I
Si yo fuera rey absoluto, y así como hay máquinas para medir el
tiempo, las hubiera para medir el sentimiento, había de dar un real
decreto que dijese:
«Pues señor, no se permite hacer Tersos al que no tenga tantos ó cuantos grados de sentimiento.»
Anoche me asomé al balcón á tomar el fresco y á contemplar el azul
del cielo, ante cuya serenidad suelo decir á mi alma: «Aprende, aprende á
estar serena», y oí el siguiente diágolo entre la criada del cuarto
segundo y el criado del cuarto principal de la casa de enfrente:
—¿Qué hora es ya, Perico?
—Las doce.
—Ya pronto vendrán mis señores.
—Y los míos también.
—¿Te toca salir mañana, Bonifacia?
—No, pero voy á pedir licencia á la señora. Como son mis días...
—¡Y que tienes razón, chica! Que los tengas muy felices.
—Con dos cuartas de narices.
—Te voy á sacar unos versos.
—¡Sí, buena cabeza tienes tú para eso!
¡Tras, tras! á la puerta: los señores del cuarto principal, y se llevó Pateta la conversación de Perico y la Bonifacia.
Me alegró de que así sucediera, porque si no, cometo la imprudencia de gritar á la Maritornes de enfrente:
—Oiga usted, los versos no se sacan de la cabeza, que se sacan del corazón.
Quizá el vecino de al lado, que también tomaba el fresco en su
balcón, y presumo de perito en la materia, hubiera terciado en la
cuestión diciéndome:
—Perdone usted, señor mío, que los versos pueden sacarse lo mismo de
la cabeza que del corazón. Lo que sólo se saca del corazón es la poesía.
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