No diré yo que fuera de los primeros en darme cuenta de lo que
sucedía, y aún ahora sigo sin saber si alguien ha comprendido de verdad
lo que pasó el día de Santa Lucía, que es trece y eso siempre da mala
espina.
Después, claro, han salido los de siempre, los que hablaron con
pilotos de platillos volantes, los que han encontrado el aviso en la
Biblia y los que lo leyeron en la Cábala. A otros les llegó la
explicación a través de un velador tambaleante, como enseña Kardec, y a
un gitano se le apareció una Señora en lo alto de un algarrobo, vaya
usted a saber, porque la tropa parapsicológica y pseudocientífica
insiste en que fue un poltergeist, un espíritu burlón.
Duendes quizá y, quizá, un castigo bien merecido pero, ciertamente,
yo no fui de los primeros en darme cuenta, porque doy clases en la
Escuela de Formación Profesional y, encima, escribo versos con la
ilusión de que me den la flor natural en los juegos florales de la
ciudad, o ciudadela para ser exactos, pueblo engordado con la papilla
del turismo y el pienso de las inmobiliarias.
Según todas las versiones, a las ocho y cuarto de la mañana el Jefe
de la policía municipal envió a su mujer a buscar al médico, y allá fue
la pobre señora, gorda y preocupadísima, y se estuvo gimiendo y
cacareando hasta que el médico la acompañó:
El Jefe estaba negro. No negro de ira, ni de rabia, frustración o
cualquier otra cosa de las que ennegrecen. Simplemente negro. Negro como
en el Congo o en Biafra, para que me entiendan. Negro por fuera, como
embetunado, puro charol, y, seguramente, pálido del susto por dentro.
Fuera lo que fuera, le había sucedido por la noche, en la cama, que
también tiene sus riesgos; un mal sueño, un soplo de magia, un
aojamiento bien colocado, una faena de padre y muy señor mío. Pensaba la
mujer por que el camino si sería cosa del hígado, que si pone
amarillos, bien puede poner negros.
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