


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Dominio público
129 págs. / 3 horas, 46 minutos / 161 visitas.

Publicado el 19 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

El Aljibe de la Vieja

Antonio Afán de Ribera


Cuento


I

—¡Qué miedo anoche, comadre María! Apenas recé las ánimas, di tres vueltas a la llave del portón y tapé las rendijas de la ventana con los restos de mi último zagalejo. Siquiera pude dormirme pensando si el espanto del aljibe se introduciría en mi aposento.

—¡Cómo ha de ser, Joaquina! Nuestros pecados llaman a voces el enojo celeste, y estamos abocados a presenciar castigos tremendos. Bien lo dice en sus sermones el padre Benito de San Diego.

—¿Y no dice también el fraile de nuestro convento vecino que no es regular paguen justos por pecadores? —preguntó con voz estentórea y un poco tomada por el vino, un robusto mancebo con visos de soldado.

—Callaos, hereje; más valiera que cuidarais de acepillar vuestro uniforme, que se lleva todas las noches la cal de la ventana de la Dorotea.

—Pues por eso lo digo, santa... mujer. Si no hubiera lenguas maldicientes y ojos que ven visiones, no se escondería mi novia apenas el sol se pone, por miedo a vuestros romances. Pero ya se buscará medio de alentar a las mozas del barrio, y romper las costillas a las fantasmas y a sus procuradores

—Insensato, judío —clamaron ambas mujeres, acercándose al joven en ademán de arañarlo.

Y en esto hubiera venido a parar el caso si los gritos de una porción de muchachos, precursores de la llegada de una anciana, no hubiese interrumpido el poco edificante diálogo.

—¡Que lo cuente, que lo cuente! La tía Salvadorica lo ha visto —exclamaban las voces infantiles del concurso.

—Diga cuanto sepa, madre Salvadora —añadieron las mozuelas que venían sirviéndola de escolta.

Ea pues, voy a complaceros —respondió parándose en medio del ya formado corro—; dejadme me siente en esta piedra, que recuerda mis primeros años, y hagamos la señal de la cruz para que el espíritu maligno no se goce en ver cómo nos espantan los triunfos de sus inicuas artimaña(s).


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6 págs. / 11 minutos / 61 visitas.

Publicado el 5 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

La Casa de la Columna

Antonio Afán de Ribera


Cuento, leyenda


I

Luz de mi alma,
sol de los soles,
aura de vida,
flor de las flores,
maga que alientas
mis ilusiones,
estos conceptos
plácida acoge
como memoria
de puros goces
que hoy la desgracia
deshace y rompe.

II

Dos meses después de pronunciadas por el triste Boabdil, ante los Monarcas Católicos, aquellas célebres palabras de «tuyos somos, Rey invencible; esta ciudad y reino te entregamos; confiado usarás con nosotros de clemencia y de templanza», y que le sirvieron de despedida para marchar a sus nuevos estados de la Alpujarra, uno de sus xeques más valerosos, que aunque joven había vertido repetidas veces su sangre en defensa del vacilante trono, y que pertenecía a la tribu belicosa de los Gomeres, llamado Andallá, no satisfecho del trato del vencedor, se dispuso a partir al África.

Honda pena producía esta resolución en el noble musulmán; dejaba dentro de la última línea de murallas de la alcazaba una inocente y bellísima mora, que era el ídolo de su amor, y cuya imagen no podía olvidar. Pero el padre de aquélla, más avaro que buen creyente, no cambiaba su cómodo palacio y sus fértiles tierras por la ignorada suerte que le pudiera caber en los arenales africanos. Hasta trataba de convertirse a la religión de los opresores, y una formal negativa fue lo que oyó Andallá con estas palabras del anciano.

—En Granada he nacido y en ella moriré, y mi hija no se separará de mi lado. Tal lo quiere el destino.

El joven Gomer salió de la casa con la frente inclinada; y dirigiendo una mirada de inmensa ternura a Leila, que le contemplaba desde un elevado ajimez señalándole el cielo, vertió una lágrima de fuego, y hundiendo los acicates al berberisco alazán cruzó a escape la puerta de Bib-al-honut.

III

¡Que hermosa es la primavera en Granada!


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 56 visitas.

Publicado el 5 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

La Casa de los Corazones

Antonio Afán de Ribera


Cuento, leyenda


I

Cuantas personas subían a rezar el santo jubileo a la iglesia de San Bartolomé en uno de los últimos años del pasado siglo, se detenían con asombro y conversaban en voz baja, siendo el tema de sus comentarios la fachada de una casa que se acababa de construir en la placeta del mismo nombre. No es porque su estructura tuviese nada de extraño, ni un formidable escudo de armas la adornase, ni luciese primorosos calados ni arabescos perfiles; antes bien, era vulgar todo su exterior, pero, en cambio, en vez de pinturas alegóricas, como se usaban entonces, o lisa o llana laca blanqueando las paredes, éstas se veían atestadas materialmente de unos recuadros o recortes en figura de corazones, tanto que para otro signo no quedaba el más pequeño claro.

Lo mismo acontecía en el portal, pudiendo decirse que era un solo corazón el edificio.

El emblema era lógico que despertase la curiosidad de los transeúntes, no de los del vecindario, pues éstos bien sabían la causa original de aquella extraña decoración; mas como nuestros lectores la ignoran, vamos a satisfacerles, contándoles el sucedido tal como lo refieren las viejas crónicas humanas que consultamos, pero haciendo antes una poca de historia.

II

Entre las costumbres populares más halagüeñas y características que desgraciadamente se han perdido a la luz de tanta civilización como nos rodea, no era la menor la que se denominaba Rifa de las Ánimas.

En efecto, nada más clásico que estas fiestas que se efectuaban únicamente en los días de Pascua de Navidad, y cuyos productos, siempre crecidos, contribuían al sostenimiento del culto en las parroquias, y que, dando un tinte de religión a tan agradable pasatiempo, enseñaba al pueblo a no separarse en nada ni para nada de los preceptos de la religión católica.


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7 págs. / 12 minutos / 57 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

La Virgen del Lavadero

Antonio Afán de Ribera


Cuento, leyenda


I

Los puñales tienen punta,
las rosas tienen espinas,
la mujer tiene palabras,
aunque luego las olvida.


Estas y otras coplas semejantes cantaban Juanillo Martínez, hiriendo sin caridad las cuerdas de su guitarra, ante las ventanas de la Rubia, famosa cabrera de la calle Larga de San Cristóbal, de donde ella y el mancebo eran de sus más preciados feligreses, en la noche del 4 de agosto del año de gracia de 1692.

Y has de saber, lector benévolo, que eso de llamarle rubia a la Maruja hubiera podido atribuirse más bien a epigrama que a sobre nombre, porque la muchacha era hermosa hasta no más, pero morena como si tuviera en su sangre algo como un cuarterón de la raza de los castellanos nuevos, con unos ojos negros, rasgados, un cabello lo mismo, pero largo a maravilla, un talle flexible cual los juncos y un todo que partía los corazones y se llevaba los galanes de calle.

Y no era menos agraciado el mozuelo, que en todo el gremio de tejedores del barrio no había muchos que manejasen con más acierto la lanzadera, ni terminasen más a conciencia uno de aquellos tupidos capotes con que la industria del Albaicín surtía y abrigaba a la vez los robustos labriegos de la comarca conocida por los montes Granadinos.

Pero como el amor es y ha sido siempre ciego, y tiene cosas de niño, como conviene al infante Cupido que lo representa, sucedió que la Maruja, que una vez, y casi sin darse cuenta de ello, accedió a hablar por la reja con el artesano, no quiso volver a concederle otra entrevista, aunque el Juan aseguraba que un sí tímido se escapó de los labios de su adorada al final de aquella, con el ítem de un capullo de Alejandría arrojado para recuerdo.


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10 págs. / 18 minutos / 61 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

El Portón de Baqueta

Antonio Afán de Ribera


Cuento, leyenda


I

Es una hermosa mañana de primavera del año de 1569. Vencida la rebelión morisca la Alpujarra, por el valor de los tercios castellanos, y por la nunca desmentida condición tornadiza y sediciosa de los moriscos para con sus caudillos, Granada vio entrar triunfantes sus huestes, y la calma con tanta razón perdida, volvió a ostentarse sus ámbitos.

Los sectarios del profeta, que aún no abandonaron sus antiguas viviendas, ocultaba su vergüenza y su espanto en los más ocultos pasadizos, y lágrimas de rabia surcaba sus tostadas mejillas, pesándole el trágico fin de Aben-Humeya, y la pérdida total de sus locas esperanzas de restauración musulmana.

II

Al pie de la torre de la antigua parroquia de San Cristóbal, y como respiradero abierto para el monte inclinadísimo que desde aquel edificio bajaba el arrecife de la Alcazaba, tan cruzado por los jinetes zegríes las eternas revueltas del Albaicín contra la Alhambra, se hallaba la entrada de una espaciosa cueva que ensanchándose por grados muchas varas en redondo, concluía en una angosta mina, tal vez salida oculta, o tal vez subterráneo de respiración desconocida.

No estaba, como las que hoy existe, al borde de una vereda, y sujeta a las miradas profanas; antes bien, una cerca extensa de agudos espinos y punzantes nopales, defendía el terreno de aquella, formando una especie de murado recinto, de vista portentosa desde la altura, y de adorno del cerro por los opuestos costados.

Allí lozanas parras lucían sus opimos racimos, y por la estación que nos ocupa, la blanca flor de los perales, y la rojiza de los albaricoqueros, perfumaban el ambiente y alegraban la vista, mientras los alelíes jaspeados alentaban abrirse a los capullos de los rosales, que empezaban a colorarse al sol primaveral.


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8 págs. / 15 minutos / 52 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

La Casa de las Tres Estrellas

Antonio Afán de Ribera


Cuento, leyenda, tradición


I

Legalib ilé Alá; «No es vencedor sino Dios». Esta es la divisa, el emblema del magnánimo, del valiente, del justiciero Rey Alhamar el grande.

Él edificó los alcázares de la Alhambra para gloria del pueblo muslime y admiración de los siglos venideros.

Él, primero de los soberanos nazaritas, llegó a competir por sus virtudes y gentileza con el modelo de los caballeros árabes, con el gran de Almanzor.

Él, decidido apoyo de los pobres y de los desgraciados, recibió en el año de 1247 en su corte a Abén-Abid, señor de la imponderable Sevilla, arrancada del poder de la morisma por la poderosa espada de Fernando el Santo.

Él, que visitaba las escuelas, los colegios y los hospitales, para derramar beneficios sobre su pueblo, alentó de tal manera el comercio y la industria, que la comarca granadina fue la más culta de su época.

¡Gloria a la casa de Nazar! Bien dicen los tarjetones africanos de la sala de Comarech: «La gracia que tenéis de Dios dimana, que es auxilio en cualquier tribulación».

Y por ello añadió el poeta:


«Príncipes envidian
su linaje claro,
y temen los grandes
potente a su brazo».

II

Ricos heredamientos de tierras, por la llamada hoy cerca alta de Cartuja, y un palacio en la alcazaba, dio el espl2éndido monarca al destronado sevillano.

Y Abén-Abid, aunque agradeciendo en el corazón tantas mercedes, no podía calmar sus pesares.

Los frondosos olivares de la reina del Betis, y las caudalosas aguas del Guadalquivir, estaban siempre presentes ante su vista, al contemplar el torrente del Beiro y las accidentadas colinas de la Golilla.

Sólo endulzaban sus amarguras tres hijas que el cielo le había concedido.

Xacharatadur, que significa árbol de las perlas, era la mayor.

Leila, noche, la segunda.

Y Amina, o sea fiel, la tercera.


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7 págs. / 13 minutos / 75 visitas.

Publicado el 1 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

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