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El Molino del Galgo

Eduardo Acevedo Díaz


Cuento


Muchos lo recordarán. Era un molino de viento; gran cilindro de material terminado no por un casquete precisamente, sino por un cono aplanado de madera, semejante en su forma y color a las casquillas ásperas y tostadas de criar abejas reinas, estilo de colmeneros, y que a su vez tenía por remate, coronamiento y veleta, un galgo de hierro con sus pies en el vacío y la cola encorvada, todo pintado de negro y los ojos blancos. A juzgar por el símbolo, debe suponerse que el establecimiento no era mediocre, y sí muy superior a todo molinete o molinejo que en los contornos presumiese de muy activo y acelerado en materia de molienda. No poco de verdad había al respecto. La molinería era escasa y la industria se resentía forzosamente de esta deficiencia. Se estaba al tiempo, y a la calidad y cantidad de la materia prima. De los molinos molondros podía llamarse este el rey, aunque como los demás de su categoría dependiese siempre de los caprichos del viento. Harineros eran todos; que arroceros o de chocolates, o de aceites o de papel, nunca han sido conocidos, lo que da una idea del estado floreciente de la industria molinera entre nosotros. Y pues que el del Galgo era de viento, tenía desde luego, en lugar de rodeznos, unas aspas enormes, bien afirmadas y fijas en la extremidad exterior del eje de una de las ruedas del artificio, al aire libre, para que la moviesen las ráfagas fuertes e hicieran funcionar todo el mecanismo.

Ocupaba el punto céntrico de un dilatado terreno llano que circundaban sensibles lomas a todos los rumbos. Los contornos eran agrestes y tristes. Allá en el fondo, a la parte del levante, se divisaba el mar como una línea azul y a veces algunas blancas velas parecidas a gaviotas vagabundas; a un flanco, en pintoresca zona, las quintas de Basáñez y de los horneros llenas de verdes boscajes y árboles frutales; y al norte la plaza de toros, con su aspecto de Spoliarium rebajado.


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Dominio público
14 págs. / 25 minutos / 47 visitas.

Publicado el 8 de agosto de 2024 por Edu Robsy.

El Momento

José Pedro Bellán


Cuento


Un domingo, a las siete de la tarde, Teresa Mugnone subía la escalera que conducía a la azotea de su casa, una casa sencilla, de dos pisos, edificada en la Avenida Agraciada, a cien metros de la Iglesia y en la parte más alta de la colina.

Llevaba consigo un jarrón lleno de agua, con la cual bañó tres plantas, de claveles, robustas y florecientes, cuyos tallos y ramitos se aglomeraban en redor de las cañas clavadas en la tierra. Hizo esta operación con cariño, enderezando los guías, soplando sobre los pétalos cubiertos de polvo. Concluyó por hablarlas:

—¡Muertas de sed, pobrecitas, muertas de sed! ¡Si no fuera por mí! ¡Ave María... qué casa esta!...

Y enseguida, como notara que uno de los tallos principales se inclinaba demasiado, se acercó a él y prosiguió en un tono quejumbroso:

—¡Mire Vd... en qué estado!... Pero aguarda. Verás que pronto te pongo fuerte. Tomó una astilla de caña, removió la tierra, aporcó el pie y con una cinta, llagada ya, envolvió los tallos en un sólo haz. Cuando hubo terminado quedó abstraída, con su cara junto a las flores, cuyas tonalidades, de un rojo palpitante, se reflejaban en su carne. Luego, sin apresuramientos besó un clavel. Iba a retirarse, cuando, sorprendida por un sentimiento de justicia volvió hacia la planta y repitió la operación con los catorce individuos. Satisfecha, se acercó a la baranda y miró la ciudad.

Era una muchacha de veinte años, algo gruesa, pero conforme a su estatura que pasaba de mediana.


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 44 visitas.

Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

El Momento Oportuno

Alejandro Larrubiera


Cuento


El excelentísimo señor D. Quintilio Azara del Valle, experimentó la más dolorosa de las sorpresas al «encontrarse» viejo, y sin haber realizado ninguna de las tres cosas que, según un proverbio oriental, ha de ejecutar el hombre, si quiere que su paso por este valle de lágrimas sea meritorio: plantar un árbol, publicar un libro ó tener un hijo.

¿Un hijo?... Por tenerle sería capaz del más estupendo de los sacrificios, ¡hasta olvidarse de que era millonario y que por serlo había consumido lo mejor y más florido de su existencia! De pobre abogadillo provinciano, llegó á ser, á fuerza de paciencia y de astucia, de humillaciones y de padecimientos, un Creso de la Banca, senador vitalicio, un personaje en fin. ¿Y para qué todo este oro y todos estos esplendores suyos?... Para encontrarse en los linderos de la vejez sin haber recibido lo que tantos y tantos pobrecitos hombres reciben en el propio hogar: besos de mujer y caricias de niño.

Acuciado por el loable propósito de ser pater familias, lanzóse denodadamente el excelentísimo señor en busca de esposa, sin que en este negocio, el más arduo y peligroso de cuantos hubo de emprender en su dilatado vivir, pesara las ventajas ni los inconvenientes. Como náufrago que sólo ve su salvación en alcanzar el madero que flota en el tumultuoso mar, así D. Quintilio, en el mar de la vida, trataba de asirse al matrimonio como á un leño salvador.

No es cosa que asombre el que su excelencia encontrase, á las primeras de cambio, una colaboradora para la magna y retardada empresa que quería acometer. Y tampoco hay para qué sonreírse maliciosamente si se afirma que la novia era joven, guapa, cariñosa, de conducta intachable y de una familia de las más linajudas madrileñas. ¡Así contara tantas talegas como blasones!


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 113 visitas.

Publicado el 18 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

El Monaguillo

Julia de Asensi


Cuento infantil


I

El pueblo aquel era de tan escasa importancia que sólo conocían su nombre sus habitantes y algunos de los que vivían en los lugares más cercanos. Tenía una plaza grande, pocas calles, cortas y estrechas, un paseo con dos docenas de árboles y una fuente, un convento ruinoso y una iglesia. Ésta era bastante espaciosa, con columnas de piedra, ventanas con cristales de colores, rotos los unos y sucios los otros, varios altares con imágenes de escaso mérito, lámparas de cristal o de metal dorado, cuatro arañas antiguas, floreros adornados con rosas y azucenas hechas por manos más piadosas que hábiles y algunos bancos de madera que ocupaban los días festivos las mujeres y los niños, porque eran contados los hombres que iban a oír misa en aquel lugar.

El retablo del altar mayor, medio borrado ya por la acción del tiempo, representaba la Anunciación y casi lo ocultaba una Virgen de talla, con el niño Jesús en los brazos, que tenía delante. Llevaba la imagen una corona de plata sobre sus negros cabellos e iba vestida con una túnica azul y un manto encarnado, obra todo de un escultor notable, aunque de nombre desconocido. El rostro de la Virgen era muy bello, lleno de dulzura y mansedumbre. Miraban sus hermosos ojos al divino infante y algunos ángeles estaban a los pies del grupo del que eran ornato y complemento.

A los dos lados del altar había muchos exvotos de cera, y sobre él dos candelabros y algunos jarrones y vasos con flores naturales. En aquella iglesia había poco culto; una misa a las seis y otra a las nueve, una función solemne a mediados de mayo en que se celebraba la fiesta principal del pueblo y una novena los días anteriores costeada por las devotas del lugar, sin sermón y sin música.


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Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 169 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2020 por Edu Robsy.

El Mono Ahorcado

Horacio Quiroga


Cuento


Estilicón, un mono mío de antes, tuvo un hijo, cuya vida amargué. Éste murió en 1904, y como escribí su historia —por lo menos la de la catástrofe— el mismo día de haberlo enterrado, la fecha de estas impresiones es, pues, anterior a diciembre de 1904.

Acabo de enterrar a Titán. He hecho abrir un agujero en el fondo del jardín, y allí lo hemos puesto con su soga. Confieso que ese desenlace me ha impresionado fuertemente. Después de una corta vida en paz, mis experiencias extravagantes lo han precipitado en un ensayo del que ya no saldrá.

En resumen, quise hacer hablar a mi mono. He aquí lo que yo pensaba entonces:


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 133 visitas.

Publicado el 25 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Mono Que Asesinó

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama


I


La terrible aventura comenzó en el jardín zoológico una mañana en que nuestro hombre se paseaba bastante aburrido de una jaula a otra. Sus pasos lo llevaron ante el puercoespín, personaje tan espinoso como modesto, pues casi nunca se lo ve fuera de su gruta; arrancáronlo de ahí para detenerlo ante las víboras adormecidas, y luego, pisando una rama seca aquí, mirando distraído allá, Guillermo Boox se detuvo en la jaula de los grandes monos, justamente ante la del pseudogibón ceniciento, al que acompañaban dos pequeños monos de Gibraltar, llamados «monas» con gravísima ofensa para los machos de la especie. 


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36 págs. / 1 hora, 3 minutos / 9 visitas.

Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.

El Monstruo

Vicente Blasco Ibáñez


Cuento


I

Durante una semana, de cinco á siete de la tarde, el «todo París» de los té tango y los tés donde simplemente se murmura habló con insistencia del casamiento de Mauricio Delfour—heredero de la casa Delfour y Compañía, 250 millones de capital—con la bella Odette Marsac, nieta de un parlamentario célebre y casi olvidado que había sido candidato dos veces á la presidencia de la República.

El matrimonio de un rey de la industria con una princesa republicana no es un suceso extraordinario en la vida de París, y sólo da motivo para media hora de conversación. ¡Pero estos dos eran tan interesantes!...

Él había cruzado muchos ensueños femeninos como la personificación de todas las gracias y sabidurías humanas: copa de honor en carreras de jinetes chic, copa de honor en innumerables concursos de esgrima y tiro de pichón, copa de honor en la gran lucha de automóviles París-Nápoles. Su despacho iba tomando aspecto de comedor por el número de vasijas gloriosas que se alineaban sobre los muebles.

Ahora añadía á sus triunfos corporales cierto prestigio de hombre de ciencia, dedicándose á la aviación, volando casi todas las semanas, y frunciendo el ceño con aire misterioso cuando alguien hablaba en su presencia de problemas de mecánica.

Ella era Odette para sus amigas, la incomparable Odette, y para el resto del mundo mademoiselle Marsac, un nombre famoso, pues figuraba en todas las crónicas elegantes, en todos los estrenos, en todas las revistas de modas.


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6 págs. / 12 minutos / 182 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

El Monstruo

Nilo Fabra


Cuento


Don Santiago, el tendero de ultramarinos de la calle del Lobo, a fuerza de economías, sin defraudar en el peso ni en la calidad de los artículos, porque era hombre muy de bien, logró, al cabo de veinticinco años de trabajo y perseverancia, retirarse por completo de los negocios, reuniendo un caudal de cien mil pesetas.

¿En qué iba a emplear el laborioso fruto de sus afanes? — ¿En qué colocaré mi dinero? —se preguntaba todas las noches al acostarse, y esta idea fija en su imaginación no le permitía conciliar el sueño—. ¿En acciones del Banco de España? — ¡Se cotizan ya tan altas! — ¿En papel del Estado? — ¡Si todo se lo ha de llevar la trampa! — ¿En empresas particulares? — ¡Buenos están el comercio y la industria! —¿En acciones u obligaciones de ferrocarriles? — ¡Quién viaja en este desdichado país! — Cuando las transacciones mercantiles vienen a menos, ¡cómo ha de haber tráfico!

Por fin tomó una resolución y fue apelar al consejo de su amigo don Frutos, concejal, diputado a Cortes y hombre ducho en los negocios.

—Si no fueses tan caviloso y pusilánime —le contestó don Frutos—, mi opinión sería que adquirieses papel del Estado, y hasta que doblases la renta por medio del sistema de las pignoraciones o haciendo alguna jugadita de Bolsa; pero para esto se necesita corazón, o por lo menos, desconocimiento del peligro. Como careces de estas circunstancias, y además deseas ante todo la tranquilidad y no te ciega la ambición, creo que lo menos malo que puedes hacer es fincarte en Madrid. Los terrenos del Ensanche ganan de día en día; compra un solar, labra una casita económica y resérvate un cuartito a tu gusto, y así tú y la familia tendréis albergue y una renta, aunque modestísima, suficiente a vuestras limitadas necesidades, sin veros obligados a acudir al préstamo o a mermar el capital, para atender a las exigencias de la vida.


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 41 visitas.

Publicado el 20 de febrero de 2023 por Edu Robsy.

El Monstruo

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


Existe en el nordeste de la república un animal curiosísimo con aspecto de puerco espín y erizo a la vez, cubierto con larguísimas púas, y de fama más sombría aún. Dícese de él que al ser atacado lanza sus flechas contra su enemigo con la velocidad de una bala, y esto desde ocho o diez metros. Dichas púas, según la misma popular creencia, son venenosísimas y no pueden ser más arrancadas de la carne. A tal monstruo se le llama cuendú.

Es animal bastante raro, que apenas se encuentra una que otra vez en lo más sombrío del bosque.

Quiso la suerte un día que un poblador me trajera un cuendú recién cazado, y que estaba furiosísimo, según él. El animal venía dentro de una bolsa, y la bolsa dentro de un cajón de kerosene. Con gran dificultad sacamos al monstruo de su embalaje, pues erizado como estaba a más no poder, resistíase con sus mil púas contra la tela, como otras tantas palancas.


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Dominio público
1 pág. / 3 minutos / 8 visitas.

Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.

El monstruo de metal

Abraham Merritt


Novela, Ciencia ficción


Obra original: The Metal Monster, 1930, en dominio públicoTraductor al español: Artifacs, 2021, CC-BY-NC-SA 4.0.




PRÓLOGO
Antes de que la narración que sigue fuese puesta en mis manos, nunca había visto al Dr. Walter T. Goodwin, su autor.
Cuando la Asociación Internacional de Ciencias me entregó el manuscrito que revela sus aventuras entre las prehistóricas ruinas de Nan-Matal (La Fuente Lunar) en las Carolinas para que yo lo editara y lo revisara a fin de cumplir con los requisitos de una presentación popular, el Dr. Goodwin había dejado América. Él había explicado que seguía demasiado conmovido, demasiado deprimido, para poder recordar experiencias que inevitablemente debían llevar consigo renovados recuerdos de aquellos a quienes amaba tan bien y de quienes, sentía él, estaba separado con toda probabilidad para siempre.
Yo tenía entendido que había ido a alguna parte remota de Asia para realizar ciertos estudios botánicos y, por tanto, fue con la más viva sorpresa e interés que recibí una citación del presidente de la Asociación para encontrarme con el Dr. Goodwin en un lugar y hora designados.
A través de mi detenido estudio de los artículos de La Fuente Lunar, me había formado una imagen mental de su escritor. También había leído esos volúmenes de investigación botánica que lo habían colocado muy por encima de todos los demás científicos estadounidenses en este campo, deduciendo de su curiosa mezcla de observaciones extremadamente técnicas y descripciones minuciosamente precisas, aunque extraordinariamente poéticas, pistas para ampliar mi imagen de él. Me complació descubrir que había dibujado una bastante buena.
El hombre que me presentó el presidente de la Asociación era robusto, bien formado, un poco por debajo de la media. Tenía una frente ancha, pero lo bastante baja para que me recordara un poco al difunto mago eléctrico Steinmetz.


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Creative Commons
272 págs. / 7 horas, 56 minutos / 70 visitas.

Publicado el 16 de enero de 2026 por Fernando Guzmán.

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