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Elvira

Rubén Angulo Alba


Carta, Opinión, reseña, novela


Estimadísimo Rubén:
Yo que prefiero a los narradores tiranos, le confieso que quise destripar en su mollera el párrafo final de su «fierecilla indomable», 'Elvira'. Su final abierto, desdichado de mí, me pareció un jaque ahogado.
Sin embargo, su míster Bovary (cuando no peón narrador sepultado en una antecámara del infierno, rufián y desenfrenado) me dejó, como letraherido, bobalicón. A Elvira, ¿la sirena que perturba a Odiseo?, la descrubrí consanguínea de María Iribarne, Susana San Juan o Ligeia, yo le aconsejearía prescibirle un Oliver Merllors (o bien clonazepan).
Sí. Ud. convirtió una situción fortuita, mínima pues, en algo pomposo: una montaña de palés (tarimas, acá)  la transformó en un torre de Babel y me puso en jaque; pero en cuentos y novelas cortas, discúlpeme milord, el cierre abrupto por su «unidad de efecto», es mi droga. El cierre de la historia, dije. Cortar de tajo mis alas lectoras es preferible a darme plumas para intentar volar. ¿Acaso se escabulló de su pluma (autor) su narrador protagonista?
Cabe señalar, que de Milady de  Winter conocemos sus maquinaciones, ¿pero de Elvira?, ¿qué? Sino: «Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus».
Sinceramente,
@mceronmejia


San Salvador, enero de 2017.




 


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1 pág. / 1 minuto / 93 visitas.

Publicado el 19 de diciembre de 2018 por Manuel Cerón.

Elvira

Rubén Angulo Alba


Carta, Opinión, Reseña, Novela,


Estimadísimo Rubén:
Yo que prefiero a los narradores tiranos, le confieso que quise destripar en su mollera el párrafo final de su «fierecilla indomable», 'Elvira'. Su final abierto, desdichado de mí, me pareció un jaque ahogado.
Sin embargo, su míster Bovary (cuando no peón narrador sepultado en una antecámara del infierno, rufián y desenfrenado) me dejó, como letraherido, bobalicón. A Elvira, ¿la sirena que perturba a Odiseo?, la descrubrí consanguínea de María Iribarne, Susana San Juan o Ligeia, yo le aconsejearía prescibirle un Oliver Merllors (o bien clonazepan).
Sí. Ud. convirtió una situción fortuita, mínima pues, en algo pomposo: una montaña de palés (tarimas, acá)  la transformó en un torre de Babel y me puso en jaque; pero en cuentos y novelas cortas, discúlpeme milord, el cierre abrupto por su «unidad de efecto», es mi droga. El cierre de la historia, dije. Cortar de tajo mis alas lectoras es preferible a darme plumas para intentar volar. ¿Acaso se escabulló de su pluma (autor) su narrador protagonista?
Cabe señalar, que de Milady de  Winter conocemos sus maquinaciones, ¿pero de Elvira?, ¿qué? Sino: «Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus».
Sinceramente,
@mceronmejia


San Salvador, enero de 2017.


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1 pág. / 1 minuto / 80 visitas.

Publicado el 19 de diciembre de 2018 por Manuel Cerón.

Elvira-Nicolasa

Jacinto Octavio Picón


Cuento


Acabábamos de cenar Elvira y yo en un gabinetito de una fonda donde le gustaba que la llevase a tomar mariscos y vino blanco. Disputando por celos, en el calor de las recriminaciones, dejé escapar una frase ofensiva: debí de decirle algo muy duro, sin duda una verdad muy grande, porque entonces, avivada su locuacidad con la injuria y suelta su lengua con el estímulo de la bebida, se recostó en el diván con provocativa indolencia y, poniéndose muy seria, repuso:

— Sí, ¿eh? ¿Tan mala crees que soy? Pues aquí donde me ves, tan coqueta, tan amiga de haceros rabiar, porque todos sois iguales, y no merece más ni menos uno que otro, tan orgullosa de haber arruinado a unos y puesto en ridículo a otros, yo, aunque no lo creas, tengo en mi vida un rasgo bueno, y tendría muchos si no hubiese sido en mi niñez tan desgraciada.

Me creí amenazado de la eterna historia de una seducción vulgar; pero, prefiriendo oírla a verla emborracharse, me dispuse a escuchar, y ella siguió de este modo:


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Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 58 visitas.

Publicado el 29 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Emilio o De la Educación

Jean-Jacques Rousseau


Tratado, Filosofía, Ensayo


Prefacio del autor

Esta colección de reflexiones sin orden y casi sin enlace, fue comenzada por complacer a una buena madre que sabe pensar. Primeramente sólo proyecté una memoria de pocas páginas; mas el asunto me arrastró, a pesar mío, y la memoria se fue haciendo poco a poco una especie de volumen, grande sin duda por lo que contiene, pequeño por la materia de que trata. Vacilé mucho tiempo entre publicarlo o no; trabajando en él he visto que no basta haber escrito algunos folletos para saber componer un libro. Después de algunos esfuerzos inútiles para hacerlo mejor, tengo que dejar mi obra como está, porque entiendo que es preciso atraer la atención pública hacia estos asuntos, y aunque mis ideas sean malas, con tal que inspiren otras mejores no habré perdido el tiempo. Un hombre que desde su retiro, sin encomiadores ni partidarios que los defiendan ofrece sus impresos al público, sin saber siquiera lo que de ellos se piensa o lo que de ellos se dice, no puede temer que puesto caso de equivocarse vayan a pasar sus errores sin examen.


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Dominio público
734 págs. / 21 horas, 25 minutos / 4.065 visitas.

Publicado el 18 de octubre de 2017 por Edu Robsy.

Emma

Jane Austen


Novela


Capítulo I

Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la afligiera o la enojase.

Era la menor de las dos hijas de un padre muy cariñoso e indulgente y, como consecuencia de la boda de su hermana, desde muy joven había tenido que hacer de ama de casa. Hacía ya demasiado tiempo que su madre había muerto para que ella conservase algo más que un confuso recuerdo de sus caricias, y había ocupado su lugar una institutriz, mujer de gran corazón, que se había hecho querer casi como una madre.

La señorita Taylor había estado dieciséis años con la familia del señor Woodhouse, más como amiga que como institutriz, y muy encariñada con las dos hijas, pero sobre todo con Emma. La intimidad que había entre ellas era más de hermanas que de otra cosa. Aun antes de que la señorita Taylor cesara en sus funciones nominales de institutriz, la blandura de su carácter raras veces le permitía imponer una prohibición; y entonces, que hacía ya tiempo que había desaparecido la sombra de su autoridad, habían seguido viviendo juntas como amigas, muy unidas la una a la otra, y Emma haciendo siempre lo que quería; teniendo en gran estima el criterio de la señorita Taylor, pero rigiéndose fundamentalmente por el suyo propio.

Lo cierto era que los verdaderos peligros de la situación de Emma eran, de una parte, que en todo podía hacer su voluntad, y de otra, que era propensa a tener una idea demasiado buena de sí misma; éstas eran las desventajas que amenazaban mezclarse con sus muchas cualidades. Sin embargo, por el momento el peligro era tan imperceptible que en modo alguno podían considerarse como inconvenientes suyos.


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Dominio público
574 págs. / 16 horas, 45 minutos / 6.839 visitas.

Publicado el 7 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Empate

Javier de Viana


Cuento


Un fogón enorme echaba llamaradas, haciendo día en la amplia cocina del cortijo.

¿Por qué tan gran fuego?...

La noche estaba boquiando y no habría de faltar más de una hora para que aparecieran en el naciente las pinceladas rojas de las barras del día.

¿Para qué aquel gran fuego?... No hacía frío y con la décima parte de las brasas del fogón sobraba para calentar el agua de la pava con que cimarroneaban los dos viejos, el viejo criollo Campoverde y el viejo napolitano Pomidoro.

Los dos tenían la barba espesa y tordilla,—tordilla blanca, como los tordillos viejos;—pero Pomidoro ostentaba un cráneo pelado, amarillo, semejante a un huevo fresco de ñandú, mientras que Campoverde conservaba toda su crin bravía. Eran bastante viejos los dos, y durante más de veinte años se habían odiado intensa y recíprocamente.

Pomidoro había empezado por arrendar a Campoverde una chacra que, cultivada con todo esmero, le permitió al italiano, laborioso y ahorrativo, ir acumulando moneda. Verdad que hacía de todo. Aparte del cultivo, no muy extenso, de maíz y trigo, su huerta proveía de hortalizas, de duraznos y de sandías al pago entero. Todos los domingos, Teresa, su mujer, hacia gran hornada de pan, que sus hijos, Sabina y Pedro, iban a vender por el contorno. Además, Genaro Pomidoro era el único albañil, el único carpintero y el único mecánico del lugar.

Si había que levantar un muro, componer una azotea, remendar un tejado, construir una puerta o arreglar una máquina descompuesta, era forzoso recurrir a Pomidoro. Y de esta pluralidad de ocupaciones, juntando pesos con centavos, iba formando libras esterlinas destinadas a la obscuridad del botijo.

Campoverde no tenía mala voluntad para su arrendatario; empero, en su orgullo de criollo, despreciaba al «gringo», encontrando lo más natural que éste, cada vez que se acercaba, se quitase el sombrero y lo saludara con un respetuoso:


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Dominio público
3 págs. / 6 minutos / 42 visitas.

Publicado el 30 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.

En Alta Mar

Isidoro Fernández Flórez


Cuento


El trasatlántico resopló y se detuvo.

Cesó el rumor de las conversaciones de los viajeros, los rechinamientos de las máquinas, el vocerío de la maniobra.

El cielo estaba raso; las olas se movían sin cambiar de sitio, al parecer, como montañas de plata y de esmeralda que tiemblan. Caía la tarde.

El infinito del cielo y el infinito del mar se perdían en dos líneas de luz y nácar.

¡Ahora, parado el buque, comprendíamos mejor nuestra insignificancia, nuestra pequeñez, nuestro aislamiento; la incertidumbre del humano destino! La tripulación formó sobre cubierta... Los pasajeros, con el sombrero en la mano, y las pasajeras, con la cabeza envuelta en blondas, tules y pañuelos obscuros, se agruparon también.

Apareció por una escotilla el capellán: era grueso y sonrosado, el pelo blanquísimo, de aspecto bondadoso. Sus dedos regordetillos movían nerviosamente las hojas de su breviario.

Salieron detrás dos hombres, dos marineros, que subían un saco de lona. Eran muy recios; uno de ellos, colosal. Encontraban ligera la carga y la traían con ademanes de cariñoso cuidado y de respeto.

Este saco afectaba una forma estrecha, larga, elegante, de líneas humanas. A no dudar, contenía un cadáver, y un cadáver de mujer.

Salto después el capitán del buque, segundo de sus subalternos. Todos con la cabeza descubierta y todos tristes. No con la tristeza que imponía el ceremonial, sino con la de un dolor sincero.

Dando el brazo al capitán, y arrastrado por éste, como un autómata, como un sonámbulo, venía un hombre joven, de gallarda figura, moreno, robusto; verdadero tipo del trabajo triunfante. Sin duda que era uno de esos grandes obreros del siglo, que transforman las soledades en poblados, que traen ríos de lejos, que unen mares y que tallan en facetas este diamante que se llama Mundo.

Al verle se estremecieron todos.

—¡Pobrecillo!

—¡Desgraciado!


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 61 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2022 por Edu Robsy.

En Automóvil

Gabriel Miró


Cuento


Audaz, raudo y glorioso hendía un automóvil la soledad y el silencio de los campos. Ibamos en él amigos buenos a un pueblo montañoso. Y decíamos con encendido entusiasmo y regocijo: “No debe ser justo ni lícito mirar esta máquina tan someramente que sólo veamos en ella riquezas, viaje, placer, expansión de su dueño; porque estos automóviles fuertes y viajeros llegan a ser como una vida palpitadora con poderío, voluntad y arrogancia suyos.”

Pasados los campos y lugares cercanos y sabidos, penetramos gozosamente en el paisaje nuevo, hosco, que parecía venir enemigo hacia nosotros, y ya a nuestro lado, se apartaba y tendía sumiso y amoroso entregándonos el olor de su vida y fortaleza.

Cielo, montañas, ríos, arboleda, casales, yuntas, piedras, hierbas que orillan los caminos, puentes, cruces, labriegos, humos y senderos... Todo nos "miraba” y dejaba alegría, dicha y ansias dominadoras.


... ¡Alma mía!
No aspires más allá de lo posible,
cual si fueras deidad...


Nos avisábamos con palabras de Píndaro. ¡Oh, el Tebano divino, cantor de púgiles y vencedores con el carro y cuadriga, qué ardiente loor no hubiera dicho sintiéndose arrebatado en el regazo de un automóvil, monstruo sin bridas, altivo, llevado por manos mozas y fáciles que lo dejan precipitar anhelosamente, y las ruedas corren, vuelan sin obediencia a vías ni relejes!...

El horizonte de serranía, que antes veíamos suave y esfumado en azul, llegaba a nuestro ojos alumbrado, desnudo, enseñando heridas, abismos, verdores de pastura, rojas torrenteras, gayas altitudes soberanas de silencio, ungidas de cielo...

Considerábamos ya el automóvil carne, ave, alma delirante, ebria de alegría. No hablábamos; creíamos ser nosotros los que desgarrábamos espacio y distancias arrojándolo todo a nuestra espalda...


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 73 visitas.

Publicado el 13 de octubre de 2021 por Edu Robsy.

En Babilonia

Emilia Pardo Bazán


Cuento


Apenas —empujado por el gentío, aturdido por el vocerío, quebrantado del largo viaje— se vio en la estación, miró alrededor con una curiosidad insaciable, ardiente. ¡Babilonia! Diferente debía de ser allí hasta el aire que se respirase, en el cual flotarían, de seguro, partículas de embriagadora esencia. Tan preocupado y absorto se quedó, que un mozo de la estación tuvo que darle un grito, llamándole a la realidad. Era preciso verificar el salvamento del equipaje, pensar en maletas, sacos y portamantas... Luis se avispó, y diez minutos después rodaba en fiacre, camino del hotel de primer orden.

Las luces y las sombras de la ciudad; esa grandeza misteriosa que adquieren las hiladas de edificios en las horas nocturnas; las masas imponentes de los jardines de arrogante arbolado, entrevistas a derecha e izquierda; el espejear del río, ancho y majestuoso bajo la espaciada diadema de sus regios puentes... Todo habló al alma de Luis, pero distinto lenguaje del que esperaba. Aquello no era la Babilonia diabólica de pérfido atractivo, la Babilonia «inquietante». Esta palabrilla la tenía Luis clavada en el pensamiento. «¡Inquietante!». Los veintiún años de Luis suspiraban por inquietudes, como los sesenta suspiran por la paz...


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Dominio público
4 págs. / 8 minutos / 93 visitas.

Publicado el 1 de octubre de 2018 por Edu Robsy.

En Busca del Bigote Perdido

Joan Carlos Vinent


Relato filosófico-surrealista


EN BUSCA DEL BIGOTE PERDIDO (tempus redivivus)
 Fue en  un  instante,  y sin  embargo...fue  una  eternidad,  y sin  embargo...fue un instante de eternidad,  y sin  embargo...Eternidad instantánea,  retorno  momentáneo  y eterno,  temporalidad,  ubicuidad en  el  tiempo.  Cronología  insaciable y subyugante creada por  el  ser  humano  para  esclavizarse,  por  miedo  a  la  libertad,  a  la  falta  de sistematización. Necesidad de controlar  y hacer  tangible  el  éter  de la  no  creación.  Intento  de crear  lo imposible  de crear,  aunque  la  ceguera  de  las convenciones nos haga  creer  en  una  realidad irreal.  El  hombre tiene la  necesidad  de controlar  su entorno,  de  controlar  lo  incontrolable y,  por  tanto,  crea  espejismos que acaba  por  creerse.  ¿Qué  es el  tiempo?  No  voy a  ser  yo quien  venga  a  definir  lo  indefinible.  Bastante se ha  escrito  sobre el  tema.  Bergson,  Sartre, Einstein,  Proust  me resultan  interesantes al  respecto...El  tiempo,  tema  recurrente,  tema del  eterno  retorno.  Nos da  miedo  porque  nos da  miedo  lo  desconocido;  o  respeto.  Se  habla del  paso  del  tiempo.  Nosotros somos los  que  pasamos.  Evolución,  historia,  cronología, calendarios,  relojes.


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Licencia limitada
4 págs. / 8 minutos / 53 visitas.

Publicado el 3 de octubre de 2020 por Juan Carlos Vinent Mercadal.

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