Benjamín Arbelloa, un Escritor de Cuentos Argentino
Francisco A. Baldarena
selección de cuentos
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Publicado el 9 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 9 de octubre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 2 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
En la plaza de la villa se celebraba el mercado semanal los lunes. Allí se congregaban las campesinas de los contornos con sus cestas repletas de huevos y frutas y manteca. Gritaban las aldeanas ofreciendo sus mercancías, gritaban más alto aún las obreras y domésticas de la villa ofreciendo por ellas precios irrisorios, piaban las gallinas, gruñían los cerdos, mugían los terneros, relinchaban los potros. Todos estos ruidos envueltos llegaban hasta mí como un sordo rumor que me producía somnolencia.
Los lunes por la tarde no teníamos escuela a causa del mercado. El Municipio dejaba generosamente al maestro todo este tiempo para proveerse de comestibles. No necesitaba tanto.
En casa no querían que saliese a la calle, por miedo a los coches, a los borrachos, a las brujas, etc. Tampoco querían retenerme dentro de ella, porque molestaba con mis juegos ruidosos. Adoptábase un justo medio; me enviaban al almacén.
Era éste una vasta pieza vacía y polvorienta, con ventana abierta al soportal, pues la calle era de arcos, como otras muchas de la villa en que habitábamos. Prohibición absoluta de saltar por esta ventana al soportal. Llevaba, pues, mi pelota, mi peonza, mi escopeta de muelles, y me entretenía lo mejor posible en aquellas largas horas vespertinas. De vez en cuando me acercaba a la ventana, apoyaba los codos en el alféizar, y miraba cruzar a los transeuntes.
El único que me interesaba entre ellos era Nabor, mi amigo Nabor, un niño rechoncho y mofletudo que pasaba tristemente hacia su clase de latín con los libros bajo el brazo. Sólo tenía un año más que yo, y había asistido conmigo a la escuela hasta hacía poco tiempo; pero, debiendo partir en breve al Colegio de Artillería, sus padres le habían sacado de ella para que aprendiese latín, convencidos tal vez de que sin entender a Virgilio no dispararía jamás bien un cañón.
Dominio público
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Publicado el 26 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
De la empingorotada grandeza y el coruscante lustre de sus antepasados, he aquí lo que le restaba, catorce años hace, al señor don Robustiano Tres-Solares y de la Calzada.
Un casaquín de paño verde con botones de terciopelo negro.
Un chaleco de cabra, amarillo.
Un corbatín de armadura.
Dos cadenas de reló con sonajas, sin los relojes.
Un pantalón de paño negro, muy raído.
Un par de medias-botas con la duodécima remonta.
Un sombrero de felpa asaz añejo, y
Un bastón con puño y regatón de plata.
Esto para los días festivos Y grandes solemnidades.
Para los días de labor:
Otro casaquín, incoloro, que soltaba la estopa de los entreforros por todas las costuras y poros de su cuerpo.
Otro corbatín, de terciopelo negro, demasiadamente trasquilado.
Otro chaleco, de mahón, de color de barquillo.
Otro pantalón, «de pulga», con más p asadas que un pasadizo.
Otro sombrero de copa, forrado de hule.
Unas zapatillas de badana; y
Un par de abarcas de hebilla para cuando llovía.
Como ornamentos especiales y prendas de carácter:
Una capa azul, con cuello de piel de nutria y muletillas de algodón; y
Un enorme paraguas de seda encarnada, con empuñadura, contera y argolla de metal amarillo.
Como elementos positivos y sostén de lo que antecede y de algo de lo que seguirá:
Una casa de cuatro aguas con portalada y corral, de la que hablaremos luego más en detalle.
Una faja o cintura de vicios y retorcidos castaños alrededor de la casa.
Dominio público
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Publicado el 31 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
Cuando se supo que había fallecido Vieyra —de una enfermedad consuntiva, latente toda su vida y declarada al final—, la gente no se preguntó la causa de tal suceso. «¡Hombre, todos hemos de pasar por ahí!». Lo que se dieron a investigar durante media hora en la Pecera, en la reunión de amigos y otros círculos locales fue, no cómo había muerto el bueno de Vieyra, sino cómo había vivido.
Encontraban en su vivir una paradoja realizada. Había vivido... sin poder. Por todo recurso contaba con dos o tres heredades que le producían una renta irrisoria, y un vago destino, de esos que a fuerza de reducciones y descuentos, suspensiones y amagos de supresión, no sólo parece que no deben mantener a un hombre, sino que dan la idea de que será preciso poner dinero encima. Vieyra era intérprete en el Lazareto... y no es lo bueno que lo fuese, sino que lo era sin saber idioma alguno.
—Yo tengo resuelta esa dificultad —declaraba a los que le daban bromas—. Si vienen americanos, claro es que me expreso en español... Si portugueses o brasileños, en gallego del más puro... Y si son franceses o ingleses..., ¡demonio!, entonces... Entonces..., ustedes reconocerán que a esos tíos nadie les ha hablado jamás en su lengua. Les presento picadura, maryland, una botellita de cerveza o de jerez... y me entienden en seguida.
Con tales botellitas, adquiridas a un precio y revendidas a otro; con algo de negocio de picadura y tabaco, ciertas pequeñas ganancias realizaba Vieyra; pero era tan eventual todo ello, tan mermado y, sobre todo, tan dependiente de su capricho y de su humor, asaz tornadizos y muy poco industriales, que continuaba igualmente problemático cómo había podido sustentarse aquel hombre —sin pedir a nadie nada, sin deber tampoco—, y el gran lujo español, ¡fumándose buenos puros!
Dominio público
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Publicado el 27 de octubre de 2020 por Edu Robsy.
En la carretera de la costa; en el trayecto de Gijón a Avilés, casi a mitad de camino, entre ambas florecientes villas, se detuvo el coche de carrera al salir del bosque de la Voz, en la estrechez de una vega muy pintoresca, mullida con infinita hojarasca de castaños y robles, pinos y nogales, con los naturales, tapices de la honda pradería de terciopelo verde oscuro que desciende hasta refrescar sus lindes en un arroyo que busca deprisa y alborotando el cauce del Aboño. Era una tarde de agosto, muy calurosa aún en Asturias; pero allí mitigaba la fiebre que fundía el ambiente una dulce brisa que se colaba por la angostura del valle, entrando como tamizada por entre ramas gárrulas e inquietas del robledal espeso de la Voz que da sombra en la carretera en un buen trecho.
Al detenerse el destartalado vehículo, como amodorrado bajo cien capas de polvo, los viajeros del interior, que dormitaban cabeceando, no despertaron siquiera. Del cupé saltó como pudo, y no con pies ligeros ni piernas firmes, un hombre flaco, de color de aceituna, todo huesos mal avenidos, de barba rala, a que el polvo daba apariencia de cana, vestido con un terno claro, de verano, traje de buena tela, cortado en París, y que no le sentaba bien al pobre indiano, cargado de dinero y con el hígado hecho trizas.
Pepe Francisca don José Gómez y Suárez en el comercio, buena firma, volvía a Prendes, su tierra, después de treinta años de ausencia; treinta años invertidos en matarse poco a poco, a fuerza de trabajo, para conseguir una gran fortuna, con la que no podía ahora hacer nada de lo que él quería: curar el hígado y resucitar a Pepa Francisca de Francisquín, su madre.
Dominio público
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Publicado el 28 de noviembre de 2016 por Edu Robsy.
En la vida del hombre, sólo dos mujeres tienen cabida legítima: su madre y la madre de sus hijos. Fuera de estos dos amores puros y santos, son los demás divagaciones peligrosas ó culpables extravíos.
Llegué al baile á las diez y cuarto, cuando comenzaba á excitar la animación la entrada del personaje político en cuyo honor se celebraba. Recorría éste las salones y las anchas y suntuosas galerías, guiado por el general Belluga, que hacía veces de cicerone, y le presentaba á los notables de la provincia. Venía detrás la personaja, con pujos y aires de gran dama de la antigua corte, dando el brazo á mi tío el Duque de Sos, rancia figura decorativa en todos los actos solemnes del partido de Isabel II; y rodeadas de pollos y damiselas, cerraban la marcha dos personajitas, hijas del personaje: morenilla la una y pintorescamente bizca; rubia desteñida la otra, con una boquita de que pudo decir Bussy lo que de Mlle. Mancini dijo:
“...aquel piquito amoroso.
Que llega de oreja á oreja.”
Sucedía esto en Marzo de 1869, cuando á raíz de la Revolución
organizábanse isabelinos y carlistas, y tendían la caña con igual
empeño, á fin de pescar entre sus filas los personajes políticos
vacantes que las turbias olas desbordadas en el pasado Septiembre no
habían zambullido del todo. Agasajábanles tirios y troyanos, y dejábanse
ellos querer, comiendo con unos, cenando con otros, sacando el jugo á
todos y no soltando prenda con ninguno, hasta ver, sin duda, de qué lado
caían las pesas, y sacar entonces al mejor postor la consecuencia de su
política y la firmeza de su lealtad.
Dominio público
195 págs. / 5 horas, 41 minutos / 353 visitas.
Publicado el 14 de septiembre de 2021 por Edu Robsy.
Al niño Washington Carranza
Mamá Teresa no era el solo cronista de las nocturnas reuniones a la luz de la luna, bajo los algarrobos del patio.
La vieja nodriza tenía días de sombría tristeza, dolorosos aniversarios que le recordaban la muerte de sus padres, de su marido, de sus hijos.
—Don Gerónimo —decía entonces a un contemporáneo suyo, antiguo, capataz de mulas—, cuente usted un caso a estos niños que yo tengo hoy el alma dolorida y quebrantado el corazón.
—Y cerrando los ojos, inclinada la cabeza y el rosario entre las manos, hundíase en silenciosa plegaria.
Don Gerónimo Banda, tan bueno para una trova como para una conseja, sentábase en medio al turbulento círculo y nos refería las escenas de su vida nómada, historias portentosas que escuchábamos maravillados tendido el cuello, conteniendo el aliento, y la vista fija en la masa de blancas barbas que ocultaba la boca del narrador.
Hoy era la persecución de un bandido que amparándose de las selvas, emprendía una fuga aérea sobre las copas de los árboles; mañana el terrible encuentro de un tigre, y las peripecias de la formidable lucha en que las garras de la fiera le destrozaban las espaldas, en tanto que él, puñal en mano, y el brazo hundido en las horribles fauces, rompíale las entrañas y la arrojaba sin vida a sus pies.
Otras veces, era la vertiginosa carrera sobre las alas de un avestruz, al través del espacio inmensurable de la pampa, huyendo ante las hordas salvajes, que en numerosa falange perseguían al extraño jinete sobre sus veloces corceles, como una cacería fantástica. Otras aun, descrita con gráfica expresión, la disparada de diez mil mulas, espantadas por la aparición de un alma en pena en las hondas gargantas de los Andes.
Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 111 visitas.
Publicado el 2 de enero de 2021 por Edu Robsy.
Cuatro años de espantosa agonía, en que la
víctima ha acabado por humillar al verdugo: he aquí el «Gólgota» del
pueblo mexicano, de este pueblo mártir sobre cuya cabeza han dejado caer
los farisaicos reyes de Europa, su anatema y el poder de su fuerza
brutal.
¡La Victoria! he aquí el «Tabor» desde cuya altura, México, el atleta de
las libertades americanas, se ha transfigurado delante del mundo, y
muestra a sus enemigos su rostro que resplandece como el sol.
Este libro encierra la historia de esos dolores y de ese glorioso
triunfo, revestida con las galas que la imaginación de un poeta ha
sabido prestar a sus heroicos recuerdos, que son también los de la
Patria.
¡Soldado de la República, valiente hijo del pueblo, que luchaste sin
descanso defendiendo la tierra de tus padres! Tú que ahora ves flamear
tu orgullosa bandera mecida por el viento de la gloria, y quitas de ella
la corona de laureles para colocarla como ofrenda votiva en la tumba
sagrada de los que murieron por la libertad; tú, hombre de corazón que
conoces la grandeza de los sacrificios de la Patria: abre y lee.
Ahí está tu propia historia; ahí está el libro de tu alma; ahí están las
hojas dispersas que escribiera el dolor con sus lágrimas de fuego, y
que ha recogido el tiempo en sus armas de bronce para hacerlas leer a
las generaciones futuras.
Abre y lee… y cuando en las calladas horas de la noche, sentado junto al
hogar, las recites a los hijos de tu amor… orgullosos de tener tal
padre, diles que ésta no es una fábula inventada para entretener el
ocio; sino la verdad, aunque disfrazada con el atavío de la leyenda.
Y que la guarden en su memoria para que la evoquen cuando esté próxima a extinguirse en su corazón la llama del patriotismo.
IGNACIO M. ALTAMIRANO
Dominio público
445 págs. / 12 horas, 59 minutos / 659 visitas.
Publicado el 2 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.
Ahí va otro tomo de crítica impresionista de cosas del día, escrito al volar de la pluma, como todo lo que escribo, entre bostezos de aburrimiento y espirales de humo de cigarro. No creo que haya quien mire lo que sale de su pluma con más desdén que el que suscribe, que dicen los redactores de instancias, comunicados ó cosas por el estilo.
Injusticia notoria es la de aquellos censores cubanos que me tildan de quisquilloso y me echan en cara el tono agresivo con que suelo responder—según ellos—á las amonestaciones de la crítica. No hay tales amonestaciones ni tal crítica ¡jinojo! que dice el tabernero de El sabor de la tierruca, á no ser que se entienda por crítica poner al prójimo como digan dueñas ó soltarle un pullazo á mansalva. Aunque eso ya sé yo que no es crítica ni sátira ni que en manera alguna me ha de quitar nombre—si tengo alguno—antes me le da (las críticas, cuando son exageradamente injustas, producen el efecto del bombo más ruidoso), suele irritarme los nervios, ni más ni menos que aquel que va por la calle acaba por perder la paciencia al verse perseguido por un faldero que le ladra sin descanso.
Por lo demás, las tales critiquillas me tienen sin cuidado. Ni me quitan el sueño ni el apetito. Por estas, que son cruces, es un decir.
Creo que lo que escribo es bastante malo, si bien tengo el consuelo de que... ¡aun hay Commeleranes en el mundo!—y seguirá habiéndoles para tormento de los cajistas, Amén.
Dominio público
265 págs. / 7 horas, 44 minutos / 47 visitas.
Publicado el 28 de diciembre de 2022 por Edu Robsy.