(Tragedia)
Acto único
Bosque. Los gruesos troncos y el oscuro ramaje de los árboles
centenarios piérdense en lo alto entre las sombras de la noche. Robustas
raíces serpentean enmarañadas por el suelo. Al fondo, a la derecha, la
playa del mar. A la izquierda, a media altura del ingente cantil de la
costa, una gruta convertida en templo. Recias puertas de bronce cierran
su entrada; una caterva de disformes monstruos, tallados en la roca, la
guardan y defienden. Desigual escalera abierta en los peñascos sube
hasta el templo.
Soledad y silencio. Sólo se escucha el apagado rumor de las hojas de
los árboles movidas de la brisa y el blando alentar de las dormidas
ondas.
TRES MUJERES, envueltas en oscuros mantos, buscan trabajosamente su
camino en las tinieblas. Una de ellas lleva un niño en los brazos.
Hablan acobardadas, en voz baja.
ANCIANA.—Creo que hemos llegado. Esos negros peñascos que se levantan hasta el cielo me parece que son los del templo.
MADRE JOVEN.—Sí; aquí es... Sentémonos en las raíces de este árbol.
Tengo los brazos muertos. El peso del niño me ha rendido... ¿Faltará
mucho para el día?
DONCELLA.—No; ya amanece. La estrella de la mañana brilla ya sobre las ondas.
ANCIANA.—Así, como la ansiada luz del día, llegarán por el mar los que esperamos.
DONCELLA.—¡Ay! ¡Tardan tanto!
MADRE.—Aún no has aprendido a esperar. Cuando te pase como a mí...
Cinco veces se marchó ya mi esposo desde que nos hemos casado, ¡Y qué
remedio! ¡Aquí no hay de qué vivir!
ANCIANA.—Vosotras quizá podáis esperar con calma. Yo no. Yo soy vieja
y soy madre. Cada día le veo morir en las más espantosas muertes; sus
lamentos en toda clase de suplicios resuenan en mi oído; su voz clama
sin cesar dentro de mi corazón: ¡Madre! ¡Madre!... Cada ola que rompe en
la playa me parece que arrastra su cuerpo sin vida.
Leer / Descargar texto 'El Templo Sin Dios'