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El Doble Sacrificio

Juan Valera


Cuento


EL PADRE GUTIÉRREZ A DON PEPITO

Málaga, 4 de abril de 1842.

Mi querido discípulo: Mi hermana, que ha vivido más de veinte años en ese lugar, vive hace dos en mi casa, desde que quedó viuda y sin hijos. Conserva muchas relaciones, recibe con frecuencia cartas de ahí y está al corriente de todo. Por ella sé cosas que me inquietan y apesadumbran en extremo. ¿Cómo es posible, me digo, que un joven tan honrado y tan temeroso de Dios, y a quien enseñé yo tan bien la metafísica y la moral, cuando él acudía a oír mis lecciones en el Seminario, se conduzca ahora de un modo tan pecaminoso? Me horrorizo de pensar en el peligro a que te expones de incurrir en los más espantosos pecados, de amargar la existencia de un anciano venerable, deshonrando sus canas, y de ser ocasión, si no causa, de irremediables infortunios. Sé que frenéticamente enamorado de doña Juana, legítima esposa del rico labrador don Gregorio, la persigues con audaz imprudencia y procuras triunfar de la virtud y de la entereza con que ella se te resiste. Fingiéndote ingeniero o perito agrícola, estás ahí enseñando a preparar los vinos y a enjertar las cepas en mejor vidueño; pero lo que tú enjertas es tu viciosa travesura, y lo que tú preparas es la desolación vergonzosa de un varón excelente, cuya sola culpa es la de haberse casado, ya viejo, con una muchacha bonita y algo coqueta. ¡Ah, no, hijo mío! Por amor de Dios y por tu bien, te lo ruego. Desiste de tu criminal empresa y vuélvete a Málaga. Si en algo estimas mi cariño y el buen concepto en que siempre te tuve, y si no quieres perderlos, no desoigas mis amonestaciones.

DE DON PEPITO AL PADRE GUTIÉRREZ

Villalegre, 7 de abril.


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8 págs. / 14 minutos / 150 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Modelo Millonario

Oscar Wilde


Cuento


A menos que uno sea rico, no sirve de nada ser un chico encantador. La vida idílica es un privilegio de los ricos, no la profesión de los desempleados. Los pobres deben ser prácticos y prosaicos. Es mejor tener un ingreso permanente, que ser encantador. Estas son las grandes verdades de la vida moderna que Hughie Erksine jamás comprendió. ¡Pobre Hughie! Intelectualmente hablando, no era de mucha importancia. Nunca dijo una cosa brillante, o malintencionada en su vida. Pero, eso sí, él era sorprendentemente bien parecido, con su cabello castaño y rizado, perfil claro, y sus ojos grises. Era tan popular tanto con los hombres como con las mujeres, y tenía todos los éxitos, excepto el de ganar dinero. Su padre le había heredado su espada de caballería, y una edición de la Historia de la Guerra Peninsular en 15 tomos. Hughie puso la espada sobre su espejo, y colocó la Historia... en un estante entre el Ruff's Guide y el Bailey's Magazine, y vivía con una renta anual de 200 libras que le facilitaba una vieja tía. Él había intentado todo. Había estado en la Bolsa durante 6 meses, pero, ¿qué hacía una mariposa entre toros y osos? Había sido vendedor de té por un tiempo, pero pronto se cansó del pekoe y el souchong. Entonces trató de vender jerez seco. Pero esa no era la respuesta, el jerez era muy seco. Finalmente, se dedicó a no ser nada, un joven inútil y encantador con un perfil perfecto sin profesión.

Para empeorar las cosas, se enamoró. La mujer que amaba era Laura Merton, la hija de un coronel retirado que había perdido su temperamento y su digestión en la India, sin encontrar lo uno ni lo otro. Laura lo adoraba, y él estaba dispuesto a besar la punta de sus zapatos. Ellos formaban la pareja más encantadora de Londres, pero entre los dos no reunían ni un penique. El coronel estaba muy encariñado con Hughie, pero no quería oír nada acerca de compromiso.


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Dominio público
6 págs. / 10 minutos / 1.333 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Secreto de Augusta

J. M. Machado de Assis


Cuento


I

Son las once de la mañana.

Doña Augusta Vasconcelos está reclinada sobre un sofá, con un libro en la mano. Adelaida, su hija, deja correr los dedos por el teclado del piano.

—¿Papá ya se despertó? —pregunta Adelaida a su madre.

—No —respondió, sin levantar los ojos del libro.

Adelaida se incorporó y se acercó a Augusta.

—Pero mamá, ya es muy tarde —dijo ella—. Son las once. Papá duerme demasiado.

Augusta dejó caer el libro sobre su regazo, y mirándola le dijo:

—Sucede que tu padre ayer se acostó muy tarde.

—Ya me di cuenta de que nunca puedo despedirme de papá cuando me voy a acostar. Siempre está afuera.

Augusta sonrió:

—Eres una campesina —dijo ella—, duermes como las gallinas. Aquí son otras las costumbres. Tu padre tiene mucho que hacer de noche.

—¿Son cuestiones de política, mamá? —preguntó Adelaida.

—No lo sé —respondió Augusta.

Empecé diciendo que Adelaida era hija de Augusta, y esta información, necesaria para el relato, no lo era menos en la vida real en que tuvo lugar el episodio que voy a narrar, porque a primera vista nadie diría que quienes allí estaban eran madre e hija; parecían dos hermanas, tan joven era la mujer de Vasconcelos.

Tenía Augusta treinta años y Adelaida quince; pero comparativamente la madre parecía más joven que la hija. Conservaba la misma frescura de los quince años, y tenía además lo que faltaba a Adelaida, que era la conciencia de la belleza y de la juventud; conciencia que sería loable si no tuviese como consecuencia una inmensa y profunda vanidad. Su estatura era mediana pero imponente. Era muy blanca y sonrosada. Tenía los cabellos castaños y los ojos azulados. Las manos largas y bien dibujadas parecían criadas para las caricias del amor; sin embargo, daba a sus manos mejor destino: las calzaba en tersa cabritilla.


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27 págs. / 48 minutos / 370 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

El Sueño de un Reo de Muerte

Armando Palacio Valdés


Cuento


Una mañana, al salir de casa, hirió mis oídos el repique agudo y estridente de una campanilla. Llevé la mano al sombrero y busqué con la vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayoría de los transeúntes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se abría con estrépito un balcón, y se veía una mano blanca que arrojaba a la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la campanilla se bajaba a cogerlo, arrancaba el papel, y eran también monedas que inmediatamente introducía en el cajoncito verde: cuando levantaba la vista al balcón, estaba ya cerrado. Lo adiviné todo.

Un ligero temblor corrió por todo mi cuerpo, y a toda prisa procuré alejarme de aquella escena. Corrí por la ciudad, haciendo inútiles esfuerzos para no escuchar el tañido de la fatal campanilla, y en todas partes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transeúntes se miraban unos a otros con expresión de susto, y se hacían preguntas en tono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de periódicos, chillaban ya desaforadamente: «La Salve que cantan los presos al reo que está en capilla».

Desde que tengo uso de razón he sabido que existe la pena de muerte en nuestro país; y no obstante siempre la he mirado del mismo modo que los autos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia. Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provincia donde por fortuna hace ya bastantes años que no se ha aplicado. Conocía algunos detalles de la ejecución de los reos sólo por referencia de los viejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, con cierta admiración, mezclada de terror.


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Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 296 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Finilla

Joaquim Ruyra


Cuento


Finilla está sola en casa, y el miedo no la deja pegar los ojos. Su padre y hermanos salieron a la pesca de sardina a cosa de media tarde, y no volverán hasta mañana, cuando el sol haya subido buen trecho, porque quieren aprovechar las caladas de tarde y las mañaneras. Su madre, pobrecilla, se ahogó hace algunas semanas en el mar obscuro y sin límites en el que tarde o temprano hemos de sumergirnos todos. Finilla está sola en casa y el miedo no la deja pegar los ojos.

Apenas ve blanquear en los vidrios opacos de su ventana el primer albor matutino, salta del lecho, se viste en un santiamén y sale del portalón de su casa solitaria. La casa se levanta sobre una colina, en despoblado, junto al mar, entre higueras y sarmientos.

La obscuridad arrecia todavía. Todavía la luz de la lámpara que arde a un lado de la casa, ante una pequeña capilla, es más poderosa que la luz de la aurora, y da tonos amarillos a una ancha zona de la pared. Higueras, sarmientos y breñales negrean doquier. Los arbustos de pita parecen grandes candelabros apagados prematuramente. En hilera, a lo largo del mar ensombrecido, van surgiendo grisáceos y brumosos los peñascales de la playa, semejando una larga procesión de vírgenes fantásticas que recubren los velos nupciales. Rozando con uno de los más lejanos, fulgura una estrella que podría tomarse por el diamante de la novia más rezagada. Y es que aún reina la noche, y el día pálido no hace más que mirarla tímidamente por entre las hendiduras de los negros nubarrones que amurallan el cielo en el levante.

La niña se sienta en un poyo y sigue el horizonte con la mirada, buscando la vela de su padre, pero no ve más que el gran desierto de agua. La vela que ella busca debe de encontrarse lejos, lejos, a la otra parte de la bruma.


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7 págs. / 13 minutos / 99 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Causa Secreta

J. M. Machado de Assis


Cuento


García, de pie, miraba y hacía crujir sus dedos; Fortunato, en la mecedora, miraba el techo; María Luisa, junto a la ventana, concluía un trabajo de aguja. Hacía cinco minutos que ninguno de ellos decía nada. Habían hablado del día, que fue excelente, de Catumbi, donde residía el matrimonio Fortunato, y de un sanatorio sobre el que ya volveremos. Como los tres personajes allí presentes están ahora muertos y enterrados, ya es tiempo de contar la historia sin remilgos.

Habían hablado también de otra cosa, además de aquellas tres, cosa tan fea y grave, que no les dejó muchas ganas de charlar sobre el día, el barrio y el sanatorio. Toda la conversación a ese respecto fue tensa. Ahora mismo, los dedos de María Luisa se ven temblorosos, mientras que en el rostro de García hay una expresión de severidad, que no es habitual en él. En verdad, lo que ocurrió fue de tal naturaleza, que para hacerlo comprensible es preciso remontarse al origen de la situación.

García se había doctorado en medicina, el año anterior, 1861. En 1860, estando aún en la facultad, se encontró con Fortunato por primera vez, en la puerta de la Santa Casa; entraba cuando el otro salía. Le impresionó la figura; pero aun así la habría olvidado de no haberse producido un segundo encuentro, pocos días después. Vivía en Rua de Dom Manuel. Una de sus escasas distracciones consistía en ir al Teatro de São Januário, que quedaba cerca, entre esa calle y la playa; iba una o dos veces por mes, y nunca encontraba más de cuarenta personas. Sólo los más intrépidos osaban extender sus pasos hasta aquel rincón de la ciudad. Una noche, estando ya acomodado en su butaca, apareció allí Fortunato y se sentó junto a él.


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11 págs. / 20 minutos / 229 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Mirada del Pobre

Joaquim Ruyra


Cuento


Aprisa, muy aprisa subía un día por la Rambla con un amigo. Los dos nos habíamos acalorado, gesticulábamos sin cesar, gritábamos de lo lindo. Nos habíamos enzarzado en una disputa sobre un punto científico; uno y otro quería llevar razón a todo trance. Creo que llegamos aun al insulto; yo… dicho sea en honor de la verdad… más de una vez sentí la tentación de acabar la contienda a puñetazo limpio.

En lo más vivo de nuestro arrebato, al doblar una esquina, noto que me tiran de la americana. Vuelvo la cara… y veo a un pobre cubierto de mugre, harapiento, que me sujetaba fuertemente y me tendía una mano. ¡Bonita ocasión para atenderle!

—Otro día será, hermano… que Dios le asista.

Pero el pobre no me soltaba. Era un mozo de cara atontada, barbilampiño, con el cuello surcado de tumores y la cara abotargada y amarillenta, muy amarilla, de un matiz brillante como la grasa de gallina.

—Por amor de Dios… por amor de Dios —iba diciendo.

—Váyase con mil diablos… —exclamé fuera de mí, y de un tirón desasime de él.

El pobre quedó entonces inmóvil como una estatua, con la mano todavía tendida, dirigiéndome una mirada llena de desolación y lágrimas.

Volví la espalda, y continué la discusión con mi amigo, pero ya sin arrestos, sintiendo un peso en el corazón que me quitaba todo prurito de locuacidad. La mirada del pobrecillo permanecía grabada en lo más hondo de mi imaginación. ¡Y era la mirada tan dolorosa, tan desamparada! Si el mendigo se hubiese enojado, y hubiese prorrumpido en unas desvergüenzas, inmediatamente olvidara yo la escena; pero nada de eso, el desdichado no manifestó la cólera más leve, ni sus ojos habían expresado la menor reprimenda; sólo revelaron una gran amargura, una larga desolación.


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Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Pavura

Joaquim Ruyra


Cuento


De camino para una masía de la Selva, donde me aguardaban los míos, hube de retrasarme por motivos que no es preciso narrar. El sol caía bastante bajo cuando llegué al molino del Olmo, que distaba aún tres horas del término de mi viaje; mas a pesar de que no andaba sobrado de tiempo, hube de detenerme a beber, y me senté en una piedra, junto al río, a descansar un instante, fumando un cigarrillo.

El molino del Olmo no trabaja desde hace muchos años. Es un caserón inhabitado, o mejor una ruina inhabitable, porque buena parte de las paredes se ha convertido en escombros, y los tejados y techos no se mantienen más que a pedazos. Crecen en el interior espontáneos arbustos, y la viña salvaje asoma sus pámpanos a la ventana. La presa, reblandecida y usada, deja escapar desdeñosamente las aguas murmuradoras. La ancha turbina se pudre inmóvil sobre la acequia enjuta; las arañas la cubren de telas sutiles, y los bardales de las márgenes la llenan de briznas y hojarasca. Cuando uno recuerda que en otros tiempos esta rueda movía una complicada maquinaria, e imagina el ronco son de las muelas, correas y engranajes, el tráfago de los molineros, las teorías de carros que henchían los patios, la música de los cascabeles, el chasquido de las zurriagas y los gritos de los carreteros que animaban todo el valle, no puede menos de lamentar la ruina y el silencio presentes. Ahora estos parajes permanecen desiertos y silvestres. Crece la hierba en los caminos; ha desaparecido el surco de los carros. Nadie transita de ordinario por estos senderos. El sol mira hacia acá días y días y meses sin descubrir figura humana, y desaparece al morir la tarde en medio de un silencio mortal.


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4 págs. / 8 minutos / 112 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Las Damiselas del Mar

Joaquim Ruyra


Cuento


Seis muchachos de camiseta azul, sórdidos, astrosos, quedaron sentados en el peñascal; sus piernas desnudas cuelgan sobre el mar que con frecuencia se ahueca y les baña los pies. Cada cual posee su caña y su montón de gusanillos roqueros, el manjar que los peces reputan más sabroso.

La pesca les ocupa trece horas, y unánimes levantan gritería de vencedores cada vez que uno arranca al mar algún serrano boquiabierto que esparrama en el aire el varillaje reluciente de sus membranas espinosas.

El crepúsculo vesperal amortigua lentamente el esplendor de sus humaredas violáceas. Unas estrellas empiezan a centellear en el aire azul. Una bandada de cuervos atraviesa el espacio y va a perderse en la montaña, entre las paredes tenebrosas y destartaladas de un viejo castillo.

Más de un muchacho, cansado de vigilar incesantemente los avíos de pescar que balancean al ritmo de las olas, se ha adormilado. Caen las cabezas sobre el pecho. Los dedos se aflojan y a duras penas sostienen las cañas, que abaten sus copetes al nivel del agua.

—Ya no pican —dice uno malhumorado.

—¡Concho, y está eso obscuro! —exclama otro, surcando el cielo con los ojos.

—¿Me van a creer? Lo mejor será echar un sueñecito hasta que la luna se levante.

Todo el mundo está conforme. Se ponen en hilera, muy prietos, pasan los brazos sobre las espaldas y los cogotes de los compañeros, y se adormecen tranquilamente al raso, repantigados en una roca.

La noche se obscurece más y más. La luna amarillea en su oriente; una faja de bruma cenicienta divide su esfera. El mar canta a los chicos una canción de cuna, atenuando su bronca voz.

De pronto, suena algo así como un galope sordo y espeso… tras, tras, tras… y van apareciendo las Damiselas del Mar, montando unos bermejos langostines, otras montando enormes cangrejos viejísimos, revestidos de musgo marino.


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Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Venda

Miguel de Unamuno


Cuento


Y vio de pronto nuestro hombre venir una mujer despavorida, como un pájaro herido, tropezando a cada paso, con los grandes ojos preñados de espanto que parecían mirar al vacío y con los brazos extendidos. Se detenía, miraba a todas partes aterrada, como un náufrago en medio del océano, daba unos pasos y se volvía, tornaba a andar, desorientada de seguro. Y llorando exclamaba:

—¡Mi padre, que se muere mi padre!

De pronto se detuvo junto al hombre, le miró de una manera misteriosa, como quien por primera vez mira, y sacando el pañuelo le preguntó:

—¿Lleva usted bastón?

—¿Pues no lo ve usted? —dijo el mostrándoselo.

—¡Ah! Es cierto.

—¿Es usted acaso ciega?

—No, no lo soy. Ahora, por desgracia. Deme el bastón.

Y diciendo esto empezó a vendarse los ojos con el pañuelo.

Cuando hubo acabado de vendarse repitió:

Deme el bastón, por Dios, el bastón, el lazarillo.

Y al decirlo le tocaba. El hombre la detuvo por un brazo.

—Pero ¿qué es lo que va usted a hacer, buena mujer? ¿Que le pasa?

—Déjeme, que se muere mi padre.

—Pero ¿dónde va usted así?

—Déjeme, déjeme, por Santa Lucía bendita, déjeme, me estorba la vista, no veo mi camino con ella.

—Debe de ser loca —dijo el hombre por lo bajo a otro a quien había detenido lo extraño de la escena.

Y ella, que lo oyó:

—No, no estoy loca; pero lo estaré si esto sigue; déjeme, que se muere.

—Es la ciega —dijo una mujer que llegaba.

—¿La ciega? —replicó el hombre del bastón—. Entonces, ¿para qué se venda los ojos?

—Para volver a serlo —exclamó ella.

Y tanteando con el bastón el suelo, las paredes de las casas, febril y ansiosa, parecía buscar en el mar de las tinieblas una tabla de que asirse, un resto cualquiera del barco en que había hasta entonces navegado.


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Dominio público
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Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

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