Los Visitantes de las Estrellas y Otros Microcuentos
Francisco A. Baldarena
cuento
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Publicado el 2 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
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Publicado el 2 de septiembre de 2021 por Francisco A. Baldarena .
El gran aposento incaico era de piedra, finamente labrado, y sus grises paredes de sillería estaban decoradas por chapas de oro y nichos en forma de alacenas, en las cuales brillaban innumerables objetos de oro representando animales fantásticos, y vistosos huacos, hechos de arcilla, dibujados con variadas figuras mitológicas. Contenían unos, polvos de colores, illas o piedras bezoares que se crían en el vientre de los llamas, amuletos contra la melancolía, remedios infalibles contra los venenos y las enfermedades. Guardaban otros, cubiertos con transparentes velos, la chicha preparada por las doncellas nobles. Corría por lo alto de toda la pieza y resaltaba entre los sombríos muros y las gruesas vigas que apoyaban la pajiza techumbre una cornisa de oro en la que se veían esculpidas serpientes y cabezas de pumas. Frente a la gran puerta de entrada que, a manera de trapecio, tenía el dintel más estrecho que el umbral y de la cual pendía un tapiz de lana de vicuña con figuras de colores, se alzaba el trono de oro macizo, banquillo trabajado y repujado con primor, a manera de dragón, incrustado de piedras preciosas y puesto encima de una gradería elevada y de un estrado rectangular.
En los escalones del trono, y como indicio de que el noble acababa de levantarse, yacía descuidadamente un aterciopelado manto de pieles de murciélago.
Un indio, vestido con el resplandeciente cumbi y las tornasoladas plumas de la servidumbre imperial, quemaba en un rincón de la pieza maderas fragantes y hierbas aromáticas en ancho brasero de plata que representaba monstruos marinos. Cubría las recias y cuadradas losas del pavimento una alfombra finísima hecha de pelo de alpaca.
Dominio público
71 págs. / 2 horas, 5 minutos / 3.795 visitas.
Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
Cuando ya no cupo duda de que Egor Timofeievich Pomerantzev, el subjefe de la oficina de Administración local, había perdido definitivamente la razón, se hizo en su favor una colecta, que produjo una suma bastante importante, y se le recluyó en una clínica psiquiátrica privada.
Aunque no tenía aún derecho al retiro, se le concedió, en atención a sus veinticinco años de servicios irreprochables y a su enfermedad. Gracias a esto, tenía con que pagar su estancia en la clínica hasta su muerte: no había la menor esperanza de curarle.
Al comienzo de la enfermedad de Pomerantzev su mujer, de quien se había separado hacía quince años, pretendió tener derecho a su pensión; para conseguirla, hasta hizo que un abogado litigara en su nombre; pero perdió la causa, y el dinero quedó a la disposición del enfermo.
La clínica se hallaba fuera de la ciudad. Al lado del camino, su aspecto exterior era el de una simple casa de campo, construida a la entrada de un bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundo un bosquecillo. Como en la mayoría de las casas de campo, su segundo piso era mucho más pequeño que el primero. El tejado era muy alto, y tenía la forma de un hacha invertida. Los días de fiesta, para alegrar a los enfermos, se izaba en él una bandera nacional.
Dominio público
131 págs. / 3 horas, 49 minutos / 190 visitas.
Publicado el 8 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
Cuando Anaconda, en complicidad con los elementos nativos del trópico, meditó y planeó la reconquista del río, acababa de cumplir treinta años.
Era entonces una joven serpiente de diez metros, en la plenitud de su vigor. No había en su vasto campo de caza, tigre o ciervo capaz de sobrellevar con aliento un abrazo suyo. Bajo la contracción de sus músculos toda vida se escurría, adelgazada hasta la muerte. Ante el balanceo de las pajas que delataban el paso de la gran boa con hambre, el juncal, todo alrededor, se empenachaba de altas orejas aterradas. Y cuando al caer el crepúsculo en las horas mansas, Anaconda bañaba en el río de fuego sus diez metros de oscuro terciopelo, el silencio la circundaba como un halo.
Pero siempre la presencia de Anaconda desalojaba ante sí la vida, como un gas mortífero. Su expresión y movimientos de paz, insensibles para el hombre, la denunciaban desde lejos a los animales. De este modo:
—Buen día —decía Anaconda a los yacarés, a su paso por los fangales.
—Buen día —respondían mansamente las bestias al sol, rompiendo dificultosamente con sus párpados globosos el barro que los soldaba.
—¡Hoy hará mucho calor! —la saludaban los monos trepados, al reconocer en la flexión de los arbustos a la gran serpiente en desliz.
—Sí, mucho calor… —respondía Anaconda, arrastrando consigo la cháchara y las cabezas torcidas de los monos, tranquilos sólo a medias.
Dominio público
87 págs. / 2 horas, 33 minutos / 3.704 visitas.
Publicado el 22 de octubre de 2017 por Edu Robsy.
Eran días negros para España.
Los carros de la invasión se guarnecían a la sombra de los palacios de Carlos V y Felipe II; y cruzaban por las carreteras tropas sombrías de soldados extranjeros, levantando nubes de polvo que se cernían pesadamente y se alzaban, condensándose como para formar la lápida de un sepulcro sobre el cadáver de un héroe.
El extranjero iba dominando por todas partes, su triunfo se celebraba como seguro. El pueblo dormía el sueño de la enfermedad, pero un día el león rugió sacudiendo su melena, y comenzó la lucha gloriosa. España caminaba sangrando, con su bandera hecha girones por la metralla de los franceses, por ese doloroso vía crucis que debía terminar en el Tabor y no en el Calvario.
Prodigios de astucia y de valor hacían los guerrilleros, y los días se contaban por los combates y por los triunfos, por los artificios y los dolores.
El ruido de la guerra no había penetrado, sin embargo, hasta la pobre aldea en donde vivía la tía Jacoba con sus tres hijos, Juan Antonio y Salvador, robustos mocetones y honrados trabajadores.
La tía Jacoba había tenido otro hijo también, que murió, dejando a la viuda con tres pequeños, sin amparo y sin bienes de fortuna.
Recogiólos la tía Jacoba, y todos juntos vivían tranquilos, porque la abuela tenía lo suficiente para no necesitar el trabajo personal de las mujeres ni de los niños.
Pero la tía Jacoba era una mujer de gran corazón y de gran inteligencia, y sin haber concurrido a la escuela, ni haber cultivado el trato de personas instruidas, sabía leer, y leía y procuraba siempre adquirir noticias de los acontecimientos de la guerra y de la marcha que llevaban los negocios públicos, entonces de tanta importancia.
Dominio público
128 págs. / 3 horas, 44 minutos / 1.151 visitas.
Publicado el 2 de noviembre de 2018 por Edu Robsy.
Encontrado entre los papeles del difunto Dietrich Knickerboker
...Ahora recuerdo esas voces de viejas que en mi niñez me contaban cuentos de invierno,
Y me hablaban de espíritus y de fantasmas
Que se deslizaban en la noche
Alrededor del lugar donde se oculta un tesoro.
El Judío de Malta, Marlowe
A unos diez kilómetros de la célebre ciudad de Manhattoes, en aquel brazo de mar que queda entre el continente y Nassau o Long Island, se encuentra una angostura donde la corriente queda violentamente comprimida entre los promontorios que se proyectan hacia el mar y las rocas que forman numerosos peñascales. En el mejor de los casos, por ser una corriente violenta e impetuosa, ataca estos obstáculos con poderosa rabia: hirviendo en torbellinos con ruido ensordecedor y deshaciéndose en olas; rabiando y rugiendo en fuerte oleaje; en una palabra, cayendo en un paroxismo equivocado. En esas ocasiones, ¡ay de la desgraciada embarcación que se aventurase entre sus garras!
Sin embargo, este humor malvado prevalece en ciertos momentos de la marea. Cuando el agua está baja, por ejemplo, es tan pacífico que da gusto verlo; pero tan pronto sube aquélla, empieza a enojarse; a media marca ruje potentemente, como un marinero que pide más alcohol, y cuando la marea ha llegado a su altura máxima, duerme tan tranquilamente como un alcalde después de la comida. Puede comparársele con una persona dada a la bebida que se comporta pacíficamente mientras no bebe o no ha tomado todavía lo suficiente, pero que se parece al mismo diablo cuando ha terminado el viaje.
Dominio público
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Publicado el 22 de agosto de 2016 por Edu Robsy.
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Publicado el 30 de agosto de 2021 por Francisco A. Baldarena .
Mis negras culebras dormían sobre la alfombra: y la
intranquilidad que de pronto se apoderó de ellas llegó
a mis trémulas historietas, donde el llanto por
emociones pasadas consiguiera nuevos triunfos.
La agitación de las finas bestias cobró fama de un desvelo;
la seda de sus pieles aquietó pausadamente el
nervioso moaré y, ya de rodillas ante ellas —en el silencio
de la gran sala— sus ojos de vidrio traslucieron
el paisaje de su inquietud, bajo la tienda de un jefe de
rebeldes: —los espejismos crepusculares danzaban en
el horizonte extrañas geometría. Y una luna enorme
surgía, tambaleándose. Y sobre el insomnio de las negras
culebras no supieron conservan tu manto, el
silencio pudo ser llenado con el chocar de tu cadenilla,
¡Salambó, Salambó!
Y como el buen cura me abandonara, permanecí
solo, con las manos sobre el respaldo de la cama, en el
cuartito donde había vivido los últimos meses.
—¿Sabes? quisiera ser una heroína de Mendès;
pero estoy muy enferma, muy enferma, mi pobre Lu-
ciano!
Muerta. Bien muerta estaba mi pobre Sadie! Era
tan alegre, que su retiro al campo nos causó gran pena.
—¿Que usted ríe mucho? Sadie reía más aún. —¿Que
usted esconde las manos para que no se las besen?
Sadie calzaba guantes, y los quitaba tan a menudo!
—¿Que usted ha desdeñado a cuatro caballeros, muer-
tos de amor por usted? Sadie no tenía memoria, y en-
fermó del pecho deshojando azahares bajo el cielo pá-
lido de Niza.
¡Pobre señorita delgada! ¡que vacío dejó usted
entre nosotros!
Ya de noche le habían sido dados los últimos con-
suelos. Leía la última carta:
"La señorita se muere. Iba mejor, y desde ano-
Dominio público
61 págs. / 1 hora, 47 minutos / 51 visitas.
Publicado el 19 de junio de 2026 por Brian.
Para Dino. Porque su paciencia conmigo es infinita.
Para Eduardo y Dinito. Porque, pese a todo, siguen considerándome una aceptable, aunque atípica, versión de madre.
Para mi madre. Porque sin ella, sin su cariño y apoyo, nada sería posible. Para Laly, Carlota, Irene, Magda y Belarmino. Porque ellos, en este orden o en cualquier otro, son los amigos fieles que no te fallan nunca, los importantes, los imprescindibles.
Y para quien conmigo va, aunque su sombra y la mía coincidan tan pocas veces.
Si ellos no existieran, esta aventura, mi primer libro, no sería posible.
Gracias a todos.
Y para tí, Edmundo, estés donde estés. Porque me hiciste
pelirroja y rebelde, porque me enseñaste de la vida más que cualquier
libro. Y porque siempre confiaste en mí, aunque te rieras de mis
ilusiones absurdas llamándome lista, lista, listísima.
Ya ves, papá, tu broma se ha convertido en el título de mi primer libro.
La vida, imprevisible, no siempre confirma las expectativas. Pero algunas sí se cumplen.
Me llama Isabel para solicitarme que le escriba el prólogo a su primer libro que va a publicar. Y lo hago gustoso, con el placer de quien asiste a la confirmación de una promesa anunciada. Atrás quedaron aquellos años que para mí significaban el inicio de mi andadura profesional y en los que Isabel, a sus dieciséis años, se mostraba como una chica aplicada e inquieta, que manejaba la pluma con soltura y despuntaba con sus redacciones originales y sugerentes, llenas de creatividad. Sin duda había madera de escritora en aquella adolescente, soñadora y vivaz, que irradiaba simpatía entre las paredes del Instituto, todavía sin nombre, que le vieron crecer.
Licencia limitada
52 págs. / 1 hora, 31 minutos / 301 visitas.
Publicado el 6 de diciembre de 2020 por Edu Robsy.
Este libro es sin tapas porque es abierto y libre: se puede escribir antes y después de él.
Al doctor Carlos Vaz Ferreira
A la última religión se le termina la temporada. A los hombres de ciencia se les aclara el epílogo que sospechaban. Los jóvenes, vigorosos y deseosos de emociones nuevas, tienen el espíritu maduro para recibir el tarascón de una nueva religión. Todo esto ha sido previsto como las demás veces. Se ha empezado a ensayar la parte más esencial, más atrayente, más fomentadora y más imponente de la nueva religión: el castigo. El castigo de acuerdo con las leyes de la religión última; con el caminito de la moral, que ha de ser el más derecho, el único, el más genial de cuantos han creado los estetas que han impuesto su sistema nervioso como modelo de los demás sistemas nerviosos.
Tenemos muchos datos. A los locos nos tienen mucha confianza en estas cosas. Escribiremos sólo algunos de los datos del primer ensayo y dejaremos muy especialmente a la orilla del plato los de la formación del jurado de los Dioses.
El jurado de los Dioses logró reunirse. —En esto fueron inferiores a los católicos porque conviene que en religión mande “Un Solo Dios Verdadero”.
El primer ejemplar estaba pronto a someterse. El pobre muerto había sido egoísta. Jamás se preocupó del dolor ajeno. Jamás dejó de pensar en sí mismo. Fue un hombre tranquilo. Todo esto pareció mal al jurado y decidieron por unanimidad castigar al muerto: lo colgaron de las manos al anillo de Saturno, le dieron un gran poder de visión y de inteligencia para que viera lo que ocurría en la Tierra; le dieron libertad para que se interesara cuanto quisiera por lo que pasaba en la Tierra, pero si pensaba en sí mismo, se le aflojarían las manos y se desprendería del anillo.
Dominio público
26 págs. / 47 minutos / 67 visitas.
Publicado el 9 de febrero de 2025 por Edu Robsy.