Las tenía de todos los tamaños, de todas las medidas, de todos los sabores, de todos los colores.
Lo suyo era visceral, total: amaba escribir historias, y hacía de
ello su vida misma. Pasaba las horas ante su máquina de escribir, y se
olvidaba, al hacerlo, de hablar, de comer, de dormir. Cuando sentía
nacer una historia en su interior, nada era capaz de detener el impulso
que la llevaba a agarrar su máquina, y llenar aquel folio blanco que era
como una tentación, como un pecado.
Había empezado como un juego, y acabó siendo más fuerte que la vida
misma. Y arrancaba chispas a su máquina de escribir, mientras su
imaginación volaba por libre, descubriendo mundos, inventando realidades
que, hasta que ella aparecía, se escondían muchas veces detrás de la
realidad misma. Y lo que escribía era tan obvio, tan real, tan cierto,
que nadie dudaba de que su vida era rica y densa, interesante, como sus
mismas historias. Nadie podía escribir con tal intensidad, convenciendo
tanto, sin ser parte real de lo contado.
Cuando ella hablaba de amor, una imaginaba las más ardientes
historias, los más densos romances, los besos más apasionados, los más
agotadores clímax. No podía ser de otro modo. Y, quienes la leían,
sentían envidia de sus vivencias, e intentaban imitarla, igualar lo que
ella explicaba:
«Sus ojos la subyugaban. Y ella se dejaba hipnotizar. Sus caricias,
¡ah, sus caricias!. Y el placer inmenso se extendía en oleadas, mientras
besaba su cuello, y sus manos recorrían su cuerpo, sin darle un momento
de reposo...».
¿Cómo no creer que era la mejor amante del mundo? Se preguntaba más
de una, mientras suspiraba resignada, mirando al manta de su marido, que
nunca la llevaba a estas colas de placer, ni le hacía sentir algo
parecido, y que se limitaba a darse la vuelta, en la cama, tras musitar
un:
Leer / Descargar texto 'La Escritora de Historias'