La protesta de la musa
En el cuarto sencillo y triste, cerca de la mesa cubierta de hojas
escritas, la sien apoyada en la mano, la mirada fija en las páginas
frescas, el poeta satírico leía su libro, el libro en que había
trabajado por meses enteros. La oscuridad del aposento se iluminó de una
luz diáfana de madrugada de mayo; flotaron en el aire olores de
primavera, y la Musa, sonriente, blanca y grácil, surgió y se apoyó en
la mesa tosca, y paseó los ojos claros, en que se reflejaba la
inmensidad de los cielos, por sobre las hojas recién impresas del libro
abierto.
—¿Qué has escrito? —le dijo.
El poeta calló silencioso, trató de evitar aquella mirada, que ya no
se fijaba en las hojas del libro, sino en sus ojos fatigados y
turbios...
—Yo he hecho —contestó, y la voz le temblaba como la de un niño
asustado y sorprendido—, he hecho un libro de sátiras, un libro de
burlas en que he mostrado las vilezas y los errores, las miserias y las
debilidades, las faltas y los vicios de los hombres. Tú no estabas
aquí... No he sentido tu voz al escribirlos, y me han inspirado el Genio
del odio y el Genio del ridículo, y ambos me han dado flechas que me he
divertido en clavar en las almas y en los cuerpos, y es divertido...
Musa, tú eres seria y no comprendes estas diversiones; tú nunca te ríes;
mira: la flechas al clavarse herían, y los heridos hacían muecas
risibles y contracciones dolorosas; he desnudado las almas y las he
exhibido en su fealdad, he mostrado los ridículos ocultos, he abierto
las heridas cerradas; esas monedas que ves sobre la mesa, esos escudos
brillantes son el fruto de mi trabajo, y me he reído al hacer reír a los
hombres, al ver que los hombres se ríen los unos de los otros. Musa,
ríe conmigo... La vida es alegre...
Y el poeta satírico se reía al decir esas frases, a tiempo que una
tristeza grave contraía los labios rosados y velaba los ojos profundos
de la Musa.
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