—¡Ah! ¡Conque es cierto! Conque ese sabio parisiense ha
logrado sacar del fondo de sus retortas, de sus matraces, la púrpura cristalina
de que están incrustados los muros de mi palacio!
Y al decir esto el pequeño gnomo1
iba y venía, de un lugar a otro, a cortos saltos, por la honda cueva que le
servía de morada; y hacía temblar su larga barba y el cascabel de su gorro azul
y puntiagudo.
En efecto, un amigo del centenario Chevreul —cuasi
Althotas—, el químico Fremy, acababa de descubrir la manera de hacer rubíes y
zafiros.
Agitado, conmovido, el gnomo —que era sabidor y de
genio harto vivaz— seguía monologando.
—¡Ah, sabios de la edad media! ¡Ah Alberto el Grande,
Averroes, Raimundo Lulio! Vosotros no pudisteis ver brillar el gran sol de la
piedra filosofal, y he aquí que sin estudiar las fórmulas aristotélicas, sin
saber cábala y nigromancia, llega un hombre del siglo décimo nono a formar a la
luz del día lo que nosotros fabricamos en nuestros subterráneos! ¡Pues el
conjuro! Fusión por veinte días, de una mezcla de sílice y de aluminato de
plomo: coloración con bicromato de potasa, o con óxido de cobalto. Palabras en
verdad, que parecen lengua diabólica.
Risa.
Luego se detuvo.
* * *'
El cuerpo del delito estaba ahí, en el centro de la
gruta, sobre una gran roca de oro; un pequeño rubí, redondo, un tanto
reluciente, como un grano de granada al sol.
El gnomo tocó un cuerno, el que llevaba a su cintura, y
el eco resonó por las vastas concavidades. Al rato, un bullicio, un tropel, una
algazara. Todos los gnomos habían llegado.
Era la cueva ancha, y había en ella una claridad
extraña y blanca. Era la claridad de los carbunclos2
que en el techo de piedra centelleaban, incrustados, hundidos, apiñados, en
focos múltiples; una dulce luz lo iluminaba todo.
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