Era Nabuco uno de esos tipos físicamente vulgares, que no llaman la
atención ni por su belleza ni por su fealdad; y para justificar el dicho
de que la cara es el espejo del alma, era, moral e intelectualmente,
mediocre.
Un talento indiscutible poseía, sin embargo: el de no gastar energía
en lamentos y protestas después del hecho irremediablemente consumado.
—«Con rabiar y echar maldiciones,—decía,—no se saca la carreta del
pantano. Lo mejor es fijarse bien en el terreno pa no volver a
enterrarse en el mesmo sitio; y la rabia añubla la vista.»
Cierta vez, siendo mozo y encontrándose sin conchabo, se enganchó de
milico en una policía fronteriza. Otros que se hallaban en caso igual,
se lo pasaban abominando del comisario cruel, del sargento déspota y del
cabo egoísta, por no haber obtenido la baja.
—¡Lindo oficio!—exclamaba uno.—Andar tuito el día al tranco,
escoltando carretas de contrabandistas o tropas de cuatreros, como si
juese perro, medio desnudo, comiendo pulpa flaca y cobrando un sueldo
cada seis meses, pa qu'el comesario se enriquezca y el sargento tenga
tropilla propia y el cabo herraje plateao!
—¿Qué pensás vos, Nabuco?—inquiría otro dolorido,
—Pienso,—respondió;—que por haberte oído el cabo hablar parecido, te
ligaste el mes pasado unos talerazos del comisario y quince días de
cepo.
—¿Entonces hay que sufrir la enjusticia y tragar saliva?
—Dejuro que sí cuando se sabe que alegar es pa pior.
Y Nabuco no alegó ni se quejó nunca; pero una noche que lo mandaron
en comisión, le robó los dos mejores pingos al comisario, un espléndido
poncho al sargento y el «chapeao» al cabo. Esa misma noche vadeó el
Uruguay, se internó en el Brasil y nunca jamás volvieron a verlo en el
pago.
—«El quejarse es pa los niños, y amenazar pa las mujeres»,—era otro de sus dichos.
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