A vosotras, madres de las muchachas anémicas, va esta historia,
la historia de Berta, la niña de los ojos color de aceituna, fresca
como una rama de durazno en flor, luminosa como un alba, gentil
como la princesa de un cuento azul.
Ya veréis, sana y respetables señoras, que hay algo mejor que el
arsénico y el fierro, para encender la púrpura de las lindas
mejillas virginales; y que es preciso abrir la puerta de su jaula a
vuestras avecitas encantadoras, sobre todo, cuando llega el tiempo
de la primavera y hay ardor en las venas y en las savias, y mil
átomos de sol abejean, en los jardines, como un enjambre de oro
sobre las rosas entreabiertas.
Cumplidos sus quince años, Berta empezó a entristecer, en tanto
que sus ojos llameantes se rodeaban de ojeras melancólicas.
—Berta, te he comprado dos muñecas…
—No las quiero, mamá…
—He hecho traer los Nocturnos…
—Me duelen los dedos, mamá…
—Entonces…
—Estoy triste, mamá…
—Pues que se llame al doctor…
Y llegaron las antiparras de aros de carey, los guantes negros,
la calva ilustre y el cruzado levitón.
Ello era natural. El desarrollo, la edad… síntomas claros, falta
de apetito, algo como una opresión en el pecho… Ya sabéis; dad a
vuestra niña glóbulos de arseniato de hierro, luego, duchas. ¡El
tratamiento!…
Y empezó a curar su melancolía, con glóbulos y duchas al
comenzar la primavera, Berta, la niña de los ojos color de
aceituna, que llegó a estar fresca como una rama de durazno en
flor, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento
azul.
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