Textos más populares esta semana disponibles que contienen 'b' | pág. 45

Mostrando 441 a 450 de 3.333 textos encontrados.


Buscador de títulos

textos disponibles contiene: 'b'


4344454647

Aguafuertes Gallegas

Roberto Arlt


Artículo, Crónica


Trabajador gallego en campo americano. Mar bravo y montaña empinada. Reciedumbre gallega

Nuestro desapego por el trabajo físico, es tan evidente que de él ha nacido la desestima que cierto sector de nuestro pueblo experimenta hacia la actividad del gallego. Convertimos en síntoma de superioridad la falta de capacidad. Razonamos equivocadamente así: «Si el gallego trabaja tan brutalmente, y no le imitamos, es porque nosotros somos superiores a él». En este disparate, índice de nuestra supuesta superioridad, nos apoyamos para hacerle fama al gallego, de bruto y estólido, sin darnos cuenta que esa superioridad es, precisamente, síntoma de debilidad.

Visitemos una aldea gallega, de los alrededores de Vigo, Persibilleira, Panjon, La Bouza, Corujo.

El gallego trabaja en piedra. No en ladrillo. No en madera: piedra.

De piedra son los hórreos donde pone a orear el trigo. De piedra las casas. De piedra las piletas y las campanas bajo las cuales arde el fuego. De piedra los techos, de piedra las fuentes, de piedra los postes que sostienen las viñas, de piedra los muros que cercan los sembradíos, de piedra los puentes y los caminitos que corren entre los maizales y de piedra los troncos que sostienen las alambradas. Sin embargo, el monte gallego negrea de bosques. Le sobra madera. Levantemos la cabeza. Allá arriba, donde únicamente pueden andar las cabras, en la cima del monte, en un retazo de tierra, avanza la sembradura. Esto no es un juguete. Aquí, en Galicia, aunque se esté entrenado para subir pendientes, hay que hacer un alto cada cien metros.


Leer / Descargar texto

Dominio público
58 págs. / 1 hora, 43 minutos / 226 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2021 por Edu Robsy.

La Biblia Gaucha

Javier de Viana


Cuentos, colección


El primer rancho

Hubo una vez un casal humano nacido en una tierra virgen. Como eran sanos, fuertes y animosos y se ahogaban en el ambiente de la aldea donde torpes capitanejos, astutos leguleyos, burócratas sebones disputaban preeminencias y mendrugos, largáronse y sumergiéronse en lo ignoto de la medrosa soledad pampeana. En un lugar que juzgaron propicio, acamparon. Era en la margen de de un arroyuelo, que ofrecía abrigo, agua y leña. Un guanaco, apresado con las boleadoras, aseguró por varios días el sustento. El hombre fué al monte, y sin más herramienta que su machete, tronchó, desgajó y labró varios árboles. Mientras éstos se oreaban a la intemperie, dióse a cortar paja brava en el estero inmediato. Luego, con el mismo machete, trazó cuatro líneas en la tierra, dibujando un cuadrilátero, en cada uno de cuyos ángulos cavó un hoyo profundo, y en cada uno clavó cuatro horcones. Otros dos hoyos sirvieron para plantar los sostenes de la cumbrera. Con los sauces que suministraron las "tijeras” y las ramas de "envira” que suplieron los clavos, quedó armado el rancho. Con ramas y barro, alzó el hombre animoso las paredes de adobe; y luego después hizo la techumbre con la “quincha” de paja, y quedó lista la morada, construcción mixta basada en la enseñanza de dos grandes arquitectos agrestes: el hornero y el boyero.

Y así nació el primer rancho, nido del gaucho.

Vida

En la sociedad campesina, allí donde los derechos y los deberes están rígidamente codificados por las leyes consuetudinarias, para aquellas conciencias que viven, en íntimo y eterno contacto con la naturaleza; para aquellas almas que encuentran perfectamente lógicos, vulgares y comunes los fenómenos constantes de la vida, y que no tienen la insensatez de rebelarse contra ellos, consideran como un placer, pero sin entusiasmos, la llegada de un nuevo vastago.


Leer / Descargar texto

Dominio público
50 págs. / 1 hora, 28 minutos / 224 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2022 por Edu Robsy.

La Venganza del Médico

Roberto Arlt


Cuento


¿Fue o no aquel acto una venganza del doctor Niser Blake?

Hay cosas que la gente nunca debe olvidar, como por ejemplo la mentalidad de un hombre a quien se ha ofendido.

Esto fue lo que le ocurrió a Ofelia (señora), ella olvidó que en cierta época retorció como un trapo el orgullo de Niser Blake. Cierto es que de eso hacía mucho tiempo, pero también era que Niser le había dicho personalmente que no olvidaría el agravio en veinte años. Ella se echó a reír entonces, primero porque veinte años le parecía una incalculable suma de años y después porque era joven, bonita y solicitada. Estaban los dos en un baile, de pie frente a un espejo, Ofelia empolvándose las mejillas, él estirando el nudo de su corbata, cuando ella dijo:

—Hemos terminado, Niser. Es inútil que insistas.

Niser regresó a su casa, se tapó la cara con la almohada y lloró desesperadamente. El asunto no tenía solución, matarse, matarla. O matarse y matarla simultáneamente.

Niser no se mató ni cometió ningún homicidio. Halló fuerzas sobrehumanas, vaya a saber en qué rincón de su alma enloquecida, y se resignó a agonizar durante un año. Es curioso que un hombre pueda agonizar de pena durante un año, y que cada minuto sea un minuto de sufrimiento, por consiguiente, ese hombre, durante un año, vive varios millones de sufrimientos consecutivos e individuales. Pero así suele ocurrir, y así Niser vivió uno a uno durante trescientos sesenta y cinco días. Luego, una mañana, despertó con la sensación de que la cabeza se le había quedado hueca. Estaba un poco abombado, tenía la impresión de ser un hombre que había caminado durante mucho tiempo por la calle de una ciudad extraña cuyos pobladores eran exclusivamente gente negra. Escribió en una libreta de memorias:


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 206 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Vagabundo

Baldomero Lillo


Cuento


En medio del ávido silencio del auditorio alzóse evocadora, grave y lenta, la voz monótona del vagabundo:

—…Me acuerdo como si fuera hoy; era un día así como éste; el sol echaba chispas allá arriba y parecía que iba a pegar fuego a los secos pastales y a los rastrojos. Yo y otros de mi edad nos habíamos quitado las chaquetas y jugábamos a la rayuela debajo de la ramada. Mi madre, que andaba atareadísima aquella mañana, me había gritado ya tres veces, desde la puerta de la cocina: “¡Pascual, tráeme unas astillas secas para encender el horno!”

Yo, empecatado en el juego, le contestaba siguiendo con la vista el vuelo de los tejos de cobre:

—Ya voy, madre, ya voy.

Pero el diablo me tenía agarrado y no iba, no iba… De repente, cuando con la redondela en la mano ponía mis cinco sentidos para plantar un doble en la raya, sentí en la espalda un golpe y un escozor como si me hubiesen arrimado a los lomos un hierro ardiendo. Di un bufido y ciego de rabia, como la bestia que tira una coz, solté un revés con todas mis fuerzas…

Oí un grito, una nube me pasó por la vista y vislumbré a mi madre, que sin soltar el rebenque, se enderezaba en el suelo con la cara llena de sangre, al mismo tiempo que me decía con una voz que me heló hasta la médula de los huesos:

—¡Maldito seas, hijo maldito!

Sentí que el mundo se me venía encima y caí redondo como si me hubiese partido un rayo… Cuando volví tenía la mano izquierda, la mano sacrílega, pegada debajo de la tetilla derecha.


Leer / Descargar texto


13 págs. / 23 minutos / 203 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

La Novia Fiel

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Fue sorpresa muy grande para todo Marineda el que se rompiesen la relaciones entre Germán Riaza y Amelia Sirvián. Ni la separación de un matrimonio da margen a tantos comentarios. La gente se había acostumbrado a creer que Germán y Amelia no podían menos de casarse. Nadie se explicó el suceso, ni siquiera el mismo novio. Solo el confesor de Amelia tuvo la clave del enigma.

Lo cierto es que aquellas relaciones contaban ya tan larga fecha, que casi habían ascendido a institución. Diez años de noviazgo no son grano de anís. Amelia era novia de Germán desde el primer baile a que asistió cuando la pusieron de largo.

¡Que linda estaba en el tal baile! Vestida de blanco crespón, escotada apenas lo suficiente para enseñar el arranque de los virginales hombros y del seno, que latía de emoción y placer; empolvado el rubio pelo, donde se marchitaban capullos de rosa. Amelia era, según se decía en algún grupo de señoras ya machuchas, un «cromo», un «grabado» de La Ilustración. Germán la sacó a bailar, y cuando estrechó aquel talle que se cimbreaba y sintió la frescura de aquel hálito infantil perdió la chaveta, y en voz temblorosa, trastornado, sin elegir frase, hizo una declaración sincerísima y recogió un sí espontáneo, medio involuntario, doblemente delicioso. Se escribieron desde el día siguiente, y vino esa época de ventaneo y seguimiento en la calle, que es como la alborada de semejantes amoríos. Ni los padres de Amelia, modestos propietarios, ni los de Germán, comerciantes de regular caudal, pero de numerosa prole, se opusieron a la inclinación de los chicos, dando por supuesto desde el primer instante que aquello pararía en justas nupcias así que Germán acabase la carrera de Derecho y pudiese sostener la carga de una familia.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 179 visitas.

Publicado el 27 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

La Siesta de los Zopilotes

Arturo Ambrogi


Cuento, crónica


Los zopilotes, abrumados por el calor canicular, han sofrenado su vuelo, su vuelo pausado y solemne. Los zopilotes se han detenido, jadeantes, y escalonándose de una manera simétrica en las ramas del viejo carao, se dejan vencer por el sopor que flota en la atmósfera.

Los zopilotes, ya acomodados en las ramas del viejo carao, doblan el cuello, zambullen la cabeza bajo las alas medio desplumadas y se quedan inmóviles.

Los zopilotes dormitan.

Y las manchas negras de su plumaje, las manchas intensas y uniformes, se destacan, netas, sobre el fondo de índigo del cielo diáfano y transparente.

Al carao en que los zopilotes se refugian, los años han ido, despiadados, despojándole de todas sus hojas, hasta dejarlo mondo. Y es así que sus ramas se extienden retorcidas, atormentadas, coronando el tronco rugoso, como los ocho tentáculos de un pulpo.

Los zopilotes dormitan.

Mientras tanto, el sol cae a plomo sobre el cantizal.

Cae a plomo, y hiere las aristas de los cantos, los filos de los guijarros rodantes, arrancándoles cegadores destellos. Cae, y reverbera en la arena como sobre una lámina de antimonio.


Leer / Descargar texto

Dominio público
1 pág. / 2 minutos / 176 visitas.

Publicado el 8 de junio de 2020 por Edu Robsy.

En la Rueda

Baldomero Lillo


Cuento


En el fondo del patio, en un espacio descubierto bajo un toldo de durazneros y perales en flor, estaba la rueda. Componíase de una valla circular de tres y medio metros de diámetro hecha con duelas de barriles viejos. En el suelo, cuidadosamente enarenado, había dos hermosos gallos sujetos por una de sus patas a una argolla incrustada en la barrera y, en derredor de ésta, sentados los de la primera fila y de pie los de la segunda, estrechábase un centenar de individuos. Muchachos de dieciséis años, mozos imberbes, hombres de edad madura y viejos encorvados y temblorosos, observaban con avidez los detalles preliminares de la riña. Cada una de las condiciones del desafío: el monto de la apuesta, el número de careos, la operación del peso, provocaba alegatos interminables que concluían a veces en vociferaciones y denuestos.

Por fin, las partes contrarias se pusieron de acuerdo, y mientras el juez ocupaba su sitio, los dos gallos contendores: el Cenizo y el Clavel, sostenidos en el aire por sus dueños, fueron objeto de un último y minucioso examen. Picos y alas, pies y plumas, todo fue cuidadosamente registrado y escudriñado. Los espolones requirieron una atención especial. Reforzados en su base con un anillo de cuero y raspados delicadamente con la hoja de un cortaplumas, quedaron convertidos en agujas sutilísimas.

Terminados los preparativos el juez de la cancha ocupó su asiento: un banco más elevado que los demás. Tenía delante un marco de madera con dos alambres horizontales que sostenían, atravesados por el centro, pequeños discos de corcho: eran los tantos para anotar las caídas y los careos.

Contados los discos, el juez golpeó encima de la barrera para llamar la atención, y luego, dirigiéndose a los galleros, hízoles un ademán con la diestra.


Leer / Descargar texto


6 págs. / 11 minutos / 163 visitas.

Publicado el 29 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Fulano de Tal

Felisberto Hernández


Cuentos, colección, miscelánea


A María Isabel Guerra

Prólogo

Conocí un hombre, una vez, que era consagrado como loco y que me parecía inteligente. Conocí otro hombre, otra vez, que estaba de acuerdo en que el loco consagrado fuera loco, pero no en que me pareciera inteligente. Yo tenía mucho interés en convencerle, y del laberinto que el consagrado tenía en su mesa de trabajo, saqué unas cuantas cuartillas —esto no le importaba a “él”— y traté de reunir las que pudieran tener alguna, aunque vaga ilación —esto de la ilación tampoco le importaba a “él”— y así convencería al otro de la inteligencia de éste. Pero me ocurrió algo inesperado: leyendo repetidas veces lo que escribió el consagrado me convencí de que, en este caso, como en muchos, no tenía importancia convencer a un hombre. Sin embargo, publiqué esto como testimonio de amistad con estas ideas del consagrado.

... Y me quedé loco de no importárseme el porqué de nada y de no poderme entretener: todos los demás se pueden entretener y no están locos. Los genios crean, se entretienen y desempeñan un gran papel estético. Los papeles estéticos son muy variados y están naturalmente combinados con las leyes biológicas de cada uno. La combinación primordial en las leyes biológicas no la entienden los cuerdos: el placer y el dolor, con un gran predominio de dolor —acaso dolor solamente. Y esta combinación es la gran base del entretenimiento humano. Los que están por volverse locos y buscan el porqué del cosmos, están a punto de no entretenerse. Hay horas en que no sé por qué —ni se me importa saberlo, como ahora por ejemplo— imito a los que se entretienen y escribo. Pero, tanto da: al rato me encuentro con que no tengo ni había tenido en qué entretenerme.


Leer / Descargar texto

Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 155 visitas.

Publicado el 9 de febrero de 2025 por Edu Robsy.

Un Hombre Muerto a Puntapiés

Pablo Palacio


Cuento


«¿Cómo echar al canasto los palpitantes acontecimientos callejeros?»

«Esclarecer la verdad es acción moralizadora».

El Comercio de Quito


«Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía N.º 451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.

»Esta mañana, el señor Comisario de la 6.a ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.

»Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho».

No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.

Yo no sé en que estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder.


Leer / Descargar texto

Dominio público
9 págs. / 15 minutos / 148 visitas.

Publicado el 28 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

El Ángel, el Molino, el Caracol del Faro

Gabriel Miró


Colección, Cuentos


A Joaquín Astor.

Estampas rurales

El molino

La mañana es más clara y gozosa en torno del molino.

Ruedan las velas henchidas, exhalando una corona de luz como la que tienen los santos.

En el reposo caliente y duro parece que se oiga la senda rajándose de sol y hormigueros. El viento que bajó de la quebrada, y se durmió en la pastura, y se puso a maldecir en los vallados y en el cornijal de las heredades, da un brinco y se sube al molino, y tiembla y bulle en las aspas de lona.

Las seis alas se juntan en una para los ojos: la que está en lo alto y hace más jovial y más fresco el azul. Y desde arriba canta una tonada de brisa luminosa que dice:

—¡Buen día y pan!

Ya no tiene que trabajar la muela, o se ha marchado el viento antes que el maquilero, y el molino se va parando, parando...

Se queda inmóvil y como desnudo.

Una hormiga gorda, sin soltar el grano que cogió del portal, le murmura a su comadre:

—¡Mira el molino! ¡Tenía una vela remendada!

La comadre se ríe, frotándose los palpos.

—¡Válgame! ¡Tanta vanagloria, y con un remiendo!

Se marchan muy ahina a su troje de la senda para contar el secreto del molino.

El molino no las ve. Sólo atiende hacia las grandes distancias, esperando. Sus seis velas son seis hermanas cogidas de los brazos y de las túnicas de virgen, y también aguardan, calladas, en el azul.

Pero es verdad: una tiene un remiendo, y cuando todas volaban, el remiendo florecía de color suave de trigo y de miel en la blancura de las otras alas.


Leer / Descargar texto

Dominio público
65 págs. / 1 hora, 54 minutos / 137 visitas.

Publicado el 18 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

4344454647