Textos más vistos disponibles que contienen 'b' | pág. 45

Mostrando 441 a 450 de 3.334 textos encontrados.


Buscador de títulos

textos disponibles contiene: 'b'


4344454647

La Sombra

Hans Christian Andersen


Cuento infantil


En los países cálidos, ¡allí sí que calienta el sol! La gente llega a parecer de caoba; tanto, que en los países tórridos se convierten en negros. Y precisamente a los países cálidos fue adonde marchó un sabio de los países fríos, creyendo que en ellos podía vagabundear, como hacía en su tierra, aunque pronto se acostumbró a lo contrario. Él y toda la gente sensata debían quedarse puertas adentro. Celosías y puertas se mantenían cerradas el día entero; parecía como si toda la casa durmiese o que no hubiera nadie en ella. Además, la callejuela con altas casas donde vivía estaba construida de tal forma que el sol no se movía de ella de la mañana a la noche; era, en realidad, algo inaguantable. Al sabio de los países fríos, que era joven e inteligente, le pareció que vivía en un horno candente, y le afectó tanto, que empezó a adelgazar. Incluso su sombra menguó y se hizo más pequeña que en su país; el sol también la debilitaba. Tanto uno como otra no comenzaban a vivir hasta la noche, cuando el sol se había puesto.


Leer / Descargar texto


13 págs. / 23 minutos / 746 visitas.

Publicado el 4 de julio de 2016 por Edu Robsy.

La Tribuna

Emilia Pardo Bazán


Novela


Prólogo

Lector indulgente: No quiero perder la buena costumbre de empezar mis novelas hablando contigo breves palabras. Más que nunca debo mantenerla hoy, porque acerca de La Tribuna tengo varias advertencias que hacerte, y así caminarán juntos en este prólogo el gusto y la necesidad.

Si bien La Tribuna es en el fondo un estudio de costumbres locales, el andar injeridos en su trama sucesos políticos tan recientes como la Revolución de Setiembre de 1868, me impulsó a situarla en lugares que pertenecen a aquella geografía moral de que habla el autor de las Escenas montañesas, y que todo novelista, chico o grande, tiene el indiscutible derecho de forjarse para su uso particular. Quien desee conocer el plano de Marineda, búsquelo en el atlas de mapas y planos privados, donde se colecciona, no sólo el de Orbajosa, Villabermeja y Coteruco, sino el de las ciudades de R***, de L*** y de X***, que abundan en las novelas románticas. Este privilegio concedido al novelista de crearse un mundo suyo propio, permite más libre inventiva y no se opone a que los elementos todos del microcosmos estén tomados, como es debido, de la realidad. Tal fue el procedimiento que empleé en La Tribuna, y lo considero suficiente—si el ingenio me ayudase—para alcanzar la verosimilitud artística, el vigor analítico que infunde vida a una obra.


Leer / Descargar texto


207 págs. / 6 horas, 2 minutos / 710 visitas.

Publicado el 20 de abril de 2016 por Edu Robsy.

Laberinto de Fortuna

Juan de Mena


Poesía


Al muy prepotente don Juan el segundo,
aquel con quien Júpiter tuvo tal zelo
que tanta de parte le fizo del mundo
quanta a sí mesmo se fizo del çielo,
al gran rey de España, al Çésar novelo;
al que con Fortuna es bien fortunado,
aquel en quien caben virtud e reinado;
a él, la rodilla fincada por suelo.

Tus casos falaçes, Fortuna, cantamos,
estados de gentes que giras e trocas,
tus grandes discordias, tus firmezas pocas,
y los que en tu rueda quexosos fallamos;
fasta que al tempo de agora vengamos
de fechos pasados cobdiçia mi pluma
y de los presentes fazer breve suma:
y dé fin Apolo, pues nos començamos.

Tú, Calïope, me sey favorable,
dándome alas de don virtuoso;
por que discurra por donde non oso,
convida mi lengua con algo que fable;
levante la Fama su boz inefable,
por que los fechos que son al presente
vayan de gente sabidos en gente;
olvido non prive lo que es memorable.

Como no creo que fuessen menores
que los de Africano los fechos del Çid,
nin que feroçes menos en la lid
entrasen los nuestros que los agenores,
las grandes façañas de nuestros señores,
la mucha constançia de quien los más ama
yaze en teniebras, dormida su fama,
dañada de olvido por falta de auctores.

La grant Babilonia, que ovo çercado
la madre de Nino de tierra cozida,
si ya por el suelo nos es destruida,
¡quánto más presto lo mal fabricado!
E si los muros que Febo a travado
argólica fuerça pudo subverter,
¿qué fábrica pueden mis manos fazer
que no faga curso segunt lo passado?


Leer / Descargar texto

Dominio público
48 págs. / 1 hora, 24 minutos / 1.209 visitas.

Publicado el 8 de enero de 2019 por Edu Robsy.

Luz y Sombra

Soledad Acosta de Samper


Cuento


La juventud

Brillaba Santander en toda su gloria militar, en todo el esplendor de sus triunfos y en el apogeo de su juventud y gallardía. El pueblo se regocijaba con su adquirida patria, y el gozo y satisfacción que causa el sentimiento de la libertad noblemente conquistada se leía en todos los semblantes.

Contaba yo de catorce a quince años. Había perdido a mi madre poco antes, y mi padre, viéndome triste y abatida, quiso que acompañada por una señora respetable, visitase a Bogotá y asistiese a las procesiones de Semana Santa, que se anunciaban particularmente solemnes para ese año. En aquel tiempo el pueblo confundía siempre el sentimiento religioso con los acontecimientos políticos, y en la semana santa cada cual procuraba manifestarse agradecido al que nos había libertado del yugo de España.

Triste, desalentada, tímida y retraída llegué a casa de las señoritas Hernández, donde mi compañera, doña Prudencia, acostumbraba desmontarse en Bogotá. Las Hernández eran las mujeres más de moda y más afamadas por su belleza que había entonces, particularmente una de ellas, Aureliana. Llegamos el lunes santo a las dos de la tarde, y doña Prudencia, deseosa de que yo no perdiese procesión, me obligó a vestirme, y casi por fuerza me llevó a un balcón de la calle real a reunirnos a las Hernández, que ya habían salido de casa.

Cuando vi los balcones llenos de gente ricamente vestida, las barandas cubiertas con fastuosas colchas, y me encontré en medio de una multitud de muchachas alegres y chanceras, me sentí profundamente triste y avergonzada, y hubiera querido estar en el bosque, más retirado de la hacienda de mi padre.

—¡Allá viene Aureliana! —exclamó doña Prudencia.

—¿Dónde? —pregunté, deseosa de conocerla; pues su extraordinaria hermosura era el tema de todas las conversaciones.

—Aquella que viene rodeada de varios caballeros.


Leer / Descargar texto

Dominio público
13 págs. / 24 minutos / 465 visitas.

Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Manfredo

Lord Byron


Poesía


En el cielo y en la tierra hay mil cosas que vuestros filósofos tampoco dudan.

Horacio

Personajes

UN CAZADOR DE GAMUZAS
EL ABAD DE SAN MAURICIO
MANUEL
HERMAN
LA ENCANTADORA DE LOS ALPES
ARIMAN
NÉMESIS
LOS DESTINOS
ESPÍRITUS


La escena se representa en medio de los Alpes, unas veces en el castillo de Manfredo y otras en las montañas.

Acto I

Escena I

(Manfredo está solo en la galería de un antiguo castillo. Es media noche.)

MANFREDO.
Mi lámpara va a apagarse; por más que quiera reanimar su luz moribunda; no podrá durar tanto tiempo como mi desvelo. Si parece que duermo, no es el sueño el que embarga mis sentidos y sí el descaecimiento que me causan una multitud de pensamientos que afligen mi alma y a los cuales no me es posible resistir. Mi corazón está siempre desvelado y mis ojos no se cierran sino para dirigir sus miradas dentro de mí mismo; sin embargo estoy vivo, y según mi forma y mi aspecto, me parezco a los otros hombres.

¡Ah, el dolor debería ser la escuela del sabio! Las penas son una ciencia, y los más sabios son los que más deben gemir sobre la fatal verdad. El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida.


Leer / Descargar texto

Dominio público
38 págs. / 1 hora, 7 minutos / 189 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2023 por Edu Robsy.

Manual de Supervivencia

Arturo Robsy


Novela


El Día D - Cita con la muerte

Ramón Sánchez, profesor de E.G.B., se había sentado a fumar durante el recreo al lado del foso de saltos de longitud y de su arena rojiza cuando algo golpeó contra ella a unos dos metros de sus pies.

Ramón era, además de maestro, un más que conocido elemento de eso que se llama ultraderecha, un rebelde activo, padre y madre de panfletos, octavillas, pintadas murales y hasta alguna que otra broma pesada, de manera que, cuando reconoció lo que había golpeado contra la arena de los saltos de longitud, no dudó ni un momento en tirarse al suelo al pie de una mediana acacia que allí hacía sombra, indiferente a cualquier otra consideración.

A unos dos metros de Ramón se veían las plumas y la mitad semienterrada del astil de una flecha deportiva. Aguardó un par de minutos echado y, al comprobar que no caían nuevos proyectiles, fue poniéndose en pie con precaución.

—Estos terroristas —se dijo medio en broma, medio en serio— no deben de tener todavía licencia de armas.

Julio Ruiz, mayorista de un buen número de productos, recibió un paquete bastante voluminoso aunque ligero. Julio Ruiz, hombre metódico y de pocas palabras, era amigo del alma de Ramón Sánchez, el maestro, y, por lo tanto, coautor de esas ya mencionadas octavillas, pintadas, rebeldías y bromas relativamente pesadas. Ramón procedía de las estructuras burocráticas del fenecido Movimiento Nacional y había sido reconvertido en funcionario de Secretaría General, en funcionario de Presidencia del Gobierno, más tarde de Cultura y Bienestar y, después, de Cultura a secas, hasta que lo transfirieron a la correspondiente Comunidad Autónoma, y entonces hizo una higa a cada uno de los puntos cardinales, gruñó algo intraducible y dejo basta de palabra y por escrito.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
268 págs. / 7 horas, 50 minutos / 141 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2026 por Edu Robsy.

Misterio

Emilia Pardo Bazán


Novela


Parte 1. El visionario Martín

Capítulo 1. Los enamorados

En uno de los barrios de Londres próximos al río, no muy concurridos de día y casi enteramente solitarios de noche, todavía existe hoy una casa con minúsculo jardín, situada frente a una plaza bastante espaciosa, en cuyo centro el square ostenta grupos de árboles centenarios, de esos árboles del viejo suelo inglés que la humedad nutre y desarrolla y convierte en colosos. El recuerdo inherente a esta casa podría, bien conocido, valer algunas propinejas a quien la enseñase al turista; pero la historia, no siempre cimentada en la realidad, suele poner en las nubes lo que no significa gran cosa y no volver siquiera su rostro de bronce cuando pasa por donde se desarrollaron dramas intensamente patéticos, ahogados y silenciosos. El que por algún tiempo guardaron las paredes de la angosta casita, eternamente permanecerá sumido en tinieblas; así lo quiso el destino, o por mejor decir, así lo quisieron los poderosos del mundo.

Al comenzar este relato, que aspira a proyectar un rayo de luz en las lobregueces históricas por medio de la lámpara caprichosa de la fantasía, un hombre joven, esbelto y robusto, vestido de camino, envuelto en un abrigo gris que no ocultaba lo gallardo de su figura, se acercaba a la verja del jardín, por la parte opuesta a la plazuela, a espaldas de la casa, y golpeaba con su bastón los hierros de la verja, a intervalos iguales, cuatro veces. Aunque ya el largo crepúsculo de Londres en primavera no derramaba sus vagas claridades boreales y había anochecido por completo, en medio de las espesuras del jardincillo podría verse blanquear una falda, y detrás de los hierros aparecer un rostro juvenil. Una mano diminuta pasó por entre dos barras, y el hombre se apoderó de ella estrechándola con ardor.


Leer / Descargar texto

Dominio público
347 págs. / 10 horas, 8 minutos / 360 visitas.

Publicado el 8 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Neverending Story: Historia Sin Fin

TaeyBle


relato corto, historia corta, romance


Recuerdo el primer día que nos conocimos: las hojas cayendo, la brisa sacudiendo nuestro cabello, el color rojo anaranjado del cielo, nuestra vestimenta nada apta para el momento y el agradable sonido de tu risa. 
Te recuerdo perfectamente a tí; tus ojitos haciéndose pequeñitos mientras tu hermosa sonrisa iluminaba todo el lugar, tus pestañas moviéndose al ritmo del viento, tu naricita arrugándose, tus mejillas sonrojadas y tus orejas rojas. Los dos éramos muy tímidos, nos costaba mantener una conversación sin ponernos nerviosos y sin estar sonrojados. 
Recuerdo que pensé que iba a ser un día soleado, había ido vestido de shorts y playera sin mangas. Quien diría que terminaría lloviendo. Debí haber visto el pronóstico del tiempo, ¿no? 
Pero tú estabas ahí. Te acercaste cuando me viste temblando frente a la cafetería, me salvaste del gran frío que estaba teniendo. Recuerdo haber agradecido a los cuatro vientos por haberte puesto en mi camino. Me invitaste a pasar y yo con mucho gusto acepté. 
Era un lugar cálido y agradable. Recuerdo que me habías hecho una plática, era una pequeña conversación de sonrisas tímidas y palabras torpes. Ahí fue cuando sucedió. Tuve la oportunidad de mirarte a los ojos, tus grandes ojos cafés, estos brillaban de una manera tan única que pude contemplar mi reflejo en ellos. 
Escuchaba tu voz de fondo y podía visualizar un poco de tus labios moviéndose pero mi concentración iba directo a tus ojos, solo a tus ojos. En ellos pude apreciar la más hermosa galaxia. Me perdí tanto en esas bellas esferas que había olvidado en donde me encontraba y que estaba haciendo, en mi cabeza solo estabas tú. 
Pasaron las horas, los días y semanas, a veces iba a la cafetería solo a contemplar tus brillantes ojos y tu hermosa sonrisa. En todo ese tiempo me dí cuenta de lo mucho que quería protegerte, no quería separarme ni un segundo de tu lado y con cada sonrisa tuya más confirmaba mis sentimientos.


Leer / Descargar texto

Licencia limitada
3 págs. / 5 minutos / 234 visitas.

Publicado el 14 de octubre de 2024 por TaeyBle.

Pago Chico

Roberto Payró


Cuentos, Colección


Capítulo I. La escena y los actores

Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido cristalizando a su alrededor una población heterogénea y curiosa, compuesta de mujeres, de soldados, —chinas— acopiadores de quillangos y plumas de avestruz, compradores de sueldos, mercachifles, pulperos, indios mansos, indiecitos cautivos —presa preferida de cuanta enfermedad endémica o epidémica vagase por allí.

El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales, permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población que el vegetativo —casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba casi a los nacimientos, pero cuyos claros venían a llenar los nuevos contingentes de tropas enviados por el gobierno.

Mas cuando los indios quedaron reducidos a su mínima expresión —«civilizados a balazos»—, la comarca comenzó a poblarse de «puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron, fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo de toda aquella vida incipiente y vigorosa.

Cuando ese núcleo provincial adquirió cierta importancia, el gobierno provincial de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en «partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo fuerte, a punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con esto una nueva unidad electoral que oponer a los partidos centrales, más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente a frente para fiscalizarlo y encarrilarlo.

Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales, el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad, comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía, encargados de suministrarle los legisladores a su imagen y semejanza que habían de mantenerlo en el poder.


Leer / Descargar texto

Dominio público
167 págs. / 4 horas, 53 minutos / 282 visitas.

Publicado el 2 de mayo de 2019 por Edu Robsy.

Pequeños Propietarios

Roberto Arlt


Cuento


Cierta noche, Eufrasia, poco después de cenar, le dijo a Joaquín, su esposo:

—¿Sabes?, tengo el presentimiento de que el de al lado le roba materiales al infeliz a quien le está construyendo la casa.

Joaquín la soslayó hosco, con su ojo de vidrio.

—¿De dónde sacas eso?

—Porque hoy al oscurecer vino con el carrito cargado de polvo de ladrillo y tapado con bolsas, para disimular.

—No puede ser.

—Sí, porque ayer traía unos mosaicos debajo del brazo, también envueltos en una bolsa rota. Y se les veía el canto.

—Entonces... ¡quién sabe!...

—Sí... también me fijé cuando tenía la otra obra. Al principio llegaba temprano con el carrito, después, cuando estaba por terminar, mucho más anochecido, y siempre el carrito tapado. Con ese material deben haber construido la marquesina.

Taciturno, replicó Joaquín:

—Claro, así es fácil construir obras para darle envidia a los otros.

Luego no hablaron más. Cenaron en silencio y el ojo de Joaquín, el corredor y pequeño propietario, estaba tan inmóvil como su otro de vidrio.

Solo al acostarse, cuando Eufrasia iba a apagar la lámpara, dijo sin mirar a su esposo, con la voz ligeramente desnaturalizada por el deseo de que fuera natural;

—Si el dueño de la casa lo supiera...

—Lo hace meter preso —fue el único comentario del tuerto. Luego se acostaron y ya no hablaron más.


* * *


Los dos propietarios se odiaban con rencor tramposo.


Leer / Descargar texto

Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 505 visitas.

Publicado el 28 de abril de 2023 por Edu Robsy.

4344454647