I
En cuanto despertó el duque, púsose á toser como un desesperado. Del
tabaco. Se lo decían los médicos. Veneno lento. Le causaba tos, anginas,
palpitaciones cardíacas y trastornos visuales. Lo cual desaparecía así
que fumaba menos ó por tres ó cuatro días dejaba de fumar.
Sacó un cigarrillo de su pitillera de piel de cocodrilo, y lo encendió.
¡Al diablo la higiene y los doctores!
¡Hombre! ¡pues tendría que ver...! Estos parecían preocuparse
únicamente de descubrirle aspectos perniciosos á cuanto hace la vida
llevadera: el vino, el juego, las mujeres, el tabaco...
Cuatro elementos sin los cuales él se habría pegado un tiro.
Y no porque el eximio duque de Puentenegro, heredero de cien nobles
que lucharon en Flandes y en Italia, y que tenían llena la hispana
historia con la gloria de sus nombres, dejase de ser un grande
aficionado á altas empresas, sino porque las altas empresas, dignas de
los grandes, habíanse agotado en el ambiente democrático actual.
¿Qué, meterse él, Hipólito, tal que sus hermanos y tantos otros, á
minero, á ganadero, á productor de vinos, á fabricante de azúcar ó
fabricante de papel, ni más ni menos que cualquier burguesete pelagatos?
¡Bah!... La misión de un prócer, á través de la presente plebeyez
insoportable, debiera ser, y nada más, pasearle al mundo por las
cochinas narices democráticas los faustos de su estirpe.
Así había él venido realizándolo siempre, siempre, desde el primer
albor de juventud, para haber logrado esta insuperable fama de
mundanidad y de elegancia, mal que bien, todavía prendida en el chic de su monóculo, do sus polainas blancas, de su pantalón arremangado y de su flor azul en el ojal.
Leer / Descargar texto 'El Papá de las Bellezas'