La habitación era grande: tenía como cinco brazas de frente y medio
maneador de largo. Era bajita, eso sí, porque muros de tensión si se
hacen altos, se tuercen cuando los empuja el pampero. Y allá, en la
Cañada del Indio, del sur bonaerense—trecientas leguas de llanura
abrumadora, desabrida como mate lavado,—los pamperos, entropillados,
corretean a diario, haciendo estragos.
La habitación era grande, y parecía más grande por la casi ausencia
de muebles; del mismo modo que parece más grande un caballo
desensillado.
Y allí sólo había una mesa de pino, larga, flanquada a cada lado por un escaño.
Sobre la mesa veíase un candelero de latón sosteniendo una vela de
baño, amarilla y ruin como rama de duraznero apestado; una botella de
caña, varios vasos, un naipe y un platillo con porotos.
Sobre los escaños había, del lado de montar, don Candalicio, el dueño
de la casa: tordillo negro, flaquerón, aire de matungo asoleado; el
pardo Eusebio, cara entre comadreja y zorro y lo de víbora que tienen
indispensablemente los mulatos.
Del lado de enlazar estaban: el sordo Díaz, alias «Tapera», capataz
de la estancia, contemporáneo de los ombúes del patio; Roque Suárez, por
mal nombre «La Madalena», muy alto, muy flaco, muy feo, con la cara muy
larga, la nariz muy afilada, los ojos muy chicos...
Desde las siete de la noche, hora en que terminó la cena, hasta las
diez, había estado jugando al «solo», tomando mate y chupando caña. Y
hubieran continuado, sin duda, si Roque Suárez no hubiese arrojado las
cartas, a raíz del tercer «codillo», exclamando con su voz aflautada,
dolorosa y desagradable:
—¡Es al ñudo prenderle juego a la leña verde!...
—Cuestión de echarle sebo—insinuó maliciosamente el mulato.
Y el patrón con bondad:
—¡Pobre amigo Suárez!... Y'está caliente!...
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