Al niño Washington Carranza
Mamá Teresa no era el solo cronista de las nocturnas reuniones a la luz de la luna, bajo los algarrobos del patio.
La vieja nodriza tenía días de sombría tristeza, dolorosos
aniversarios que le recordaban la muerte de sus padres, de su marido, de
sus hijos.
—Don Gerónimo —decía entonces a un contemporáneo suyo, antiguo,
capataz de mulas—, cuente usted un caso a estos niños que yo tengo hoy
el alma dolorida y quebrantado el corazón.
—Y cerrando los ojos, inclinada la cabeza y el rosario entre las manos, hundíase en silenciosa plegaria.
Don Gerónimo Banda, tan bueno para una trova como para una conseja,
sentábase en medio al turbulento círculo y nos refería las escenas de
su vida nómada, historias portentosas que escuchábamos maravillados
tendido el cuello, conteniendo el aliento, y la vista fija en la masa de
blancas barbas que ocultaba la boca del narrador.
Hoy era la persecución de un bandido que amparándose de las selvas,
emprendía una fuga aérea sobre las copas de los árboles; mañana el
terrible encuentro de un tigre, y las peripecias de la formidable lucha
en que las garras de la fiera le destrozaban las espaldas, en tanto que
él, puñal en mano, y el brazo hundido en las horribles fauces, rompíale
las entrañas y la arrojaba sin vida a sus pies.
Otras veces, era la vertiginosa carrera sobre las alas de un
avestruz, al través del espacio inmensurable de la pampa, huyendo ante
las hordas salvajes, que en numerosa falange perseguían al extraño
jinete sobre sus veloces corceles, como una cacería fantástica. Otras
aun, descrita con gráfica expresión, la disparada de diez mil mulas,
espantadas por la aparición de un alma en pena en las hondas gargantas
de los Andes.
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